1987 LA MUJER Y LA FIESTA VILLENENSE

LA MUJER Y LA FIESTA VILLENENSE. Por Alfredo Rojas.
Uno de los más importantes problemas que la Fiesta de Moros y Cristianos villenense tiene planteados, es el de la presencia activa de la mujer en ella. Se han proferido muchas y diversas opiniones acerca de esta cuestión; y yo voy a exponer la mía, que no tiene más valor que el de un punto de vista personal más, tan discutible como cualquier otro. Se extienden también mis manifestaciones a intentar rebatir algunos tópicos que se han repetido muchas veces alrededor de este asunto y que considero erróneos.
Yo pronuncié una conferencia, con este mismo tema, hace tres o cuatro años. Verdad es que este género oral posee dos características inherentes: la primera es que de lo dicho no queda testimonio, y pasado algún tiempo queda todo olvidado; la otra es que las conferencias sólo son oídas por muy pocas personas. Los alegatos escritos o impresos, por el contrario, están al alcance de muchos lectores, y de ni siquiera una tilde puede desdecirse el autor por mucho tiempo que haya transcurrido. En este sentido, arrostraré el compromiso que ello comporta sobre un tema que tan apasionados comentarios ha despertado en nuestra ciudad.
En primer lugar, haré una afirmación que considero necesaria: no acepto ninguna razón que justifique privilegios para el hombre en detrimento de la mujer; ni en la Fiesta, ni en ningún otro aspecto.     
En realidad, sólo se justifica un tratamiento especial en razón del sexo en contadísimas excepciones; por ejemplo, en el caso de la mujer lactante o gestante.

