1980 CARTA A LA NADA

CARTA A LA NADA
BREVE HOMENAJE A JEAN PAUL SARTRE (1905-1980)
POR: ANTONIO LOPEZ

SEGURAMENTE, tan sólo desde la atalaya de la muerte, se puede divisar la inmensidad del Ser: el precio es la muerte. Un alto precio por una contemplación tan escasa.
Me gustaría saber qué hubieras dado por no morirte, si el hombre no fuera una pasión inútil. Me gustaría saber, si lo de la pasión inútil, no te lo inventaste para esconder tu miedo a la muerte. Esa muerte que se cobró en la misma especie en que le compraste. Esa muerte autoritaria que firmó el trae to, cuando naciste —probablemente sin tu querer— y te dijo: Pídeme lo que quieras, te lo daré; a cambio me darás tu Ser. Y no se te ocurrió pedir más que la contemplación del Ser, esa inmensa contemplación.
Fuiste imbécil Sartre, ¿o demasiado listo?, ¿quién sabe? Diste todo por un segundo, por una milésima de segundo necesaria para contemplar el Ser. Toda tu vida preparándote, para ver una estrella fugaz, que aunque puede condensar en sí toda la dulzura del Universo, no dura más que un instante.
Fuiste tonto Sartre, ¿o tal vez demasiado listo? No lo sé. Quizás sabías que en la batalla con la muerte autoritaria, lo tenías todo que perder. Tal vez comprendiste que era imposible la victoria; que la única forma de ganar era ignorarla, desterrar a Dios de tu corazón e intentar el destierro en los corazones ajenos. Porque con Dios o sin Él, el hombre, tú, yo, habíamos de ser los mismos, condenados a ser libres, a cargar con nuestra propia responsabilidad, de una forma inevitable, hasta la muerte irremediablemente.
¡Sartre, sumum de la contradicción!, ¡nos la jugaste bien! En tu boca contradictoria y coherente, quedaba bien lo de la pasión inútil, pero nuestra razón la cubrías de nubes negras y espesas. Nubes de sociedad absurda, nubes del desquebrajarse y tronar de la Dialéctica, de cosas que existen en sí; nubes de objetos que son por sí solos.
Nos quisistes salvar de todas las plagas incluso las divinas, y nos sumiste en una tremenda plaga de moscas, esas moscas que vienen, cuando las nuestras se van, esas que se pegan a nuestra miseria después de conocerte a ti. Y lo hiciste sin piedad, con premeditación y alevosía, sin reparar en que nosotros no éramos héroes como tu Orestes.
Tú, Sartre, viniste sin que nadie te llamara, a despertarnos de nuestra siesta. Lo hiciste sin ningún derecho, nos despertaste de nuestro sueño dogmático en el que siempre ocurre lo que deseamos, tan sólo para decirnos que estábamos vivos, que por el momento éramos todavía Ser, irremediable y libremente Ser. Lo hiciste porque tú jamás dormías, desvelado por las anfetaminas, depresivo, neurótico, incapaz de dar una cabezadita sobre los libros, sobre la cultura. Porque en el fondo eras un drogadicto en potencia. Filósofo de la imaginación y la mezcalina perseguido angustiosamente por las langostas y por tus nausas. ¿Qué hubiera sido de ti, sin la muerte temprana de tu padre?, ¿cómo hubieras conocido la libertad? Sacrílego, teocricida, ¿mataste a Dios, porque se parecía mucho a tu abuelo? ¿Qué hubiera sido de ti, sin las mujeres? —No lo sé. En este país, por desgracia, nos estuviste vedado durante muchos años, y hoy cuando ya se te puede leer, cuando algunos jóvenes te conocemos a duras penas, casi sin comprenderte, te mueres, pasas a formar parte de la Nada. Toda tu vida disertando más bien sobre el Ser y no sobre la Nada, condenado a bucear en la cultura occidental, derrumbando y rehaciendo pilares. Toda tu vida desprendiendo desesperación desde tu esperanza oculta y ahora cuando más desesperado debieras estar, eres tu quien cree en la esperanza, quien la espera en los demás. ¿Por qué?
Te has muerto sin contestar a muchas preguntas de nuestra cultura. Sartre, último padre de nuestra cultura occidental, te has muerto demasiado pronto, dejándonos huérfanos a las últimas generaciones. Y nosotros, al igual que tú, no nos sentimos culpables de tu muerte, porque apenas si te conocíamos. No tenemos conciencia de niños prodigios que agradan a sus abuelos, tan sólo rezamos ante el altar, porque nos obligaban los curas. Y estamos amaneciendo feos, profundamente feos, sin saber asumirnos a nosotros mismos; se nos cayeron los bucles dorados y descubrimos ante el espejo un enorme sapo y nos quedamos atónitos, porque presentíamos ser nosotros mismos. Nos miramos en el espejo y apareciste tú, tu terrible fealdad, la de ese rostro de ojos desencajados del que Simone se enamoró, llegando incluso a matar a Olga, sólo por ti. Pero es que Simone había comprendido, que el Demiurgo todopoderoso y conocedor del futuro, sabedor de que tú eras su asesino, se vengó de antemano construyéndote con fealdad; pero Simone, no es de las que se dejan engañar y supo trascender a través de tu rostro al mundo de las ideas, donde no hay fealdad, porque tú, asesino de dioses, eras rey sobre todopoderoso y príncipe galán del amor y la humanidad.
Sartre te has muerto y lloramos por ti, porque vemos llorar a nuestra madre la cultura, a través de miles y miles de páginas de papel. Pero ten por seguro que no sentimos nada por ti. Te has muerto SARTRE, y todo está permitido, especialmente la LIBERTAD.
Hoy, cuando nuestra cultura se vacía de grandes nombres, vayan estas pocas palabras mal hilvanadas como homenaje a todos aquéllos que tuvieron el valor de vivir para entender su mundo. O a aquéllos que intentándolo, no lo lograron y tuvieron el valor de suicidarse. A Sartre, Marcuse, Erich Fromm y a Nicos Poulantzas.
Extraído de la Revista Villena de 1980

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