1928 GRANDES DUQUES – CUENTO

GRANDES DUQUES – CUENTO
CHEMOYOSKIEFF, con los ojos arrasados en lágrimas besó a su hijo. Ha llegado la hora, pequeño Voyolusky, de que nos separemos. Probablemente ya jamás nos volveremos a ver. Esos hombres que en la capital quedan, son los que mataron a tu madre, los que me apresan hoy a mí, quizá también para que corra idéntica suerte. Mi herencia moral es un consejo y una exigencia: sé noble, sé honrado, pero venga a tus padres de tantas iniquidades. Aunque el Zar ya no existe, tú has de ser siempre—óyelo bien, siempre—defensor de la causa del Zar, porque de esa forma lo serás de la de tus padres. Emplea la fuerza, la astucia, tu prodigioso talento para vengarnos, pero, al recibir mí última caricia, te obligas a no cejar en el propósito que te exijo. Ahora, toma este pliego: es el otro testamento, es el legado de muchísimos millones, el prodigioso tesoro de los Grandes - Duques. Y, finalmente, toma este beso último, este beso agrio y frío de la muerte, esta caricia que fué la herencia que anteayer me dejó la boca cárdena de tu pobre madre.
Adiós para siempre, Voyolusky; adiós, hijo de mis entrañas.

