1973 EL CINCUENTENARIO DE “LOS ANDALUCES”

El Cincuentenario de "Los Andaluces" por Alfredo Rojas
Cronista de la Junta Central de Fiestas de Moros y Cristianos

Una escuadra de Andaluces, iniciando la Entrada en 1972

El villenense que haya doblado ya, cumplidamente, el cabo de los cuarenta años, es muy posible que haya conocido a alguien a quien todos designan, aún hoy, con la curiosa denominación, tan extendida y absorbente que no poco nos ha costado saber su nombre y apellidos, de «el alcoyano de las barbicas». Vivió este buen hombre, muchos años, en la esquina de la calle «Ancha» donde desemboca otra calle de no menos castizo nombre: «Las Casicas de Hellín». Murieron él y su esposa, hace ya bastantes años, sin dejar descendencia.
Se llamó Antonio Ibáñez Abad; era bajito, lucía una pequeña barba, creo recordar que terminaba en punta, y había venido a Villena, desde Alcoy, allá por el año 1921. Como buen alcoyano, pertenecía a una de las comparsas de aquella ciudad; la de Andaluces. Se estableció aquí, en principio, en la citada calle de «Las Casicas de Hellín». Y seguramente, apenas se relacionó lo suficiente para iniciar su propósito, empezó a organizar la Comparsa de Andaluces.
Fueron sus eficaces colaboradores, desde el principio, Joaquín Clement, que sería el más firme pilar de la Comparsa durante su primera época, y otro villenense y vecino de ambos apodado «el Rija». No tardaron en encontrar colaboradores: con un curioso sentido gremial, ya presente en algunas otras agrupaciones festeras, (recuérdese a los carpinteros que constituyeron la Comparsa de Marruecos en 1886, cuyos sucesores aún desfilan hoy tras el simbólico serrucho que empuña «el Caracoles») formaron la Comparsa, en casi su total parte, tenderos, pequeños comerciantes y comisionistas.
Era condición indispensable entonces, para que una Comparsa saliera a la calle, que el año anterior, en el acto de «la Entrega» del día 9, se hubieran pre sentado los futuros capitán y alférez de la Comparsa, éste último con bandera, en el Ayuntamiento de la Ciudad. No lo hicieron así los Andaluces en 1922; y anduvieron solicitando dispensa de tal circunstancia para poder salir en 1923, año de la Coronación de Nuestra Patrona. El deseo general de dar mayor brillantez a estas fiestas, a causa de este especial motivo, y los buenos oficios del abogado local D. Alfonso Arenas (padre) que intercedió a favor de los nuevos festeros, decidieron para que el permiso fuera otorgado.
Se trajeron los trajes en alquiler, este primer año, de Alcoy. Pocos más de veinte fueron los fundadores. Se recuerdan entre ellos los nombres de Joaquín Clement, el ya citado Antonio Ibáñez Abad, Juan Azorín, Bernardo Ugeda, Alfonso Arenas Marín, Fran cisco Bravo Pérez, Dimas García Tendero, Francisco Marco Cerdán, los hermanos José y Joaquín Navarro, apodados «los Cayetanos»; Francisco Calabuig, Francisco Cantos, Ramón Hurtado, Manuel «el Puncha», Francisco Abellán García, Bernardino López Terrades, Francisco García «Cigarro»; Fulgencio Ferriz, Salvador Conejero, José Pardo Tomás y Francisco Ferriz «el Moreno el de la tahona». Un solo niño formó parte de la Comparsa en este año, pues solo un traje Infantil pudo traerse de Alcoy. Fue Francisco Clement.
Los (Andaluces, en 1928. Figuran en la fotografía la mayor parte de los festeros activos de la Comparsa, las señoritas que desfilaban con ellos y la banda de música de Muro.
Esta relación es poco menos que exhaustiva, y aunque existe el riesgo de haber olvidado a alguno, no muchos más serían los Andaluces que el día 5 de septiembre de 1923 salieron por vez primera a nuestras calles. Siguiendo sus pasos, y alegrando con sus pasodobles la prestancia de los nuevos festeros, iba la banda de Muro, que continuó viniendo con ellos muchos años más. Tenemos datos incluso de sus emolumentos en 1928 y 1929, en los cuales oscilaron entre 800 y 850 pesetas, a tenor del número de sus componentes.
