1951 EL ENTERRAMIENTO NEOLÍTICO DE LA "CUEVA DE LAS LECHUZAS". DE ARQUEOLOGÍA VILLENENSE

EL ENTERRAMIENTO NEOLÍTICO DE LA "CUEVA DE LAS LECHUZAS" DE ARQUEOLOGÍA VILLENENSE
Por José Mª Soler García
Comisario Local de Excavaciones Arqueológicas
No pecaremos de ilusos al afirmar que el término de Villena, encrucijada geográfica, está llamado a desempeñar un importantísimo papel en la Arqueología española. Esta es la opinión de varios especialistas nacionales y extranjeros a quienes hemos tenido el placer de acompañar por los parajes más interesantes. Desde el año 1949, en que dimos a conocer el yacimiento «argárico» del «Cabezo Redondo», los descubrimientos se han sucedido de manera ininterrumpida, y hoy tenemos localizadas más de una docena de estaciones de diversas épocas que demuestran la continuidad del elemento humano en nuestro territorio desde el tercer milenio precristiano por lo menos.
Fig. n.° 1 -Cuenco de pasta grisácea.
Pero de todo ello no podemos hacer aquí sino esta ligerísima mención. Hoy nos limitaremos a divulgar, para conocimiento de nuestros paisanos, una cueva de enterramiento descubierta el 25 de julio del pasado año de 1950, situada en el llamado «Cabezo de las Cuevas», cuatro Kms. al Oeste de la población, y bautizada por nosotros con el nombre de «Cueva de las Lechuzas», al encontrar en ella cuatro de estas aves durante nuestra primera visita.
La brevedad del espacio de que disponemos nos impide extendernos en la minuciosa descripción de su conformación y emplazamiento (fig. 2) cosa, por otra parte, reservada para el informe que hemos de rendir a la Comisaría General. Bástenos decir que se trata de una grieta natural con dos galerías en forma de T, abiertas en los bloques de yeso del referido cabezo, a las que se accede por otra galería oblicua a la vertical de aquéllas.
Fig. n.° 2 -Las dos prominencias orientales del «Cabezo de las Cuevas». En lo confluencia de las líneas marginales, la «Cueva de las Lechuzas».
El hecho de haber sido violada poco antes de nuestra intervención amengua el valor científico del hallazgo, al no poder estudiar la situación de los cadáveres en ella depositados. Y creernos oportuno lanzar un llamamiento a la cultura de nuestros paisanos para evitar en lo sucesivo hechos de esta naturaleza, que redundan en perjuicio del buen nombre de nuestra Ciudad. No se olvide que el verdadero valor de un yacimiento arqueológico estriba en la cuidadosa observación de las condiciones en que se halla. Si éstas se modifican o destruyen, el yacimiento pierde «ipso facto» su interés documental, por valiosos que puedan ser los objetos que encierre, nunca tanto como la fantasía del vulgo se imagina. Denunciar la presencia de estos tesoros científicos y conservarlos cuidadosamente son deberes de ciudadanía y prendas de cariño hacia la tierra que nos vió nacer.
En el caso presente, gracias a los buenos servicios de D. Bernardo García-Forte, hijo del concesionario de las canteras en donde la cueva se halla enclavada, pudimos recuperar casi todo el material antropológico extraído hasta aquel momento, si bien en deficiente estado de conservación.
Fig n.° 3 
Flechas de sílex, punzones de hueso y hachas de piedra pulimentada
Había enterrados en la cueva unos diez y ocho individuos de ambos sexos y de todas las edades. Hasta el presente, nos ha sido posible analizar trece cráneos, con un resultado de nueve dolicocéfalos y cuatro mesocéfalos. El índice medio es de 71'8, en una escala que abarca desde los 65'4 hasta los 77. Como nota curiosa, señalemos que el cráneo de un infante presenta caries dentaria en la superficie masticatoria del molar izquierdo superior de los seis años, lo que parece estar en contradicción con lo observado por VALLOIS en los neolíticos franceses, entre los cuales no se presenta la enfermedad sino en individuos de más de cuarenta años, y siempre en el cuello de los molares.
