1986 APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DE LAS EMBAJADAS Y CONVERSIONES

Aproximación al estudio de las Embajadas y Conversiones
Por Mateo Marco Amorós
INTRODUCCIÓN
Han sido muchos e importantes los estudiosos que en el campo de la investigación científica han utilizado el concepto aproximación como propósito primero y único de la obra que presentan. Estos lo han empleado con el fin de exponer, tras un conocimiento extenso y concienzudo de la materia analizada, unas pautas y generalidades básicas para que el lector aprenda lo que ellos han esquematizado como más interesante y global. Insisto en que los eruditos han tenido un conocimiento pormenorizado. En mi caso no es tal, y utilizo el concepto aproximación, en el sentido honrado de la palabra, en el más puro. Mi trabajo es un acercamiento ya no sólo para el lector, sino para mí mismo y es que en realidad no ha podido ser más. ¿La razón?... Pues que no he querido arriesgarme en conclusiones cerradas, ya que considero que hasta que no conozcamos profundamente cada una de las Embajadas y Conversiones que se celebran en nuestras fiestas, no podremos afirmar nada taxativamente. No obstante, sí voy a intentar poner en crisis algunas conclusiones que siento poco fundadas, pero que con el paso del tiempo desde su publicación han sido admitidas y repetidas, así como también voy a dar algunos caracteres generales que reflejan la época en la que se escribieron estos dramas que he estudiado.

Hecha esta advertencia quisiera recordar a todos los congresistas la trigésima y última conclusión del Primer Congreso celebrado en Villena en la que se estimó «la conveniencia de la publicación de un volumen que recoja y ordene sistemáticamente las embajadas, conversiones, parlamentos y demás textos de la fiesta, algunos de los cuales se conservan solamente por tradición oral».    Estimación que, supongo por problemas económicos, se quedó en proyecto. Es necesario que se realice esta compilación para profundizar sin peligro de arriesgadas afirmaciones en la esencia de estas manifestaciones festeras.
Desde que don Adolf Salva i Ballester escribiera su «Bosqueig Históric...» muchos autores se han limitado a aprobar su teoría sobre el ágora de las Embajadas. Personalmente apunto la dificultad de sostenerse en estas conclusiones, sobre todo cuando se desconocen datos necesarios para emitirlas afirmativamente. Creo que todavía no estamos en condiciones de afirmar nada. Lo que sí insisto es en la necesidad de conocerlas una por una. Por ejemplo, si comparamos las Embajadas de Alcoy con las de Villena cierto es que coinciden en algunas estrofas, pero el número de versos iguales no es significativo porcentualmente para afirmar que la segunda es copia de la primera como se ha hecho, quizá ambas hayan bebido de la misma fuente y presente su tema con diferencias propias. Este problema se acentúa cuando nos remontamos a fuentes más antiguas. Así, en las Embajadas de Villena recogidas en 1889 observamos unas peculiaridades significativas que aumentan mis dudas sobre el hipotético foco alcoyano. Estas fueron copiadas por Eduardo Marín en Valencia, siendo 5 de noviembre de 1889, y, como decía poseen unos rasgos exquisitos y muy peculiares que denotan relativa originalidad. Sirva como ejemplo más significativo el acto de la quema de la Mahoma al final de la Embajada y Guerrilla del Cristiano, hecho que siempre exacerbó con motivos a nuestros amigos de Biar. Dice el Embajador moro una vez vencido:

«En prueba de tu amistad
una cosa ahora te pido, que
pegues fuego a Mahoma, que
destruyas el castillo, y con
este tierno abrazo vivamos
por siempre amigos.»

Son muchos más los versos que distan de ser iguales a los de Alcoy, por lo que no es conveniente reafirmar teorías sin comprobarlas. Es una lástima que nuestro copista, Eduardo Marín, se despiste entre quejas y consideraciones personales sin describirnos más de dónde copió estas embajadas. Dice Eduardo Marín: «Es copia exacta de un libro en donde ade/más de las antedichas embajadas, que / por cierto está escrito con malísima orto/grafía y al parecer con muchas equivocaciones / de copia, y con versos bastante chapuceros, tiene / a continuación los reglamentos (...).»
Sería importante encontrar ese libro que nombra Marín de donde son «copia exacta».
No quiero profundizar más en este aspecto, ya que por el momento no poseo fundamentos suficientes para apuntar nuevas conclusiones, pero no obstante, sí me veo con la fuerza teórica para crear duda, para poner en crisis lo que hasta ahora se ha aportado, creo que simplemente por el paso del tiempo y la poca investigación. Es necesario profundizar en cada uno de los textos que conocemos y aproximarnos a los más antiguos que se conozcan y entonces sí nos sentiremos con la suficiente base para proponer nuevas hipótesis que se mantengan con demostraciones verdaderas, ya que en estos textos más antiguos se aprecian caracteres de gran valía y originalidad.
