1979 CONSIDERACIONES SOBRE LA FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS DE NUESTRA CIUDAD

CONSIDERACIONES SOBRE LA FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS DE NUESTRA CIUDAD. Por… Alfredo Rojas
Todo aquél que se proponga formular un juicio sobre la Fiesta de Moros y Cristianos, bien sobre la que en Villena celebramos o acerca de cualquiera otra, deberá hacerlo añadiendo siempre la prudente etiqueta de que establece un punto de vista personal y que acepta de antemano que puedan aducirse otros. Y es así porque la Fiesta es compleja y los que la realizan van a ella por diferentes y aún dispares motivos, razón por la cual nunca podrá haber una conducta, una "praxis" ideal como norma común. Determinar, pues, los cauces a través de los cuales debe discurrir, es válido solamente entre quienes posean identidad de criterios sobre ella, puesto que sus ideas chocarán siempre con las de otros grupos cuya visión de la Fiesta sea distinta.
Prescindamos de una vez, como motivo actual que justifique la participación, de la conmemoración de gestas o episodios pasados, tanto los que dieron lugar a la Reconquista como a las subsiguientes secuelas de la estancia posterior de minorías musulmanas en nuestro país, la latente zozobra por la posibilidad de nuevas invasiones o los peligros que las correrías de los piratas traían una y otra vez a las zonas más o menos cercanas a la costa. Sirven tales circunstancias, en efecto, como causa o inicio de las actuales formas que la Fiesta posee; pero, como es lógico, no como razones para llevarla hoy a cabo, pues ya nadie interviene en la Fiesta conmemorando aquellos hechos y estados de ánimo. Y dejemos también a un lado, como motivo generalmente compartido, el de la religiosidad. Conocemos todos en nuestra ciudad a festeros de notable fervor religioso; a otros de fe acomodaticia, de aquellos que en ocasiones des-mienten con su conducta las creencias que dicen profesar; a los tibios, a los indiferentes y hasta a los no creyentes. Luego, en nuestro caso, y en tantas otras poblaciones, no es la devoción al, Patrón o Patrona la razón de la existencia de la Fiesta, al menos, para todos los que en ella actúan.
Queda el motivo religioso, pues, como uno más de tantos otros que llevan a los participantes a constituirse en asociaciones festeras y a intervenir a la mayor parte de ellos en los actos públicos que constituyen la Fiesta propiamente dicha. Por encima de todos los motivos que pudieran aducirse como válidos, opino yo que está el sentido lúdico, el hedonismo; complementado, henchido en los festeros por el que en cada uno de ellos predomina. Porque la Fiesta como necesidad humana, como juego, como evasión, es inmanente al hombre. El hecho de que parte de ellos se sientan llamados a la participación directa, y las razones, muchas veces subconscientes, que les lleven a tomar la decisión de realizarla y la de mantenerse en su propósito, sería motivo de un detenido análisis, que podemos dejar para otra ocasión.
Tenemos así, en nuestra ciudad, una Fiesta que es un fenómeno social de gran alcance, en la que todos participamos de una u otra forma, a la que nadie es ajeno, y todo un abanico de razones para llevarla a cabo que diversifican su sentido y enmascaran la posibilidad de una ortodoxia determinada en su discurrir público. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que ni la disparidad de motivaciones, ni la libertad que como ser humano tiene todo el que interviene en ella, permiten una actuación en la que cada uno pueda hacer libremente aquello que desee. La participación masiva en la que nuestra ciudad celebra, el hecho de que la actuación es pública y conjunta, la circunstancia de que la Fiesta es hoy uno de los más clarificadores exponentes para juzgar a una comunidad, entre otros muchos factores más que pudieran añadirse, exige que la Fiesta esté reglamentada, regida, supeditada a unos cauces que no pueden dejar de ser establecidos.
¿Cuáles deben ser estos cauces, esas normas? Sobre ello se discute y se discutirá siempre. En nuestra ciudad, y supongo que en muchas otras ocurrirá de idéntico modo, el festero acusa al organismo rector de extremar y exagerar sus disposiciones. Y por el contrario, los miembros que componen el citado organismo deploran siempre que no se cumplan las normas y lamentan que no puedan ser más estrechas y, rígidas. Pienso yo que la solución, si no perfecta sí al menos plausible, consiste que la Fiesta esté en manos de los festeros, como aquí ocurre; que éstos o sus representantes, sean quienes establezcan las reglamentaciones para sí mismos y para sus compañeros y a la vez, determinen con ello un juego corrector que, a través de la continua renovación de los rectores, traiga consigo el perfeccionamiento de las normas, lo que siempre será un camino sin fin y nunca una tarea acabada. Pues claro está que las inevitables modificaciones psicológicas y sociológicas obrarán para que la labor sea permanente.
Estas abstracciones justifican unos puntos de vista previos al hecho de enjuiciar la actual problemática festera en nuestra ciudad, pues vamos a someter tal problemática a un rápido examen y a una crítica que nos lleve a formular determinadas opiniones personales sobre sus actuales valores y defectos.
En primer lugar, la Fiesta villenense, atendiendo a lo material y tangible, es cada día más brillante. Hay mayor número de participantes y más suntuosidad en los atuendos, en los elementos de todo tipo que la sirven y que aumentan su vistosidad. Potentes asociaciones festeras crean cada año mayor número de actos y celebraciones, tejiendo un cañamazo que une a sus miembros, les confiere un determinado sello personal en la mayoría de los casos y extiende su actividad en nuevas direcciones no específicamente festeras, lo cual, si no sirve directamente a la Fiesta, sí tiene en general beneficiosos resultados. Pero apenas nada más queda a la hora de cerrar el capítulo de ventajas a enumerar.
