1954 EN TORNO A LAS FIESTAS

EN TORNO A LAS FIESTAS Por… José A. Milán Guillén
PARA nosotros, lo que pudiéramos llamar «espíritu crítico» es quizás una de las características más acusadas de la personalidad humana. Basado en naturales dotes de observación, algo que nos atreveríamos a calificar de instintivo nos lanza constantemente a juzgar el mundo exterior. Y por desgracia, rara vez nos mostramos justos. Con harta frecuencia, el juicio sereno, imparcial, objetivo y aun tolerante (la justicia se nos antoja más elevada con un tanto de comprensión para ajenas debilidades), es sustituido—degradado más bien—por el error, el apasionamiento o la bandería. Cuando no por el odio o el rencor.
La crítica entonces se hace sinónima de censura. Y no es que resulte necesario enfrentar irreconciliablemente ambos conceptos. Una sana crítica puede y debe exaltar aciertos (con un sentido, exigible, más o menos sugeridor y constructivo), y puede—y debe—fustigar errores. Lo inadmisible es la censura por la censura. La censura irrazonada. «Porque sí».
Las Fiestas, manifestación de importancia en la vida villenense por su doble carácter religioso y popular y en las que tantos y diversos elementos han por fuerza de responsabilizarse de sus aportaciones, no podían—no pueden—escapar a la implacable acción de la crítica.
En los prolegómenos de su anual celebración surgen ya los primeros chispazos. Con una visión de conjunto, y partiendo de una primaria división bipartita--«teorizantes» de un lado y «Hombre de la calle» de otro—, podríamos admitir entre los primeros hasta tres categorías: innovadores, puristas medios y puristas a ultranza. Sus respectivas líneas de pensamiento podrían reducirse a simples frases esquemáticas: «Debemos valorizar las Fiestas con aportaciones innovadoras. Hay que huir del estancamiento y buscar fórmulas nuevas para aplicarlas a nuestra línea tradicional». «Pretendemos la mayor fidelidad a nuestras tradiciones suprimiendo discrecional-mente cuanto de dudosa adecuación puede haberse añadido con el transcurso del tiempo; mas distinguiendo lo fundamental de lo accesorio, no podemos cerrar la puerta a ciertas meditadas innovaciones. Nuestro deber, sin el menor quebranto del legado de nuestros mayores, lo concebimos como una tarea de constante progreso y mejoramiento». Los puristas a ultranza, suelen ser más parcos: «Las Fiestas de Moros y Cristianos—vienen a decir—son sólo eso, de Cristianos y de Moros; lo demás no cuenta». (La segunda de aquellas posiciones, de patente eclecticismo, parece ser la imperante en los actuales organismos rectores de nuestros Festejos, a juzgar por las palabras del Presidente de la Comisión, Ricardo Guillén, en la entrevista que con él sostuvimos el año pasado).
Sin embargo, hemos de lamentar una falta de ordenada formulación de tales principios. Se nos antoja mucho más útil llegar incluso a una polémica si fuera necesario. Porque emitir criterios, censurar actuaciones, proponer enmiendas encasillados en cualquiera de estas fórmulas sin la necesaria fijación de bases, sin la obligada documentación, sin la previa y razonada delimitación de las respectivas posiciones, aboca de continuo, tras un parto doloroso, a una cifra negativa, estéril. Y para ello, nada mejor que las propias páginas de esta Revista... Pero huyamos de comodidades y neguémonos el derecho, no ya de toda censura, sino hasta el del simple enjuiciamiento, cuando ni siquiera nos molestamos en razonar la supuesta verdad de nuestra postura.