Aceptando, pues, mi impotencia en este aspecto, mi estudio se va a limitar al análisis, en primer lugar, del problema de lo «moro» en España como base para entender la cerrada dualidad de nuestras fiestas. En segundo lugar, analizaré los fundamentos socio-literarios para el origen de las Embajadas, así como algunos caracteres generales —producto de la época en que se escribieron—, para concluir con los problemas teológicos entre el Islam y Cristianismo, tomando como base el tema más general de los textos de las Conversiones.
El problema de lo «moro» en España:
la morofobia nacional.

En el acto de presentación de su último libro, don Julián Marías decía que «lo que marca la continuación del proyecto histórico español es que, por ejemplo, la invasión árabe fue vista como algo inaceptable. En todas las circunstancias, y después de todas las guerras, siempre vuelve a emerger la España verdadera». El autor, por lo que veo, apenas apunta nada nuevo en este aspecto sobre lo que escribiera ya en La España Real cuando refiriéndose al período de al-Andalus habla de la «pérdida de España», de la paralización de ese proyecto llamado España. En La España Inteligible vuelve a insistir, y yo no lo entiendo, sobre lo mismo; desestimando el factor islámico por motivos parece ser demográficos, para exponer, ahora que está de moda, la eterna esencia europea de España. Y no dudo de esta europeidad nuestra, pero tampoco veo la necesidad de intentar borrar, de encerrar en un paréntesis inaccesible, la influencia del Islam en esta casa nuestra con forma, dicen, de piel de toro. Ahora veremos y esto me lo explica, diversas circunstancias sociales y políticas que han venido configurando a lo largo de nuestra historia esta apatía hacia lo moro.
La idea que actualmente expone Marías ya pululaba allá por la década de los cincuenta bajo la insigne pluma de Sánchez Albornoz. Don Claudio, inserto en la búsqueda de la esencia de lo español, también ignoraba, a pesar de su conocimiento del tema musulmán, el flujo islámico como partícipe en la formación de lo hispánico. Con al-Andalus, según Sánchez Albornoz, se detenía la configuración de España, se producía la desconexión europea. Mientras, Américo Castro opinaba todo lo contrario, dándole a la arabización de la península una importancia absoluta para el germen de lo que hoy podemos ser, aportando una visión opuesta a la de don Claudio, basándose en importantes ejemplos, aunque algunos realmente pienso que exagerados. Las diferencias teóricas sobre el tema no sólo se quedaron en una lucha escrita, sino que parece ser que trascendieron incluso a una reyerta a bastonazos, creo recordar que en un aeropuerto. No es mi intención continuar la polémica, pues veo clara la posibilidad de conjuntar ambas ideas y desde este eclecticismo entender mejor el fenómeno musulmán en España y su evolución hasta lo que podríamos llamar morofobia.
Por medio de una visión científica no podemos borrar, bajo actitudes ideológicas, las influencias de ocho siglos de nuestra historia. No obstante, parece ser que, por desgracia, esta España nuestra siempre se nos divide en dos o nos la dividen, y por ende una tiende, en la mayoría de las veces, a aniquilar a la otra. Pero entremos de una vez por todas en el propósito de nuestra cuestión: el problema de lo «moro» en España.
Desde siglos nuestra visión de lo árabe-musulmán y, en definitiva, de lo moro se ha venido cargando de profundos caracteres peyorativos, fruto y producto de una morofobia tradicional que se remonta incluso a antes de 1609; morofobia tradicional que se ha alimentado de ese constante flujo moro durante toda nuestra historia; morofobia tradicional instigada por condicionamientos religiosos, políticos y económicos.
Ya desde 1085, tras la toma de Toledo y la consiguiente intervención almorávide, aparece el odio a lo moro incluso desde las mentalidades de los andalusíes, así como la acentuación del temor cristiano. Este hecho va a crear una situación más violenta debido a la mayor dureza política y religiosa de los almorávides, por lo que ahora los mozárabes serán menos tolerados
Con el final de la mal llamada Reconquista fueron los turcos y piratas berberiscos los peligros más amenazantes para el Imperio, convirtiéndose los moriscos, por simpatía, en una delicada quinta columna dentro del polvorín de lo que quería ser España. La espina se la quitaron primero en Lepanto y más tarde con la expulsión. Siglos más tarde unos moros, los mamelucos, nos aparecen inmortalizados en un cuadro del sordo en actitud cruel contra el pueblo español cuando fueron invitados por los franceses a pasearse con sus filos por Madrid. En el XIX y en nuestra época, las dos guerras de África han condicionado considerablemente nuestra opinión sobre lo moro, y a pesar de que el Generalísimo se sirviera de tropas africanas para dar el golpe, la Dictadura y su religión no proporcionó los medios de acercamiento. Por último, nuestro complicado problema de pesca, así como el sensible paranacionalismos de las plazas africanas, contribuyen muchas veces a alimentarnos en el odio a lo que en realidad apenas conocemos. Y a pesar de todo, nuestras fiestas no son actos de morofilia. Nuestras fiestas presentan, en una estricta dualidad, al moro como invasor. Posiblemente, el acto donde más se exagere sean las Embajadas, presentando un desprecio hacia lo musulmán. Hoy en día, afortunadamente, la mayor difusión cultural empieza a abrir nuevas sensibilidades ecuménicas.