La Comparsa fue acogida favorablemente. Si bien el traje no posee suficiente propiedad histórica dentro de la más estricta interpretación que los festejos deberían traer consigo, era espectacular, proporcionaba una viril majeza a quienes lo llevaban y daba una nota colorista y original al conjunto de las comparsas villenenses. El éxito llevó a los flamantes Andaluces a perfeccionar, durante 1924, los aspectos que, a causa de las premuras del verano de 1923, debieron por fuerza descuidarse. Se confeccionaron trajes; se hizo una definitiva bandera, la cual se bendijo actuando de madrina doña Isabel García, esposa del abogado local, ya citado, D. Alfonso Arenas, y ya formaron parte de las filas varios niños, hijos de algunos de los fundadores. Entre ellos se añadirían a Francisco Clement, en este año de 1924 y siguientes, Regino Ugeda, Antonio García «Cigarro», Andrés y Ramón Hurtado y algunos otros más. Andrés Hurtado es el único componente de la Comparsa que, desde 1924, sigue formando parte activa de los Andaluces.
Los primeros trajes propiedad de los festeros, confeccionados en 1924, como hemos dicho, llevaban los pantalones de punto.
El citado Francisco Ibáñez se encargó de su confección. Posteriormente, ya se hicieron de terciopelo o panilla. El traje y equipo de Andaluz del año 1923, que, prácticamente, no ha sufrido variación hasta hoy, constaba de chaquetilla azul bordada, chaleco amarillo, pantalón encarnado con dos borlas amarillas y galón dorado; faja azul, corbata encarnada, sombrero calañés azul del que penden dos borlas negras; pañuelo colocado de forma que cuelgan tres puntas detrás de la cabeza; camisa blanca, polainas de cuero y la clásica manta con alforjas, a todo lo cual ha de unirse la canana y el trabuco.
Hemos visto una factura de 1928 en la que constan, salvo el trabuco, todas las prendas anteriormente citadas. El importe total es de 204'15 pesetas, cantidad con la cual quedaba completamente equipado uno de aquellos Andaluces de la década de los años veinte. Destaquemos, entre las que hoy nos parecen peregrinas partidas de esta factura, que los bordados del traje ascendían entonces a cincuenta pesetas; y las hechuras y forros sumaban la cantidad de treinta y cinco. El mismo equipo cuesta hoy 14.000 pesetas poco más o menos, datos que citamos simplemente a título informativo, ya que es natural que la diferencia entre ambas cifras tengan un carácter meramente subjetivo por estar en relación, ambas, con los costes de la vida entre una y otra época.
Formada la Comparsa, se fija la cuota, invariable durante algunos años, pues seguía cobrándose en 1930: una peseta a la semana. Se encargaban del cobro cuatro de los festeros: Azorín, Ugeda, Cantos y Pepe Navarro, los cuales, todos los domingos, general mente por la mañana, visitaban a sus compañeros de Comparsa y recaudaban las cuotas de todos ellos. No percibían los cobradores ninguna comisión por esta tarea; pero de piedra hubiera sido el que no les invitara siquiera con los consabidos «dos deditos» de vino. Que no eran de piedra es innecesario asegurarlo. Y que constituían un conjunto de buenos amigos, rumbosos en su mayoría, puede afirmarse sin lugar a error.
Hemos encontrado una circunstancia curiosa, a propósito de las cuotas, en los apuntes económicos de los Andaluces de aquellos años. La de que, finalizado el ejercicio, si resultaba algún sobrante, se distribuía entre los componentes de la Comparsa en pro porción a las cantidades que cada uno había entregado. El ejercicio de cada año, pues, partía de cero.
Peco más de la peseta semanal de cuota, costaba entonces el kilo de caramelos. Osciló durante los años 1923 a 1930, alrededor de 1'50 pesetas. Fueron los Andaluces los primeros en lanzarlos durante los desfiles, y parece ser que la costumbre empezó en 1924; al menos, así lo aseguran ellos. Dos o tres años después fue la Comparsa de Labradores la que siguió el ejemplo.
Aseguran asimismo los que vivieron aquellos primeros años de la Comparsa, que fueron los primeros en establecer la costumbre de almorzar sardinas y huevos fritos en la mañana del día 9, después de la despedida de la Patrona. Lo hacían en la «Casica del Sastre», en la falda de la Sierra de la Villa, propiedad de uno de los Andaluces fundadores, Ramón Hurtado, y hoy de sus tres hijos. Dicen también haber celebrado, cuando menos en 1928, el día 4 de septiembre, en el Círculo Agrícola Mercantil, la «Olleta», cena de vísperas, antigua costumbre de Alcoy, que siguen hoy practicando las Comparsas de dicha ciudad.
No son pocas las peculiaridades que poseyó en su primera época la Comparsa de Andaluces. A las ya citadas añádanse sus características cabalgaduras, lujosamente enjaezadas, con la agradable presencia femenina en la grupa; los típicos carruajes y la aparición, en 1928, de la primera escuadra especial que enriqueció la fiesta villenense y de la cual tenemos, noticia. Nos referimos a los «Calabreses», que sólo participaron el citado año, con traje distinto al de los Andaluces y de los cuales apenas han quedado datos.
