1928 EL HOMBRE QUE ENTRÓ EN EL CIELO

EL HOMBRE QUE ENTRÓ EN EL CIELO por José Menor Hernández Ilustración de su hijo JOSÉ.
SON las cuatro de la tarde del día cinco de Septiembre; una compacta muchedumbre, ávida de presenciar el hermoso espectáculo de la entrada de las comparsas, invadirá la Corredera; pero nuestro hombre, truncada su vida por los desengaños y sinsabores, ha preferido quedarse en casa haciendo pleita, para aliviar en parte la difícil situación económica de su pobre hija y sus nietecillos y piensa en que luego cuando se haya apagado el bullicio y la algazara, irá a Santiago a postrarse de rodillas ante la Morenica, a pedirle protección y consuelo. Tiene un nieto (el mayorcico) que todas las noches se acuesta con él y con el fin de adormecerlo pronto, está cavilando un cuento que poco más o menos será como sigue:

Pos siñor dice que era un viyenero depura cepa, que dimpués de unas virgüelas que le pusieron el cuelpo como una criba, expiró antañazo tar día como er día cinco. Güeno; pos lo mesmo que en los otros cuentos, cuasi siempre se dice «anda que te anda» agora hemos de decir «güela que te güela»; polque era el esprítu de aquel hombre er que golaba y sarremontaba disca er Cielo; poro como en este mundo y en el otro, tó tié sus incomenientes, se encontró con que S. Pedro no lo dejaba pasar. Mira Antón, le decía; te conorgo; te cogen tós los pecaos capitales, desde la sobelbía, hasta la pereza qués el úrtimo; sé que a tu mujel le sortastes antañazo un mandrón que le rompistes la ansíca er cueyo.
—Eso jué de ira que me dió, pol que a los cuatro días de casá, se vistió de máscara y rebalsó con D. Ceberico; pol cierto que los pasteles que me trujo, se los eché ar burro y no los caté yo.
—Güeno, güeno; tamién sé que munchos bembriyos de los que fartaban en la Laúna, los chorabas tú, arrastrándote por las lindes disca hacelte espeyejaúras en er pecho; ná, ná; que no pasas, anque se empeñe quien sea.
—iHum! Si yamara V. a una Vilgen que yó sé, que está ahí drento, ya pasaría yo, ya.
—¿Cuála?
—La de las Vertudes.
—¿La Morenica?
—¿Tamién le yaman aquí en er cielo la Morenica?
—Tamién; y por cierto que debe de querel muncho a los de Viyena pol que cuando se reúne con las otras Vilgenes, se antusíasma hablando de su pueblo y de sus hijos los viyeneros.
—Pos mándele V. recao, y que sarga.
—Güeno hombre; la yamaremos.
Sale nuestra Morenica y envolviendo a nuestro hombre con una mirada más dulce y acariciadora que la de todas las madres terrenales juntas, le dijo a S. Pedro—Mira; saca la balanza de la justicia celestial, y pon en un platillo los pequeños pecados del tío Antón y en el otro la fe inquebrantable que me ha profesado siempre y que ha sabido inculcar a todos los suyos.
Y como quiera que el platillo de la fe del tío Antón se vino abajo con rapidez, la Morena Virgen le dijo al hombre de nuestro cuento.
—Pasa, hombre, que bien lo has ganado.
Extraído del periódico Villena Joven de septiembre de 1928 

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