Los defectos son más. Y ello no supone una censura exclusiva a nuestra ciudad, pues casi todos ellos, y en ocasiones algunos más, podrían también cargarse en la cuenta de otras poblaciones que realizan la Fiesta. Nosotros los villenenses todavía somos fieles a las fechas, que no variamos ni se nos ha ocurrido siquiera pensar en cambiar. Tenemos un planteamiento de actos cuyo ordenamiento apenas en alguna otra población vemos igualado; la dignidad de cargos y funciones puede desempeñarse sin que ello traiga consigo un dispendio que en muchos otros lugares resulta prohibitivo para la mayor parte de la población, lo que convierte a la Fiesta villenense en una de las conmemoraciones de Moros y Cristianos de más acusado carácter popular.
Pero hemos dejado que la Fiesta sea solamente algo material y apenas nada más; ha invadido sus maneras una forma de actuar poco digna de quienes conmemoran unas tradiciones ciudadanas, visten unos trajes y ostentan unas denominaciones, en ocasiones centenarias, recibidas de antecesores que las utilizaron con mayor respeto; y olvidaron que sus representaciones, a la vista de miles de personas, buena parte de ellas foráneas, las cuales formularán un juicio de la población y de sus habitantes tal vez sólo por lo que vean en la ocasión festera, deben ser todavía más dignas de las habituales que realizan a lo largo del año. Y no hace falta decir que no siempre es así porque todos conocemos escenas y sucesos que demuestran todo lo contrario: dándose la curiosa circunstancia de que muchos actuantes se permiten libertades y actitudes que son incapaces de llevar a cabo en cualquiera otra ocasión que no sea la de su participación pública en la Fiesta.
El festero, que no es ya un ente personal e independiente cuando actúa, sino que constituye el protagonista de una Fiesta, el integrante de un grupo determinado dentro de ella y el acto al que la gente va a ver —en ocasiones pagando por ello—, debe realizar su cometido en virtud de tales dependencias. Y desempeñarlo pensando en que no debe desmerecer a las entidades a las que representa ni defraudar a quienes le contemplan, los cuales, por su conocimiento de las tradiciones que les son comunes, saben tanto como él a qué maneras debe ajustar su actuación y tienen derecho a exigir un comportamiento adecuado.
Opino yo que la masificación de nuestra Fiesta es la principal razón que ha impulsado al festero, o al sector de ellos que así se manifiesta, a tales maneras inadecuadas. El individuo, perdido entre un enorme número de participantes, luchando inconscientemente por destacar entre los `demás, no tiene otro camino que el de la extemporaneidad; salir del cauce establecido y dar rienda suelta a impulsos incontrolados y por tanto impropios de la situación en que se encuentra.
Buena parte de los actos festeros se resiente en ello. Se busca sin cesar, casi dramáticamente, salir del montón amorfo que componen todos los demás. Se procura, por lo general, conseguir el lucimiento personal antes que el de la Agrupación o el interés general de la Fiesta; se intenta destacar de cualquier modo. Proliferan así los desfiles y se resienten los actos de menor lucimiento; se participa masivamente sólo cuando hay gran número de espectadores. Y entonces, los actos, movidos los participantes por tales sentimientos, resultan dilatados, casi tediosos, mien¬tras que otras circunstancias festeras, algunas de ellas tan importantes como las embajadas y guerrillas, languidecen y pierden importancia.
La Fiesta debiera desarrollarse de un modo armónico, digno y alegre a la vez, consciente el participante de su doble aspecto de rito-conmemoración y de ocasión para la alegría, la diversión, la fantasía. Pero más aún debiera ser la Fiesta. Debiera constituir el refugio de tradiciones y modos localistas en los que el progreso influye para que se debiliten e incluso se pierdan irremisiblemente. Debiera ser disparadero también para elevados menesteres; la literatura en forma de trabajos sobre su exégesis e interpretación; la pintura, que debiera perpetuar, elucubrar y crear acerca de sus numerosos y brillantísimos aspectos; la historia, que indagara pacientemente sobre orígenes, avatares, formas, y sucesos; la poesía, que tiene ya la urgente tarea, en lo que a nuestra ciudad respecta, de sustituir unas embajadas que apenas pueden recitarse en público por sus nulos valores, circunstancia que a nadie preocupa mientras se gastan grandes cantidades de dinero y energías incontables en aspectos de escasa entidad. Y estas facetas que podían enriquecer la Fiesta, elevarla, dignificarla, henchirla de contenidos, son prácticamente nulas en nuestra ciudad a la vez que disminuyen otros valores que todavía conserva, quedando reducida a un espectáculo brillante en ocasiones y casi ni aceptable en otras, pero siempre intranscendente y huero de contenidos y significados.
Valgan los anteriores juicios, teñidos tal vez de exagerado pesimismo, como visión unilateral que alguien podría apostillar de apasionada y por tanto, de falta de objetividad. Presto estoy a rectificar si se me señalan errores o tergiversaciones. Pero lo que sí puedo asegurar es que tales juicios están impregnados, y en ello ni cedo ni rectifico, de un sentimiento de amor a la ciudad en la que nací y vivo y a todo lo que la informa e identifica. En nombre de ello pido disculpas, de antemano, a quien pudiera pensar de distinto modo y llegara a sentirse molesto por mis alegatos.
Extraído de la Revista Villena de 1979

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