1958 VILLENA, REALIDAD Y PROYECTO

VILLENA, REALIDAD Y PROYECTO
A Manuel Soriano Soriano, amigo
La vida en Villena tiene sabor de austera continuación. El después se vislumbra en el antes... Aquí, mejor que en cualquier ciudad grande, el joven se instala en la esperanza del ahora y el viejo reposa en el recuerdo hecho realidad: otra vez, como el año pasado.
Sabemos, con saber noticioso, de los nuevos hallazgos técnicos, económicos y sociales que van transformando, poco a poco, la faz de la humanidad. Es verdad que nuestro existir depende de estos aconteceres, pero no lo es menos que el ser de los pueblos está configurando, en cada momento histórico, el ser del mundo y, por ende, el ser de cada nación. Por esto, la grandeza de España está pendiente, en gran parte, de lo que sean y de lo que hagan los hombres de nuestros pueblos. "Aquí, el problema íntimo —lo ha escrito Eugenio d' Ors— es el de ser hombre. Nuestra reunión... obedece al designio de formar en España algo así como una aristocracia de la conducta".
El hombre se encuentra inmerso en el aquí y el ahora. Nuestro pensar, casi tanto como nuestro nacer, está condicionado por una situación, en cierto modo determinante. Para expresar nuestros pensamientos tenemos que utilizar un lenguaje acuñado por generaciones. Cada palabra, además de ser un tributo a una línea de tradición lingüística, tiene un alcance significativo que, por venirnos dado, enriquece o empobrece nuestro pensar. Por otra parte, sólo podemos hacer, como vulgarmente se dice, "lo que está en nuestras manos". No quiere esto significar que el hombre esté absolutamente determinado por su situación. En el animal se conjuga el estímulo que se le presenta con su constitución biológica y surge una respuesta que, en cualquier caso, puede predecirse: el animal está “ajustado”. El hombre, distintamente, se hace cargo de la situación, que se le aparece como problema, y tiene que resolverse resolviéndose por alguno de los estímulos que le están incitando: no está "ajustado" sino que tiene que "ajustarse", tiene que hacerse.
También el niño y el joven tienen que hacer su vida. En lo que ahora sea el niño y el joven está lo que será el hombre de mañana, porque en la vida no se puede improvisar. Ro podemos arrepentimos de lo que ya hemos sido y comenzar una vida totalmente nueva, el ser adquirido sigue necesariamente influyendo. Aunque no lo queramos, siempre somos los mismos. De aquí que urja subrayar la gran importancia que la educación y el ambiente social tienen en el proceso perfectivo humano.
Al niño, acaso porque todavía no lo ve, hay que indicarle donde está bien, ya que él no puede interesarse por lo que le es desconocido. Todo interés es fruto de un cono-cimiento más o menos consciente, no al revés. Es preciso conducir al niño de la mano para que descubra el camino de la verdad, para que encuentre su ser, su auténtica vocación. A la maestría en cualquier ciencia, en cualquier arte, en cualquier oficio, sólo se sube por el penoso camino del aprendizaje. Sólo por aquí llegaremos a la suprema honestidad que el trabajo es. El hombre debe identificarse con la tarea que ha elegido, de esta forma sacará de ella alegría y hasta juego. Sí, el trabajo es el fruto de un pecado, del primer pecado, pero únicamente mediante la más completa aceptación del trabajo nos instalaremos en la senda de la virtud.
El niño —también el joven— aprende más del ambiente social en que vive que de los libros y de las enseñanzas de sus maestros Sería, empero, una utopía pretender subsanar de golpe algunas imperfecciones que se pudieran advertir en nuestra sociedad actual. Cuando ya se es algo no se puede improvisar —ya lo hemos dicho, en un instante, ser algo distinto. Lo que sí se puede, y ello compete a nuestros dirigentes — ya lo vienen, por fortuna, haciendo — es crear un ambiente adecuado a base de cursillos culturales, libre acceso a bibliotecas, conferencias, reuniones de tipo formativo, etcétera. Y sobre todo, procurar que llegue y que se nutra con todo esto, el obrero industrial tanto como el abogado, el campesino tanto como el médico, el aprendiz de zapatero, tanto como el aprendiz de intelectual...
Se trata, una vez más, de afirmar o negar posibilidades. Cada uno de nosotros tiene el deber y el derecho de alcanzar, en grado máximo, su perfeccionamiento entitativo y, al tiempo, de ayudar a que, en semejante grado, lo alcancen los otros. Nuestra Villena debe, por ello, proporcionar a su juventud un extenso panorama de posibilidades para que no se malogre ningún miembro de esa juventud, para que cada joven llegue a ser lo que es en su realidad más honda. Esto es empresa dura. Exige, por su puesto, una labor de cooperación ardua en sus principios de dirigentes e intelectuales. Tal vez, repito, llevemos mucho camino andado, de cualquier forma, es preciso continuar lo ya, con mucho esfuerzo, obtenido el hombre sólo puede sentirse justificado cuando haya hecho la síntesis ideal y trabajo.
Decía al principio que la vida en Villena tiene sabor de austera continuación. Quisiera que cada repetición —no por inevitable menos ética — abriese al villenense nuevas perspectivas. Que nuestro pueblo cifrase su moral más que en la contrición, en el heroísmo de lo cotidiano, en el afán por la "Obra Bien Hecha": en obtener de cada día que pase un poco más de perfección. Ro olvidemos nunca, para ello, aquel verso, con perfil metafísico, de Antonio Machado: "Hoy es siempre todavía".
Julio de 1958.
FRANCISCO GARCIA MARTINEZ
Extraído de la Revista Villena de 1958

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