La dificultad se nos plantea cuando nos preguntamos sobre el origen o el porqué de esta morofobia, sobre todo cuando con respecto a la larga estancia de los musulmanes en la península, en función de las relaciones sociales y culturales, hemos oído hablar en muchas ocasiones sobre la idílica convivencia. Algunos personajes han señalado al Toledo medieval como exponente de esta relación común entre judíos, moros y cristianos. Hay que tener cuidado con estos juicios de valor generales y dudar de esa pacífica convivencia. Mikel de Epalza, aprovechando el Primer Congreso Internacional «Encuentro de las tres culturas», celebrado precisamente en Toledo, ya cuestionaba el concepto de la convivencia medieval que observa deficiente, proponiendo, para una mayor comprensión del fenómeno, el de «tolerancia», pues si bien hubo convivencia de tres religiones, no lo fue de tres culturas, ya que cuando los musulmanes dominaron el poder toleraron a judíos y cristianos en su religión, pero bajo su cultura, así como posteriormente hicieron los cristianos.
Teniendo claros estos presupuestos creo que podemos comprender, ahora sí, la morofobia nacional. La cultura cristiana a partir de 1085 como fecha clave por la toma de Toledo, hecho de importantes consecuencias psicológicas, fue imponiéndose progresivamente partiendo de la tolerancia, hasta llegar a la expulsión después de unos siglos, pasando por las más duras represiones, sustentadas en la concepción partidista de que la España verdadera, única y real era la cristiano-católica mientras los otros elementos sobraban y fueron considerados invasores «non gratos». Esta actitud se acrecentó con la presencia almorávide y la posterior almohade, que para todos fueron realmente invasores.
Los problemas de convivencia fueron acentuándose a medida que los grupos culturales se definían más claramente y se aislaban en barrios determinados (morerías, juderías...). En este claro «apartheid» los enfrentamientos y odios se sucedieron con más fuerzas y frecuencia. Sin embargo, las diferencias, más que por motivos religiosos, tuvieron su causa en factores socioeconómicos. Tanto judíos como moriscos eran odiados por la masa popular en base a la mejor posición económica de los «infieles».
Interesantes testimonios sobre la crítica convivencia nos los encontramos en las obras de nuestros más prestigiosos autores antiguos y contemporáneos. Así, el clérigo Gonzalo de Berceo, la va a tomar contra los judíos, mientras posteriormente nuestras gloriosas letras de oro, como Cervantes, Lope, Tirso, etc., arremeterán contra los moriscos mofándose de sus costumbres, envidiándoles, en definitiva, por su riqueza e invitando a la monarquía a tomar medidas.
Cervantes no mostró excesiva simpatía por los musulmanes; en el contexto de la amenaza turca y berberisca escribió duramente contra sus compatriotas moriscos. El manco actuó como «vox populi», y a través de un perro nos cuenta la infidelidad religiosa de los conversos, su avaricia, su multiplicación progresiva y, en definitiva, una forma diferente de vida, otras costumbres no aceptadas por la cultura dominante: «Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana. Todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado y para conseguirle trabajaban y no comen: en entrado el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a oscuridad eterna, de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas: todo lo allegan, todo lo esconden y todo lo tragan... Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas, todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de su generación; no los consume la guerra ni ejercicio que demasiadamente los trabaje. Robannos a pie quedo y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos».
Estos sentimientos contra el moro han venido siendo constantes, si bien apoyándose en distintos fundamentos, llegando hasta nuestros días. La constante histórica que señalábamos anteriormente ha propiciado la morofobia. Así vemos que también en nuestra literatura contemporánea el odio al moro, la visión maniqueísta, perdura. En esta ocasión es Camilo José Cela quien con su duro estilo de siempre nos presenta en flashes alternantes la obsesión por lo moro traidor que también aparece en las Embajadas. Esta obsesión nace sobre todo en nuestra última guerra de África. ¿Quién no ha oído contar alguna cruel historia de traición sobre esta guerra?... Yo creo que nadie. La muerte de Lázaro Codesal se produce a traición por un moro: «A Lázaro Codesal lo mató un moro a traición, lo mató mientras se la meneaba debajo de una higuera, todo el mundo sabe que la sombra de una higuera es muy pro picia para el pecado en sosiego (...). A Lázaro Codesal lo mató la mala suerte, también la confianza; de los moros no se debe uno fiar porque son arteros de sentimiento y de carácter (...). Los moros de la Cábila de Tafersit son medio maricones, son también maricones, a ellos les da lo mismo (...). Lázaro Codesal tenía el pelo del color de la zanahoria y los ojos azules y misteriosos como la turquesa, fue lástima que el cabrón de moro le atinase(...)». Así aparece a lo largo de todo el libro.