No acaba aquí la enumeración de las particularidades de la Comparsa de Andaluces, y cuya somera relación basta para considerar a ésta como a una de las más personales y jugosas entre todas las que componen el mosaico de los festejos villenenses. Los Andaluces tuvieron, además, una caballista; una gentil señorita que desfilaba con ellos a caballo y que se llamaba Adelina Calabuig Soriano. Se la puede ver en una de las fotografías que ilustran este artículo, en la que figura a lomos de su cabalgadura. Y fueron, además, los directos creadores y protagonistas del «Contrabando», número cuya popularidad contribuyó a que fueran designados como «Contrabandistas», remoquete que todavía sigue siendo más utilizado que el de Andaluces. Pero este del Contrabando merece párrafo aparte.
Los Andaluces en 1939.
Se celebraba la tarde del día siete, a la salida de la corrida de toros. Llegaban los «Contrabandistas» a la mitad de la calle «Ancha». Allí eran detenidos por un centinela, de la Comparsa de Marineros. fuerza que ocupaba el castillo de Embajadas y a la que seguramente se consideró como la más idónea, entre las que tomaban parte en los festejos, como represora del Contrabando. El centinela, papel que desempeñó bastantes años un marinero al que apodaban «el tío Cuqui» detenía a los Andaluces; pero se dejaba sobornar por éstos y les permitía el paso, antes de lo cual, uno de ellos recitaba los versos del «Contrabando», ritual perorata, con la que descubrían su presencia e intenciones, llena de ingenuas arrogancias. No obstante, los Marineros descubrían a los Andaluces y percatábanse del alijo que estos llevaban. Puestos los «Contrabandistas» en el dilema de entregar su mercancía, hacían honor a lo que poco antes había recitado su «embajador»:
«Antes perdemos las vidas   
que dejarnos maniatar;   
perdemos los alijos   
y la sangre correrá.   
Los trabucos prevenidos;
compañeros, al combate.
Abrir todos los cajones
y tiradlos por las calles».
Era entonces cuando arrojaban el contenido de sus alforjas, sacos y cajones, portados por las cabalgaduras, y en los últimos tiempos del contrabando por camiones, a la anhelante chiquillería, sobre la cual caía un diluvio de juguetes, barajitas, dulces y aún otros artículos de la más diversa condición. Año hubo en que los Andaluces compraron un saldo de esos tenues pañuelos de fantasía que utilizan las mujeres y fueron muchos miles de éstos los que volaron de las manos de los «Contrabandistas» para pasar a las de los espectadores.
No acababa aquí el «Contrabando». Entretanto, la «fuerza» había descubierto la traición del centinela. Un simulacro de juicio decretaba la ejecución del «tío Cuqui». A toque de corneta era pasado per las armas y, embadurnado de pintura roja, conducido en una camilla entre los miembros de ambas Comparsas. No pocas veces acabó el «tío Cuqui» este reme do de último viaje en las refrescantes aguas de «la Fuente de los Burros», destino que los rigores de la estación, y las abundantes libaciones que la Fiesta trae consigo, era menos desagradable de lo que pudiera creerse.
En 1928 la Comparsa se componía de 36 socios efectivos y 11 protectores. Joaquín Clement, que, como hemos dicho, fue uno de los más firmes puntales de la Comparsa, desempeñó en ella el cargo de presidente desde 1923 hasta 1935. Tampoco el cabo de gastadores fue sustituido: Francisco Ferriz, «el Moreno», actuó como tal hasta 1940, auxiliado por su sustituto Juan Montilla, con la lógica salvedad de los años 1936 a 1938.
No mucho mayor que la cifra de componentes en 1928 era la de 1935. A ellos se añadió siempre el corneta, tradición lamentablemente desaparecida en las agrupaciones festeras villenenses. El corneta tocaba diana en las esquinas de las calles donde había festeros; a fuego en las guerrillas; y gobernaba con su cornetín, asimismo, las salvas que se disparaban en las llegadas y despedida de la Virgen. Generalmente no pagaba cuota a cambio de sus servicios. Igual mente se le puede ver en la fotografía a la que ya nos hemos referido y que recoge a la Comparsa de Andaluces en sus primeros años. Lleva la corneta y viste un traje diferente al de los miembros de la Comparsa, el cual era pagado por ésta.
