1957 CRISTIANICEMOS NUESTRAS COSTUMBRES

Cristianicemos nuestras costumbres
No podemos negar que nuestra ciencia y nuestra acción han adquirido un desarrollo que ensancha nuestros conocimientos y renueva la faz del mundo, de modo que, si no las supera, responde a las más ambiciosas esperanzas. Hasta tal punto, que el hombre moderno, sintiéndose dueño de aquello a que antes servía, dominado por el refinamiento de la soberbia, cree que puede prescindir de Dios en todos los problemas que le afectan. El valor hombre está en primer plano, y Dios se encuentra relegado a un término secundario.
Es éste uno de los grandes pecados de nuestra generación, y sin duda el más brutal y despiadado de todos. Que ha traído como inmediata consecuencia la evidente desorientación ideológica de nuestros tiempos, efecto y causa a la vez de la insolencia humana que rechaza obstinadamente a Dios.
Dos pecados ha cometido mi pueblo — dijo Dios por Jeremías — : ha huido de Mí, que soy la fuente de agua viva, y se ha ido a beber en los pantanos de fango, en cisternas rotas». (Jerem. II, 13). Ese interés malsano denunciado por el Profeta de las Lamentaciones va creciendo desmesuradamente y realizando la conquista sobre todo de nuestras juventudes. De ahí que la inmoralidad se vaya convirtiendo en torrente impetuoso que todo lo arrolla; de ahí la pérdida del pudor colectivo; de ahí la falta del verdadero sentido de la vida, que es el «sentido de Dios» que Jesucristo trajo a la tierra.
La moralidad pública es un problema de dimensiones nacionales que cae de lleno en la órbita de los cuidados pastorales del Episcopado. Por eso, los arzobispos españoles que integran la Conferencia de Metropolitanos han publicado una pastoral colectiva en mayo del presente año, llamando la atención sobre los errores doctrinales acerca de la moral, que se han infiltrado insensiblemente en los diversos estamentos sociales. Un aspecto importantísimo de la moralidad pública — como dicen los Metropolitanos — es el relacionado con la virtud de la castidad, combatida actualmente en todo el mundo por una ola de paganismo, que se extiende también, por desgracia, a nuestra Patria, y puede ser causa de grandes estragos, tanto el orden espiritual como en el temporal, si no nos apresuramos a contenerla en un fuerte valladar de ideas claras y medidas prácticas».
El Papa Pío XII nos dice: «Es de suma importancia echarse al campo para defender la moral pública y social. No se trata de un combate con armas materiales y derramamiento de sangre sino de una lucha de pensamientos y de sentimientos entre el bien y el mal». De donde se sigue que a todos incumbe la defensa de la moralidad, y de que uno de los medios más eficaces para conseguirlo es la instrucción religiosa y la formación moral de las conciencias, sin omitir la plena vivencia del cristianismo. Vida cristiana, que es decir vida casta, contra vida pagana; criterios cristianos del hombre contra conceptos paganos de su actividad. Ninguna ayuda mejor para vivir esta vida cristiana en toda su integridad que la devoción a la Santísima Virgen María. Reina de las Virtudes, porque las poseyó y las practicó todas en un grado de sublime perfección, es el modelo acabado y el ejemplo vivo que todos sus hijos han de imitar y seguir. En los días de nuestras fiestas tradicionales, postrados ante el altar de nuestra excelsa Patrona, recemos con fervor y pidámosle con fe las gracias necesarias para ser adelantados en esta cruzada de cristianización de nuestras costumbres. Inflamemos nuestros corazones en su amor. Formemos el firme propósito de oponernos con valentía a la ola de paganismo que intenta invadirlo todo. Seamos todos tales que, al contemplar nuestra vida, «glorifiquen a Dios», ya que por cada uno se decide algo del Cristianismo y de su destino entre los demás. Estemos atentos a nuestra vocación y a sus exigencias. Seamos en todo momento los cristianos que Dios quiere y la Iglesia necesita: en la noche oscura de la inmoralidad colectiva, luz de esplendentes virtudes, como corresponde a los fieles hijos de la divina Patrona de Villena, la Virgen de las Virtudes.
CEFERINO SANDOVAL AMORÓS
Prelado Doméstico de Su Santidad y Canónigo de la S. I. C. de Murcia
Extraído de la Revista Villena de 1957

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