Vistos estos ejemplos representativos, creo que entenderemos mejor el problema de lo «moro» en España, así como la actitud de algunos estudiosos que, quizás influenciados por esta constante psicología nacional, han pretendido menospreciar el legado del Islam a nuestra compleja cultura. En las Embajadas de nuestras fiestas esta marginación cultural también se refleja utilizando el binomio del bien y del mal, presentando a dos bandos enfrentados. Lo que está claro es que una cultura se comió o se quiso comer a la otra, pero por esto no podemos olvidarla ni menospreciar lo que nos queda de ella.
La fiesta como teatro. Fundamentos socioliterarios para el origen de las Embajadas: desde los romances fronterizos hasta las comedias de Moros y Cristianos.
La asociación fiesta-teatro no es difícil de establecer, todo lo contrario; y menos difícil aún en nuestras fiestas de Moros y Cristianos. Estas vienen a ser como un gran teatro donde el festero-actor se manifiesta, ya sea por motivos tradicionales, religiosos o simplemente lúdicos. Pero si bien en su generalidad la fiesta de Moros y Cristianos se nos presenta como un teatro con un enorme escenario, es en las Embajadas cuando ésta adquiere sus características más exquisitas como drama La conexión entre el origen de las Embajadas y el teatro no es difícil de encontrar y así los festerólogos han señalado con mayor o menor fuerza este aspecto
Tanto José María Soler como Carmen Muñoz, señalan la costumbre popular desde el siglo XVI de completar las celebraciones en honor de los patrones con una representación de una farsa o comedia llevada a cabo por los cómicos nómadas de la legua. Para el caso de Villena, Soler escribe que en las romerías, que se celebraban dos veces al año, «los villenenses de entonces tendrían repetidas ocasiones de ver representados por aquellas compañías de juglares entremeses y farsas que no dejarían de contribuir al desarrollo de posteriores aficiones», y añade el autor un dato importantísimo que también señalaba Carmen Muñoz: «Recordemos —dice Soler— la conocida frase de Quevedo en su Vida del Buscón de que "ya está de manera esto, que no hay autor que no escribiera comedias ni representante que no traiga su farsa de moros y cristianos". No cabe duda que estas representaciones, muy del gusto de la época, animaran a nuestros antepasados hacia una afición en la que por sus condicionantes histórico-políticos se sentían enormemente identificados».
El gusto por la temática de moros y cristianos en la literatura española arranca desde los romances de tema fronterizo, fruto de esa empresa llamada Reconquista. Recordemos quizá el más popular de estos romances, el de Abenamar, donde el rey don Juan II concibe a Granada como novia. El rey castellano dialogó con el infante moro Abenalmao (Abenamar). La conversación es totalmente pacífica. Será durante los siglos XVI y XVII cuando el tema literario adquiere gran difusión y popularidad. Cervantes, Ruiz de Alarcón, Lo-pe de Vega, J. B. Diamante, y otros, no van a faltar al público presentándoles comedias de moros y cristianos. El público, como hemos visto, se aficionó a estas farsas y gustaba de ellas. No obstante, si las producciones del Siglo de Oro contribuyeron a crear el gusto por el tema de la dualidad moro-cristiana, es durante el siglo XVIII cuando, a pesar de los malos dramaturgos, el tema se va a hacer más popular debido al desarrollo de la escenificación. Ya poco importan los buenos textos si la puesta en escena es espectacular.
Así, el teatro del siglo XVIII considero que entronca más con las peculiaridades de nuestras Embajadas, donde en general los textos no ofrecen una calidad lírica, pero la puesta en escena es de gran vistosidad. Si bien las comedias del XVI y del XVII influyeron en la temática, el teatro del siglo XVIII se adecúa mejor a las exigencias de nuestras Embajadas. Comparemos, por ejemplo, la irónica descripción que hace Cadalso en el «Suplemento a los Eruditos a la violeta» sobre una comedia de la época, con la aparición del «Sant Jordiet» en las fiestas de Alcoy, representación que enlaza en sus aspectos técnicos y temáticos con el desarrollo, también espectacular, del tema taumatúrgico en el teatro del XVIII. Nos relata Cadalso: «Me acuerdo de haber visto una comedia famosa (así lo decía el cartel) (...), allí había ángeles y diablos, cristianos y moros, mar y corte, África y Europa, etc., etc.; y bajaba Santiago en un caballo blanco y daba cuchilladas al aire matando tanto perro moro, que era un consuelo para mí y para todo buen soldado cristiano; por señas que se descolgó un angelón de madera de los de la comitiva del campeón celeste, y por poco mata medio patio lleno de cristianos viejos que estábamos con las bocas abiertas».