La gran abundancia de objetos de adorno de que luego hablaremos contrasta con la escasez de cerámica, de la que únicamente pudimos recoger un pequeño cuenco de base aplanada y borde algo entrante, en pasta grisácea impura, con ligero bruñido superficial (fig. 1); varios fragmentos de otra pequeña vasija cilíndrica de fondo redondeado; dos trozos de un recipiente esférico, y un fragmento de otra vasija, algo mayor que las anteriores, cuya forma no es posible determinar. Todas ellas con las mismas características de tosquedad y sin el menor asomo de decoración.
Fig. n.° 4 -Diversas especies de conchas utilizadas como cuentas y collar que se forma con algunas de ellas.
Se recogieron también trece flechas magníficas de sílex, la mayoría de bordes dentados y talla bifacial, cuya variedad de formas puede apreciarse en la fig. 3, al lado de dos hachas de piedra pulimentada, de color gris verdoso, moteadas de blanco en las partes rugosas que la pérdida del pulimento ha dejado al descubierto. Biconvexas ambas, es más irregular la de menor tamaño, una de cuyas caras es bastante aplanada. Completan la figura un punzón tallado en hueso de animal, perfectamente aguzado y bruñido, con una serie de ocho cortas y poco profundas estrías paralelas en la región de la punta, y dos espátulas obtenidas de huesos semejantes al del anterior punzón, pero cortados en toda su longitud por entre ambos cóndilos.
Fig. n.° 5 -Cuentas de collar de piedra y hueso.
Como antes dijimos, el material más abundante consiste en cuentas de collar de diversas materias: piedra, hueso y conchas de moluscos. Más de tres mil han sido recogidas, casi todas de tamaño pequeñísimo. Las más numerosas son unas conchas diminutas, de cinco a ocho milímetros de longitud, con dos perforaciones cada una de tal modo dispuestas que, al ensartarse, componen una lindísima espiga, a cuya apariencia contribuyen la forma y tamaño de las conchas que la forman (fig. 4). En la misma figura pueden apreciarse todas las especies de moluscos utilizadas por aquellos remotos antepasados, aunque no el número de las de cada especie, muy desigualmente repartido.
La figura 5 recoge ejemplares de las restantes cuentas de piedra y hueso. Abundan las circulares de tres a seis milímetros de diámetro, construídas en dos sustancias claramente diferenciadas: una de aspecto pizarroso y color negro, y otra de apariencia jabonosa en colores pardo, verdoso o amarillento, que a veces se unen en el mismo ejemplar. Como notas interesantes, que pueden ayudarnos a determinar el modo de combinar las cuentas en los collares originales, cuestión siempre difícil, digamos que en el interior de una cilíndrica de hueso aparecieron alojadas dos filas de las negras circulares, con perfecta correspondencia de sus orificios; y que una blanca se halla perfectamente adherida a otra oscura de las que hemos descrito como de aspecto jabonoso. Son notables también dos cuentas grandes en forma de oliva, construidas en la piedra verdosa denominada «callais», y una plaquita en piedra blanca con orificio de suspensión, muy semejante en su forma a los ídolos-placas «almerienses», aunque desprovista ésta de los adornos e incisiones que caracterizan a aquéllos.
Conclusión
Para nosotros, la «Cueva de las Lechuzas» es uno más de los enterramientos pertenecientes a la cultura denominada «almeriense» por algunos autores, encuadrada en el círculo «ibero-sahariano» por el profesor Martínez Santa-Olalla. Puede fecharse hacia el año 3.000 antes de Cristo, y está situada en la zona de expansión hacia el Norte y penetración al interior de la referida cultura, en la línea natural de comunicaciones utilizada actualmente por el ferrocarril y la carretera que unen la capital de España con el puerto de Alicante, y que corren paralelos frente a la boca de la cueva.
Envío
Desde este lugar me complazco en testimoniar mi agradecimiento a Pedro Sánchez Sansano, infatigable ayudante, a Enrique Prats Brotons y a José López Pastor, sin cuya desinteresada y constante colaboración no se hubieran podido llevar a cabo los descubrimientos anteriores. Esta Comisaría se honra en reconocerlo así por ser de estricta justicia.
Extraído de la Revista Villena de 1951

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