El «Hombre de la calle» no es tan ambicioso, y jamás pretende hacer cátedra de su opinión. Ingenuo, indiferente o apasionado, siente en la piel cuanto le rodea, lo acusa, reacciona, y generalmente olvida pronto. Las Fiestas son la Virgen, el descanso, el traje dominguero, los únicos días extraordinarios de su vida modesta. Y más que juzgar, se divierte. Irá año tras año a escuchar la Embajada, a contemplar con ojos de asombro y de sueño la Alborada—niño y mujer al brazo—, y las Fiestas resbalan sobre él dejándole tan sólo, una y otra vez,—síntesis repetida de sus impresiones—el amargo sabor de su cortedad...
En otros aspectos, siguiendo el tema fundamental de nuestro comentario, sutiles espíritus hemos conocido—de alguna manera hemos de calificarlos—, «que no han comprendido jamás cómo un hombre puede vestirse de Moro». O de Estudiante. O de Cristiano. Y nos han sonreído amablemente, como si quisieran desagraviarnos incluyéndonos también en el ancho círculo de su gentil benevolencia. Y espíritus refinados—también de algún modo hemos de señalarles—para quienes el «Festero», personaje principal de las Fiestas, sólo les merece un dudoso comentario.
Raras veces hemos querido descender a la menguada estatura mental de estas gentes, y muchas hemos sentido el deseo de arrojarles a la cara un cúmulo de justificaciones. Porque, «Señora o Caballero,—quisiéramos decirles—; muchos de estos hombres se han vestido en cumplimiento de una devota promesa; y la mayoría lo hacen siguiendo toda una tradición familiar. Incluso accederíamos, en su obsequio, a prescindir de tan altas motivaciones: me dice usted que estos hombres sólo aspiran a unos días de diversión personal... Señora o Caballero; aun en la propia diversión, voluntariamente elegida, suele haber un poco de renunciamiento y hasta un mucho de sacrificio. Ese hombre que usted ve, mermó todo un año su modesta economía familiar para ser un número más de ese desfile que a usted tanto le gusta, y que tanta ocasión le brinda para emplear sin gracia conocidos tópicos y lugares comunes; para contribuir con su presencia al esplendor de unos días que usted luce con orgullo ante sus invitados. Es el hombre que sabe sobreponerse al sueño, al cansancio, al pensamiento de los duros días que le aguardan en la tierra o en el taller. Es el hombre que le divierte a usted cuando tiene el capricho de abordar la calle. El que alegra la suya, Señora o Caballero, con la verde diadema de su portada, con la luz de sus balcones, con el pasodoble de su Banda. El mismo, Señora o Caballero, que con su arcabuz, su Música y sus banderas, hace ostensible año tras año, el homenaje filial de un pueblo a su Patrona. El homenaje, Señora o Caballero, a esa Virgen que usted adora, y de la que dice ser tan devoto... Acaso usted, espíritu selecto, no perdone a estos hombres su contagiosa alegría; su entusiasmo; su buena fe; sus copas,—que de todo ha de haber, Señora o Caballero—; su traje arrugado de tantos vaivenes; su rostro marchito de insomnio... Quizás usted no le perdone; nosotros sí, y nos importa un ardite la miopía de usted, y nos importa un ardite ustedes mismos, Señora y Caballero.
De una reciente biografía cinematográfica del pintor Toulouse-Lautrec, recordamos una escena no por dura menos ejemplar. Frente a una dama que se muestra escandalizada ante un cuadro del artista, escuchamos del personaje central una justa recriminación. Porque viene a decir: «Señora, no comprendo su actitud. La dama de mi cuadro, en contra de lo que usted pueda creer, no se está desnudando: se viste. Y en cuanto al caballero que la contempla, no se asuste usted, señora: no es un desconocido ni siquiera su amante; es simplemente su marido... Señora, la única maldad que usted ve en mi cuadro, no existe en la pintura; está dentro de usted misma».
Así es. Lamentablemente, los defectos del prójimo no suelen ser otra cosa que una proyección de nuestros propios defectos. De esos innumerables defectos que sistemáticamente nos negamos a ver, atrincherados tras un muro impenetrable de inmodestias, egoísmos y mundanas vanidades.
Extraído de la Revista Villena de 1954

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