Como podemos observar, el montaje escénico, aunque llegara a presentar en algunas ocasiones problemas, era grandioso; los espectaculares efectos hacían vibrar al público y éste se sentía dentro de la obra. La descripción del teatro del siglo XVIII que realiza Ruiz Ramón engloba prácticamente todas las características que podemos encontrar en la representación de nuestras Embajadas: «No sólo el escenario, sino también el patio de butacas, se convertía en formidable palestra donde evolucionaban tropas, se ejecutaban asaltos, se pasaban vistosas revistas militares, sonaban fanfarrias, arcabuzazos, bombardas, se ejecutaban matanzas, ondeaban flámulas y gallardetes, representando todo ello, con técnica que buscaba pintar al vivo y del modo más real posible, los lances más espectaculares, sin escamotear los medios para lograrlo. A todo lo largo del último cuarto del siglo XVIII se sucederá en los escenarios, siempre con éxito del público, el ciclo de teatro de batallas, comedias heroicas o comedias militares (...)»
La difusión de estas comedias fue amplia, ya que se aumentó la impresión en pequeños libretos que se vendían por toda España, pudiendo influir de manera importante en la morfología de las fiestas de Moros y Cristianos.
Para concluir en este punto, diremos que, al igual que en las Embajadas, bajo la dualidad moro-cristiana aparecen los valores del heroísmo, patriotismo, religiosidad y fidelidad frente a las traiciones y engaños. Recuérdese el «Don Sancho García» de Cadalso, «La Condesa de Castilla» de Nicasio Álvarez Cienfuegos, o «La viuda de Castilla» de Martínez de la Sosa, que son variaciones del tema de don Sancho; o también «Pelayo» de Jovellanos, basado en el mismo asunto histórico que «Homersinda» de Moratín, como «Pelayo» de Quintana; o también el tema muy desarrollado de Guzmán el Bueno. Temática con valores sociológicos que se acentuarán durante el siglo XIX en la vida cotidiana de los españoles, valoraciones sociológicas que analizaremos en el siguiente apartado.
El contexto histórico durante la creación de las Embajadas y su reflejo en los textos.
Se ha acusado muchas veces a las fiestas de Moros y Cristianos de estar cargadas de anacronismos. Doménech Lloréns hacía incluso una clasificación muy particular de ellos dividiéndolos en pasables, tolerables y rechazables; pero este autor ponía el dedo en la llaga sabiendo muy bien que algunos eran producto de una época determinada. Si exigiéramos a las fiestas de Moros y Cristianos una fidelidad histórica exclusivamente con la Baja Edad Media, muchas cosas se nos quedarían fuera. No es mi deseo establecer esta concretización exquisita y estricta con el compromiso histórico de la Reconquista, sino exprimir y aprovechar los valores históricos de la fiesta en todos sus sentidos y hablar, sí, de esa eterna Reconquista que España asumió contra musulmanes, franceses, americanos y hasta con los mismos españoles. ¿Acaso estos valores no son producto de nuestra historia?
En el caso concreto de nuestro estudio, las Embajadas presentan ciertamente anacronismos con respecto a la dominación musulmana y Reconquista. Sin embargo, si nos detenemos en ellas y las observamos críticamente nos ofrecen importantes datos sociológicos en relación a la época en la que fueron escritas, de ahí su interés también histórico.
Las Embajadas han venido evolucionando desde los juegos de cañas y las danzas hasta las actuales con textos prácticamente basados en las comedias de moros y cristianos, pasando anteriormente por las simples luchas sin mediar palabra alguna. En estas manifestaciones siempre aparecen dos bandos enfrentados sobre el binomio del bien y el mal, bandos enfrentados y estrictamente definidos. Desde este prisma, las fiestas de Moros y Cristianos serían ya no la rememoración del apogeo y decaimiento de al-Andalus, sino la continuación del conflicto entre el bien y el mal vestidos de diferentes formas.
En general, los textos más antiguos de Embajadas que se conocen datan aproximadamente de mediados y último cuarto del pasado siglo, lo cual no limita a que anteriormente existieran otros que por su carácter popular se nos han perdido. En estos textos se observa una estructura común: parlamento moro y toma del castillo y después el parlamento cristiano y reconquista de la plaza; y vienen a ser como dos largos monólogos interrumpidos por diálogos breves, contrapuestos y altaneros. Diálogos donde se refleja un claro antiislamismo a la vez que un desconocimiento de lo musulmán, pues muchas veces se odia lo que se desconoce, que viene a metamorfizarse en definitiva en un enfrentamiento contra el invasor, en una demostración de patriotismo, religiosidad y heroísmo contra cualquier elemento enemigo. El contexto político y cultural del siglo XIX va a ser propicio para el desarrollo de esta dualidad, con lo que el tema moro-cristiano va a trascender las barreras de la Edad Media y se va a universalizar en un enfrentamiento con concepciones más amplias.
