1957 ESTAMPAS DE «LA ENTRADA»

ESTAMPAS DE «LA ENTRADA» 
EL FESTERO SOLITARIO
Por Garzelia
Para muchos de los que el día cinco de septiembre permanecen a lo largo de la carrera de la «La Entrada», entre la abigarrada y heterogénea multitud de trajes, comparsas y colores, pasa inadvertido un personaje «festero» que hace su «entrada» particular.
Ahí lo veréis, hacia arriba y hacia abajo, de una a otra comparsa, cumpliendo con la santa obligación de dar de beber al sediento, lo mismo al bizarro y fantasioso «moro realista» que al sudoroso «esclavo negro», para lo cual se sirve de un cristalino «barral» que, por obra misteriosa, siempre se encuentra lleno de reconfortante «clarete» del país.
Es innecesario identificar a este personaje y no voy yo a cometer la indiscreción de romper su voluntario anonimato; pero sí creo justa esta humilde mención en premio a su perseverante tenacidad festera.
Su atuendo es único: consiste en una sábana camera sujeta a la cabeza por una leve toalla de vistosos colorines, y unas enchancletadas alpargatas previamente blanqueadas con albayalde; ni más ni menos. Tal atuendo le da el aspecto de un beduino pobre o el de uno de esos labradores que tan acostumbrados estamos a ver en las pequeñas figurillas de barro de los belenes.
Nunca da lugar a que nadie le reconvenga ni le llame al orden, pues realiza su labor con la más absoluta y ceremoniosa seriedad, guardando siempre un riguroso silencio, sólo a veces interrumpido por guturales y exóticos monosílabos.
Así lo vemos corretear activo desde la Losilla a San Sebastián, incansable y silencioso, cual un nuevo «judío errante», luciendo su descuidada barba de viejo rabino, asustando a los chiquillos y refrescando los gaznates de la aguerrida tropa cristiana y mora...
Y luego, cuando por fin aparece «La Morenica», le vemos clavar los ojos en su virginal semblante. Dios, Ella y él saben lo que este pacífico y singular festero le dice a su amada Madre. Lo cierto es que, en este instante, si os fijáis bien, veréis sus ojos empañados por las lágrimas, y yo os aseguro que estas lágrimas no son, como malas lenguas propalan, los vapores de las frecuentes libaciones y «viajes» al barral: son lágrimas fervorosas v tiernas, casi infantiles, llenas de amor y fe.
Fijaos y os convenceréis. Es un pequeño y simpático detalle de nuestra tradicional y magnífica ENTRADA.
Extraído de la Revista Villena de 1957

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