Desde 1936 a 1939 sucedieron demasiadas cosas como para no alterar a las Comparsas y a muchos de sus aspectos o circunstancias. Dejaron de oírse las cornetas en nuestros festejos y languideció el «Contrabando», que se hizo por última vez en 1942. En este año hay 38 socios efectivos, y la cuota es de 70 pesetas anuales. Desaparecieron o retiráronse muchos festeros y, como es natural en este continuo devenir humano, fueron otros los que nutrieron las filas de los Andaluces o se unieron a los que todavía permanecían en ellas. Importantes altas fueron José García «Forte», Antonio Domenech «Denla» y Ricardo Menor, entre tantos otros nombres de nuevos Andaluces, llegados en los años 30 y siguientes, cuya relación haría demasiado largos estos apuntes. No pocos hijos de los fundadores, ya adultos, reforzaron o suplieron la presencia del padre. Francisco Clement, como ejemplo de ello, sustituyó al suyo en la presidencia, en 1941, y la ocupó hasta 1950, fecha en la que la abandonó por considerarla, acertadamente, como incompatible con su presencia en la Comisión de Fiestas, organismo entonces rector de nuestros festejos. De sus manos pasaría a las de Antonio García-Forte, que la desempeñó hasta 1954. Después fue Bartolomé Marco quien regiría la Comparsa hasta 1970, fecha desde la cual es presidente Rosendo Barceló Ugeda.
La continua sucesión de padres a hijos en las Comparsas, tradición festera tan repetida en nuestra ciudad, se advierte también en la mayor parte de los cabos. Francisco Ferriz cedería la gigantesca navaja a su sobrino, Francisco Pardo, en 1942. En 1944 el cabo es Juan Galipienzo; de 1944 a 1958 será Antonio García-Forte; desde entonces figura al frente de la escuadra Francisco Bravo Vinader, con Francisco Domene. A ellos se ha unido, desde 1970, año en que fundó la actual escuadra especial, Joaquín Cortés Dolón.
Imperceptiblemente, desde 1939, empieza a decaer la Comparsa. Constante animador de ella, no obstante, es José García «Forte», que tiene principal par te en su sostenimiento. Es curioso y hasta conmovedor anotar que hoy, bastantes años después de la muerte de este buen festero, todavía figura como socio activo y la cuota es pagada por sus hijos, interpretando así, seguramente, el sentir de su padre que, de forma simbólica, sigue perteneciendo a la Comparsa más allá de la definitiva frontera que nos separa de todo lo terreno.
Se llega a 1955. Muchas de las Comparsas, con mejor o peor suerte, han tomado un rumbo que va a dejar huella en los festejos: las verbenas nocturnas. Los jóvenes acuden a nutrir las filas de estas Comparsas, y mientras van incrementando paulatinamente el número de sus asociados, descienden otras a límites casi insostenibles. Este año llegan los Andaluces a un punto crítico: están a punto de desaparecer. Pero Bartolomé Marco y Antonio García-Forte se disponen a la lucha para que así no ocurra. Encienden de nuevo los decaídos ánimos, buscan dinero, hacen nuevos trajes, propician la entrada de otros festeros a la Comparsa y los Andaluces se salvan.
Y así, en una lenta pero constante línea ascendente, van incrementando sus efectivos. En 1961 son 54 los Andaluces que toman parte en el acto de la Entrada; en el momento actual suman ya 85 los festeros activos. Hoy ya figuran en las filas de los Andaluces varios de los nietos de aquellos fundadores. Uno de ellos, Joaquín Clement, cuyo abuelo fue uno de los más importantes componentes de la Comparsa en 1923, une a su presencia activa en ella a la labor de capellán de la misma. Y lo es desde que, a mediados de 1972, en un acto de características poco frecuentes, cantó su primera misa, casó a su segundo hermano, a su tercera hermana y aún administró la comunión a otra de sus hermanas: la octava.
Los Andaluces son de nuevo una Comparsa firmemente asentada en los festejos villenenses. Cuando, marchosos y gallardos, pasen de nuevo por la Corredera en bizarras escuadras, a lomos de sus cabalgaduras en cuya grupa figura siempre una mujer, o bien en los típicos cabriolés, calesas y otros carruajes a los que sigue la carroza donde se arraciman las niñas con sus típicos trajes, cumplirá la Comparsa su cincuentenario. Para conmemorarlo, van a celebrar importantes actos. Todos están derrochando ilusiones. No pocos de los que ya figuraron entre ellos en los años veinte, para retirarse después, están desempolvando de nuevo el traje. Una comisión especial, presidida por Benjamín Gómez, pero secundada por todos los Andaluces, han preparado los festejos de 1973. Ojalá alcancen el éxito que pretenden y ojalá sean muchos años más los que sigan llenando de alegría nuestras calles en las Fiestas de septiembre.
Extraído de la Revista Villena de 1973

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