La guerra de la Independencia acentuó este binomio y dio más sentido a la expresión de nuestras fiestas al revivir el mito del español invencible. El francés también ha sido y es producto de la xenofobia española y adquiere, sobre todo con su paseo por España, los mismos atributos y epítetos descalificantes que tenían los moros: infieles, enemigos del trono, traidores, etc. Sería necesario perfeccionarse en estos aspectos y analizar esta conceptualización general y encasillamiento idéntico que se hace contra todo elemento invasor a todos los niveles. Por ejemplo, en el aspecto artístico me llamó la atención un cuadro del Museo de Bellas Artes de Manresa. El pintor, cuyo nombre no recuerdo, representaba en el lienzo la Batalla del Bruch contra las tropas francesas y lo que me sorprendió fue que todo el conjunto se encontraba retratado bajo la protección de la Virgen Inmaculada y el apoyo de San Mauricio y San Ignacio de Loyola, copatrones de la ciudad de Manresa. Aparecía la colaboración divina frente a los «infieles» invasores. Así pues, podemos ver la repetición de esquemas.
No obstante, si bien la guerra de la Independencia va a marcar el sentimiento patrio del español y éste se puede ver reflejado en las Embajadas, recordemos que en algunas se nombra a los mamelucos, lo que va a acentuar y producir la definitiva gestación de la morofobia nacional, que hemos analizado anteriormente para mayores conexiones y repercusiones en las manifestaciones festeras de moros y cristianos, fue la guerra de África.
Desde 1843 a 1859 los litigios entre España y Marruecos fueron bastante frecuentes. España, por una parte, quería conservar sus derechos tradicionales en el territorio y más tarde comerse el pequeño trozo del pastel africano que le tocara en el despacho europeo donde se parceló el humillante reparto colonial. En 1843 se produce la ocupación de Ceuta por los moros y el Bajá de Tánger prometió devolver la plaza, sin embargo no lo hizo, sino que al año siguiente, concretamente el 11 de marzo, atacan Melilla; y ya en octubre de 1859 se produce de forma definitiva la declaración de guerra. Esta guerra africana va a crear el sentimiento —o va a acentuarlo— de odio contra lo moro.
Los sentimientos provocados por los acontecimientos políticos se reflejaron en todas las expresiones culturales de la época. Nuestras Embajadas participan de esta disciplina y muchos de sus caracteres coinciden, volviendo al teatro del siglo XVIII, con los planteados en las obras de Cadalso, los Moratín, Jovellanos, etc., que ahora durante el XIX los sucesos políticos se encargarán de alimentar en los valores sociológicos que presentan. Así sucede con el nacionalismo y el patriotismo, siendo una constante común.
Los borbones, desde su problemática instalación en España, sostuvieron siempre con esquemas franceses una tendencia centralizadora. Valores como el patriotismo fueron explotados tanto en la vida pública como en la vida política. Los dramas del XVIII sirvieron para exaltar virtudes propias de un buen patriota. Así, se presentaban como modelos a seguir la heroicidad, la fidelidad y el sacrificio por la patria y el rey. Estos dramas actuaban como instrumentos de propaganda intentando resucitar el instinto heroico de nuestros antepasados. El «Pelayo» de Quintana se cierra con estas frases que muy bien podrían aparecer en el texto de unas Embajadas:

«Muerto el tirano veis: ya no hay reposo;
siglos y siglos duren las contiendas;
y si un pueblo insolente allá algún día
al carro del triunfo atar intenta
la nación que hoy libramos, nuestros nietos
su independencia así fuertes defiendan,
y la alta gloria y libertad de España
con vuestro heroico ejemplo eternas sean».

Esquemas ideológicos como el que aparece en «Pelayo» de Quintana van a mantenerse con más motivo y mayor interés durante el siglo XIX. El heroísmo español, acentuado, como comentábamos anteriormente, con la guerra de la Independencia, va a ir creciendo por conveniencia de la monarquía y políticos hasta llegar a la cumbre de la soberbia nacional colapsada en el 98. Recordemos que en el siglo XIX, en 1833, se realiza la configuración de España por provincias centralizadas, siendo este hecho para la época un acto de progresismo.

La guerra de Marruecos (1859), la llamada del Pacífico para darle mayor pomposidad (1861), la de Méjico (1861), etc., fueron campañas de propaganda patriótica a pesar de nuestro mal preparado ejército. España vivía entonces un frívolo optimismo oficial que propiciaba el fácil patriotismo callejero, sólo se salvaba la intelligentsia. En este ambiente nacieron nuestras Embajadas y se sentían totalmente respaldadas por el fervor popular. Otra vez los mismos esquemas se repetían y se engañó a un país entero. Se decía incluso, antes del desastre de octubre de 1898, que nuestros navíos iban protegidos por Dios frente a los americanos abandona-dos de la protección celestial. El quijotismo español rompió sus lanzas y se desmoronó el invento; la ayuda divina que decían no sirvió frente a la ya más desarrollada técnica bélica de los Estados Unidos. Allí se hundía la España antigua, casi parodiando una frase de Costa: «La España antigua está muerta» Heroísmo, patriotismo, religiosidad entraban en crisis y morían con la España que los había creado.