Pero ciñámonos ya a la concreta cuestión que nos importa ahora: ¿Debe participar la mujer en la Fiesta de Moros y Cristianos de la misma forma en que lo hace el varón?
Sí y no, digo yo; y trataré de explicar esta confusa respuesta que aparente-mente contradice la apriorística afirmación anterior. Si la Fiesta constituye una fiel representación de los hechos históricos del medievo; si se intenta revivir los episodios que protagonizaron moros y cristianos; si se desea conmemorar el pasado como se hace en muchos países europeos en diversas representaciones medievales buscando la mayor fidelidad, la mujer debe actuar en esta representación desempeñando el cometido que entonces tenía, que era muy reducido o secundario. Ilustraré este parecer con un ejemplo: Si se intenta rememorar el descubrimiento de América con el mayor rigor, y se escenifica el desembarco, sólo podrán intervenir hombres en la representación. Se faltaría a la realidad si fueran mujeres las que ¬descendieran de las fingidas carabelas, porque ninguna iba en ellas.
Por el contrario, si la Fiesta es la manifestación de la alegría de todo un pueblo; si intervienen sin limitación todos los que desean hacerlo; si se busca a través de ella evadirse de la prosa cotidiana, de las férreas cadenas sociales; si tan Fiesta es bajo el prisma de los Moros y Cristianos como bajo cualquier otro; si la escenografía ritual no es más que el pretexto para el júbilo común, en fin, no existe ninguna razón para impedir que la mujer tome parte en esa Fiesta y se divierta como el hombre, aspiración que he oído no pocas veces exteriorizar a muchas mujeres villenenses. Curiosamente, no he sido otra; cuando los factores que llevan al hombre a participar son diversos, los de las mujeres a las que he escuchado manifestarse responden siempre a éste. Pero ello, aparte de ser legítimo, es cuestión que prefiero eludir hoy.
No cabe duda de que la Fiesta de Villena responde a la segunda descripción, y aún pudiéramos añadir en nuestra celebración aspectos que justifican todavía más la presencia indiscriminada de ambos sexos en ella. También, en beneficio de esa misma Fiesta, desisto de enumerar los aspectos a que me refiero.
Haré ahora algunas observaciones sobre determinados lugares comunes repetidos en apoyo de la presencia de la mujer en la Fiesta de los cuales disiento, bien que lo haga con el natural respeto que procuro siempre adoptar para con las opiniones ajenas. Esto no cambia mi parecer acerca de los derechos femeninos. Trato, solamente, de manifestar mi opinión sobre argumentaciones que considero equivocadas, aunque no ocurra así con la posición final que defienden.
Se ha esgrimido la Constitución, y la igualdad de derechos que establece, como argumento decisivo para justificar la presencia de la mujer en la Fiesta. Yo tengo la tal vez peregrina teoría de que se ha idealizado la Constitución en muchas ocasiones a lo largo y ancho de nuestro país. Esta ley de leyes, como se la suele denominar, no es más que un texto político-social de la nación, efectivamente, pero nada más. La mujer debe tener los mismos derechos que el hombre por factores que son superiores a las leyes. Todos tenemos una naturaleza común, y su consecuencia es una normativa universal; lo que se ha venido a llamar el derecho natural. O dicho de otra forma, un innato, natural y permanente sentido de la justicia que está por encima de cualquier otro factor. Reclamar el derecho de la mujer a equipararse al hombre porque existe una ley que lo determina así, es aceptar que la ausencia de la ley en cuestión debilitaría la situación femenina. O sea, apoyarse en la Constitución, la ausencia de la cual hemos padecido durante casi cuarenta años, para justificar que la mujer debe participar en la Fiesta, es aceptar que en la pasada década no debía hacerlo. O que tendría que abandonarla si graves acontecimientos llevaran al gobierno a suspenderla temporalmente. Este factor, pues, solo tiene un valor secundario u ocasional.
De otra parte existe un error, muy extendido entre las mujeres que desean integrarse en la Fiesta villenense, y entre quienes consideran que en rigor debe ser así. El de que su indiscutible derecho a participar en ella, sin que exista ninguna diferencia por cuestión de sexo, obligue a los hombres a admitirlas junto a ellos en su Comparsa. Manifestarme así parece un contrasentido; pero no lo es. Intentaré explicarme.
Los miembros de una Comparsa determinada tienen perfecto derecho a rechazar la presencia de las mujeres en ella. Y esto es pura democracia. Cualquier grupo puede constituirse en asociación con las reservas o salvedades que estime convenientes. Inglaterra es la cuna de las libertades, porque si bien la democracia la estableció Pericles en Grecia, era una democracia muy especial; había en ella esclavos, que más tarde justificarían Platón y Aristóteles como algo perfectamente natural. Pues bien: en Inglaterra hay clubs compuestos por hombres donde jamás ha entrado una mujer; sociedades formadas únicamente por solteros, o por cojos, o por personas que creen firmemente que la tierra es plana. Proliferan allí las asociaciones más peregrinas sin que nadie de los que están excluidos de ellas llame a la puerta con un texto legal en la mano, o manifestándose en nombre de la justicia para obligar a que lo admitan. Lo que sí puede hacer cualquiera es crear otra asociación, parecida o distinta, exigir los derechos que tienen las demás y determinar, conforme al criterio de sus componentes, todas las limitaciones o exclusiones que el conjunto de asociados establezca.
Una Junta Central, un Ayuntamiento, o cualquier poder público, no puede obligar a unas personas a que acepten compañeros que no desean. Lo que sí pueden y deben hacer es garantizar que aquellas Comparsas que así lo prefieran, puedan admitir mujeres en sus filas. Y que mujeres solas, hombres solos o mujeres y hombres, puedan constituirse en Asociación, actuar como otras asociaciones similares y disfrutar de todos los derechos que posean aquellas que ya están establecidas.
Hay un pueblo valenciano, Ollería, donde existen Comparsas mixtas de mujeres y hombres, y asimismo de mujeres solas. Estas, las constituidas por mujeres únicamente, funcionan perfectamente, e incluso tienen su presidenta, su secretaria y su cajera, como es natural. Y parece ser que no se le ocurre a ningún hombre llamar a la puerta de estas Comparsas femeninas exigiendo que se le admita integrarse en ellas. La actitud correcta, legal y natural es solicitar su ingreso en otra que lo acepte o crear una nueva.
Intento decir, con estas argumentaciones, que las Comparsas son soberanas a la hora de decidir si admiten o no mujeres en sus filas. Ni siquiera la Junta Central tiene potestad para determinar lo que debe hacer una asociación independiente en éste o en otros muchos sentidos. El supremo argumento en este aspecto es el de que los socios de una Comparsa son soberanos a la hora de tomar decisiones en lo que sólo a ellos afecta. Está claro, no obstante, que lo que no pueden impedir es que esas mujeres, u otros hombres, tomen parte en la Fiesta, bien en otras Comparsas o en las que se creen.
Es evidente, para mí al menos, que alguien, cualquiera que sea su sexo, tiene total derecho a participar en la Fiesta villenense, que no es de un grupo determinado, sino, muy al contrario, una herencia común. Pero no por ello puede imponer su presencia a determinado grupo si la totalidad o la mayoría de sus componentes no la desean. Podemos enjuiciar esta actitud como creamos conveniente; pero tienen perfecto derecho a adoptarla.
Hemos de reconocer, y esto es obvio, que la mujer ha sido la eterna sojuzgada a lo largo de la historia y todavía sigue siéndolo, bien que en menor medida. Aún ha de luchar mucho para desterrar esta actitud en los hombres e incluso en buena parte de las mismas mujeres. Espe-remos que algún día se llegue a verla no como a un distinto sexo al que hay que extender los derechos masculinos, sino como a un ser humano, simplemente. Y que todos, mujeres y hombres, sean no iguales, que no lo son, afortunadamente, sino igualmente considerados a todos los efectos, sin que el sexo cuente entre ellos a la hora de establecer diferencias.
Extraído de la Revista Villena de 1987

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