El palacio inmenso de los Grandes-Duques está completamente abandonado. Los jardines suntuosos se han perdido y los muros están húmedos y obscuros. Sin embargo, el suntuoso palacio no está deshabitado. Ocurre que su dueño no sale jamás. Desde el día de la espantosa tragedia y del asalto soviético, Voyolusky, en efecto, vive en él, pero nadie ha visto al heredero de la más fabulosa fortuna. Se sabe que contrajo matrimonio con Dorina, una hebrea de su servidumbre. Todo el mundo está enterado del prodigioso talento de Voyolusky. Una inteligencia sobrehumana—por lo que tiene de Divina—poderosísima y avasalladora. Su trato, se dice que es por demás sugestivo. Los servidores del palacio cuentan y no acaban de las excelsas cualidades de su señor. Es, también, un gran músico, un hombre que domina extraordinariamente todos los instrumentos; algo, en fin, que no parece de la tierra.
Todo el pueblo, aún con las frías reservas con que mira a los defensores del antiguo Zar, siente vehementes deseos por conocer a Voyolusky; deseos malsanos, curiosos, de baja condición. Voyolusky no quiere satisfacerlos; jamás, jamás saldrá de su palacio.
El gran señor, sentado al piano, está interpretando una rapsodia. Junto a él está Dorina, alta, delgada, pálida—de una palidez amarillenta, —con unos ojos sombreados y una pupila verde, muy verde y muy hermosa; un pelo endrino, rizado, en agradable abandono. Mira de un modo penetrante a Voyolusky. ¡Qué feliz soy, Voyoluskyl ¡Si la Rusia actual supiera qué hombre tiene! Voyolusky, deja resbalar sus aristocráticos dedos por el marfil del teclado. El piano llora cuando se lo propone Voyolusky; jamás, jamás se ha propuesto hacerle reír; quiere dolor, quiere sentimiento, sabe encontrar el gozo de vivir entre las amarguras. El Gran Duque es un hombre selecto. De vez en cuando levanta sus ojos negros con tintes fuertes sombreados por la más intensa melancolía; los posa en un retrato que tiene colgado frente al piano; se recrea mirando, contemplando, después... hace una mueca con los labios y exclama: ¡no preocuparos; yo sabré cumplir con mi deber!—es el retrato de sus padres.—Luego, mira a Dorina cariñosa, tiernamente; se nubla su mirada al pensar en que no podrá ya perpetuar su apellido porque Dorina está enferma; y cuando la hebrea tiene un golpe de tos, tiembla todo él en una sacudida. Dorina está perdidamente tuberculosa.
Su mujer requiere aires puros para restaurar la salud. Habíase prometido Voyolusky no salir jamás del palacio, pero se sacrificó ante el imperativo de las circunstancias. Mandó arreglar el jardín y allí salían ambos a sentarse largos y prolongados ratos entre los arbustos. Dorina tosía, tosía siempre; eran sus golpes de tos martillazos dados en el corazón exquisitamente sensible de Voyolusky.
Unos cuantos, desde los alrededores del palacio, conocieron de vista al Gran-Duque y sintieron deseos de tratarle en persona y, era tal la fama, que poco después las verjas estaban repletas de un gentío inmenso que deseaba atisbar la presencia de los grandes señores. Voyolusky parecía vivir ajeno a estas impertinencias; en realidad estaba molesto, muy molesto al presenciar toda aquella muchedumbre entre cuyo grupo acaso se encontrarán los traidores asesinos, y a veces sonreía pensando: «ya me vengaré, la hora de mí revancha se va aproximando».
Voyolusky ha compuesto la obra más excelsa de filosofía y las más estupenda obra musical. Al
ejecutarla lloran todos cuantos en la casa la escuchan; llora Dorina, en cuyo homenaje la ha compuesto; llora, también, Voyolusky. Es el conjunto de toda una vida de dolores, resumido en las notas del piano; es la ejecución más prodigiosa que se ha conocido; es una síntesis de todo lo que hay de sensible en la vida. «La muerte y el dolor» ¡Tócalo Voyoluskyl—dice Dorina.—¡Vuelve a repetirlo una y mil veces!; quiero escucharlo mientras viva... Y un golpe de tos, seguido de un vómito, pone fin a la vida de Dorina, mientras las últimas notas suaves y melodiosas todavía suenan en el piano.
Todo el pueblo está congregado junto al palacio de los Grandes-Duques. La noche, despejada y limpia, es de las menos acosadas por los fríos siberianos. Todas las noches prolonga la velada Voyolusky, sentado ante el piano, hasta bien avanzadas las horas de la madrugada. Las multitudes transportadas a idílicas regiones escuchan desde los alrededores del jardín los exquisitos acordes de la composición. Es verdaderamente extraordinaria la admiración que todo el mundo siente hacía el insigne hombre. Y éste, ajeno a todo, completamente abstraído en el recuerdo de los que se fueron, toca sin descanso para verter el repleto cáliz de sus amarguras.
El balcón, abierto de par en par, deja escapar los sonidos armoniosos de las exquisitas melodías.
La obra cumbre del genial sabio está terminada. Es el libro de la salvación de Rusia. Ha publicado un capítulo en todos los periódicos y ha anunciado solemnemente la fecha en que dará pública lectura a todas sus obras y ejecutará para toda la población las producciones musicales. Promete ser, ese día, un verdadero acontecimiento para todos sus coterráneos.
¡Extraña rareza de sabio! —dicen las gentes— el gran Voyolusky que, hasta ahora, ha despreciado al género humano, va de pronto a presentarse ante él.
¡Algo extraordinario tiene que ocurrir; nadie debe desperdiciar esta ocasión que nos brinda la oportunidad!
Toda la Rusia, soviética y no soviética; la de todos los países y regiones está allí presente. Impone la aglomeración extraordinaria, arrolladora, de la nación más grande del mundo y acaso también de la más desventurada. Suenan las cinco de la tarde, la hora fijada para la ceremonia. Con aparato y ostentación se abre la verja del viejo palacio, por vez primera desde hacía muchos años. Voyolusky aparece en el balcón principal; va trajeado con el uniforme de Gran-Duque del Zar. Nadie protesta. Colocan una mesa y en ella los libros.
Intensamente pálido despliega los labios para decir, con una voz sonora y rotunda, nacida allá en el fondo del alma.
Primero: voy a interpretar «La muerte y el dolor,» compuesta por mí en memoria de mis padres inicuamente asesinados.
Momentos después sonaba el piano con lamentaciones sublimes, con quejidos ardorosos, como no había sonado jamás, al impulso de sus dedos, ahora nerviosos y vengadores. Nunca obra alguna hizo tanta mella en las multitudes; aplaudían frenéticas, entusiasmadas. ¡La salvación de Rusia! ¡La salvación de Rusia!, gritó una voz fuerte y desencajada.
Voyolusky exclamó: sólo, yo, podría salvarla; en este libro están dados los derroteros a seguir; pero no me aprovecha, mejor dicho, no le aprovecha al pueblo. Y con una tea encendida prendió fuego a aquellos papeles en presencia del mismo. La filosofía tampoco es útil..., y también la quemó. Y la obra musical, en la que viven jirones de mi corazón, está escrita para curar el alma; no sirve para quienes no la tienen y, vacilante, destruyó también la obra última, la obra compuesta por él y que tan sólo él sabía ejecutar.
Y, al contemplar la silenciosa depresión de las gentes, extrajo un revolver del bolsillo y dándose un tiro en la sien exclamó: ¡Queda contento, padre mío! Esta es la mayor venganza.
E. Onalós-Lednac
Extraído del periódico Villena Joven de septiembre de 1928

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