He querido resumir algunos aspectos principales de la historia política del siglo XIX, en el sentido de ver la posible determinación que haya podido influir en los textos de las Embajadas. No obstante, hay que tener cuidado y no cerrarse en rotundas afirmaciones. Así, sería absurdo considerar que los acontecimientos narrados fueron el origen de éstas. Ya hemos precisado anteriormente la constancia de los duelos entre el bien y el mal desde los orígenes de la humanidad. Antes del XIX ya se reflejaba en las fiestas de Moros y Cristianos como hemos analizado, por supuesto condicionados por otros asuntos socio-políticos. Sirva como ejemplo también la importancia de nuestras fiestas en Hispanoamérica, a donde fueron trasplantadas por los colonizadores para inculcar determinados valores religiosos y políticos a los indígenas, con el fin de concienciarlos de su esencia hispánica, así como de la valía de lo cristiano.
El objetivo de las fiestas, y concretamente el de las Embajadas, era inmortalizar antiguas gestas heroicas para catequizar e instruir en sentimientos patrios al pueblo; de ahí que durante la dictadura o caudillaje franquista estos textos tomaran mucho más sentido y fueran de la aprobación estatal. Influyó también la guerra de Marruecos en nuestro siglo XX. El culto al héroe libertador, la fe y el amor a la patria son los fundamentos temáticos de las Embajadas; fundamentos temáticos que han venido amoldándose con mayor o menor comodidad en función de nuestra situación política.
Como conclusión a este punto, podríamos apuntar que el enfrentamiento del bien y el mal que escenificamos mediante los personajes del moro y cristiano se presiente, como vimos en el apartado de la morofobia nacional, desde incluso antes de la expulsión de los moriscos. Posiblemente sea desde 1085, con la toma de Toledo por Alfonso VI y la intervención almorávide, como primera consecuencia. Hemos de pensar en el papel «educador» y catequizador de estas representaciones, de ahí que no hay ningún inconveniente en proponer que antes de 1609 se produjeran manifestaciones de Moros y Cristianos para revelar a los moriscos, teóricamente conversos desde 1502, con la pragmática fernandina, la fuerza del cristiano ayudado por el verdadero Dios y los santos y así recordarles también el escarmiento que sufrieron sus correligionarios. La amenaza turca y berberisca una vez concluida la Reconquista, el miedo al peligro morisco como quinta columna del amenazante Islam y la propaganda de la Inquisición dará más sentido al binomio, así como la expulsión de los moriscos en 1609 proporcionará mayor libertad de expresión a estas manifestaciones sin peligro de herir sensibilidades. Posteriormente, nuestras relaciones con África aumentarán la xenofobia, sin olvidar, pero creo que no tan determinante, las repercusiones de la guerra de la Independencia, que sí dieron más fuerza a los valores patrióticos del pueblo español frente a todo elemento invasor.
El acto de la conversión y los problemas teológicos entre el Islam y el cristianismo.
Si bien en las Embajadas se manifiestan los sentimientos patrióticos, heroicos, es decir, los de interés político, es en el acto de la conversión donde exclusivamente los valores serán religiosos, y nada importa la sensibilidad religiosa del bando opuesto al cristiano, pues siempre será presentado como infiel en todos sus aspectos sin echar mano a consideraciones teológicas ni preocupaciones filosóficas, pues de lo que se trata al fin y al cabo es de sostenerse puramente en el enfrentamiento cerrado entre el bien y el mal hasta la total victoria. El acto de la conversión del musulmán al cristianismo, o mejor sería decir del infiel al cristianismo, es en definitiva la victoria a lo interior, la sumisión ya no sólo política, sino también cultural e intelectual del vencido al victorioso.
En este apartado mi objetivo es demostrar que el tema más comúnmente utilizado en los textos de las Conversiones en las fiestas de Moros y Cristianos puede confundirnos en consideraciones no ciertas sobre el Islam y sus fundamentos coránicos. También plantear su posible justificación o el origen temático de estos textos.
El tema que se representa en la generalidad de nuestras conversiones, es el que versa sobre la virginidad de María, tema muy propio sobre todo en los lugares donde la patrona es la justificación religiosa de la fiesta. El moro, ya vencido y sorprendido por la victoria cristiana, está dispuesto a renegar del Islam, pero duda sobre la pureza de la Virgen. El cristiano le convence utilizando la popular y sencilla comparación del cristal por el que entra y sale la luz sin romperlo.
Si analizamos este aspecto consultando «El Corán» y profundizamos en la relación entre María y el Islam, fácilmente nos damos cuenta que el tema de nuestras Conversiones no se aproxima a la realidad, ya que el libro revelado cuando habla de la Anunciación a María y del parto de Isa (Jesús) defiende la virginidad contra las calumnias de los judíos:
Azora III, 42/47: «Ella dijo: Señor mío: ¿cómo tendré un hijo si no me ha tocado ningún mortal?» «Él dijo: Dios crea lo que quiere. Cuando decreta algo, dice ¡Sé! y es».
No sólo reconoce «El Corán» la virginidad de María, sino también su nacimiento sin pecado, como el de Jesús. La base teológica para apoyar estas teorías desde una visión islámica está en la fuerza y poder de Alá que puede alterar a su placer las leyes naturales. Pero en el mundo musulmán también se encuentran comentarios mucho más populares referentes al tema de la pureza de María, comentarios a tener el mismo esquema que nuestras Conversiones. José tomaría el papel del «infiel» y María tiene que convencerle del poder de Dios, capaz de hacer excepciones en la naturaleza. Los ejemplos utilizados por la Virgen cabrían muy bien en el contexto de las Conversiones. Así, At-Tabarí nos cuenta la duda de José. María le responde y convence diciendo que lo que Dios ha hecho con ella es igual a lo que hizo con el trigo que creció sin semilla o los árboles que crecieron sin agua, así como creó a Adán y a su mujer sin necesidad de padre y madre. José, entonces, comprende que lo que le ocurrió a María era una volición divina.
La aceptación de María por los musulmanes no se queda en el ámbito exclusivamente religioso, sino que trasciende incluso hasta la superstición popular. Así, la aparición en sueños de la madre de Jesús a una embarazada es premonición de buena suerte y de que el hijo será inteligente. En este aspecto y para apoyar la importancia del papel de María en el Islam vale recordar un Mawlid de 1409 (panegérico en honor de Mahoma) del poeta turco Sulayman Celebi, donde cuenta que Amina, la madre del profeta, recibió varias visiones positivas en la noche del parto. Una de ellas fue la aparición en sueños de tres mujeres de las cuales una «era claramente María, la señora», de ahí que exista cierto culto popular entre los musulmanes hacia María, sobre todo las mujeres, ya sea por verdadero sentimiento religioso o simplemente por superstición popular.
No obstante, existe un grupo de musulmanes que piensan que si bien creen en la concepción virginal en María, no creen en el nacimiento milagroso de Cristo, de ahí que María perdiera su virginidad en el parto naturalmente. Desde este punto de vista, sí que podríamos encontrar sentido al tema de nuestras conversiones, es decir, en la negación de la virginidad de María, pero «post partum». Antecedentes histórico-literarios sobre este tema concreto los encontramos en la obra dictada de Ignacio de Loyola, donde se escribe: «Pues, yendo por su camino, le alcanzó un moro, caballero en un mulo; y yendo hablando los dos, vinieron a hablar en Nuestra Señora; y el moro decía que bien le parecía a él la Virgen haber concebido sin hombre; más el parir quedando virgen no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían».
Este texto pudo influir en las Conversiones o posiblemente el tema fuese muy popular y extendido. De todas formas las conexiones son evidentes.
Estos fundamentos creo que son suficientes para demostrar la dificultad del tema de las Conversiones. Considero que la discusión sobre la pureza de María es un tema arriesgado, aunque popular, para el contexto dual musulmán-cristiano. Tendrían más base teológica los temas de la Trinidad o el de la divinidad de Jesús.
Con respecto a la divinidad de Jesús, los musulmanes sí disienten de los cristianos. Para los musulmanes, Jesús no es Dios, ni siquiera Hijo de Dios, es simplemente un enviado. Los seguidores de Mahoma hablan de Jesús como profeta, como un siervo de Alá. Dios no tiene igual. Todo esto hay que entenderlo en la obsesión islámica por la unicidad de Dios. Al mismo tiempo, también se niega la muerte de Cristo en la cruz, símbolo importantísimo para los cristianos. También el tema de la Trinidad tropieza con la creencia islámica en la exclusiva e intachable unicidad divina. Recordemos el dogma islámico principal: «No hay más Dios que Dios...». Sobre esta idea, para el Islam la Trinidad es una aproximación equívoca a la verdad. Pero el tema es más complejo, al igual que puede serlo dentro del cristianismo, ya que la Trinidad que niega Mahoma es la de Alá, Jesús y María teoría-producto de una mariolatría de la época. «La condena coránica —dice Vernet— del dogma de la Trinidad no se refiere al dogma tal y como lo conciben los católicos, sino a la de alguna secta existente en aquella época que debió caer en una mariolatría».
Estos temas más conflictivos podrían ser más explotados de cara a la creación de nuevas Conversiones. No obstante, el tema de la virginidad, más extendido, también se amolda, pero debemos tener en cuenta las apreciaciones teológicas y populares que hemos fijado.
Extraído de la Revista Villena de 1986

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