1988 SOBRE NUESTRAS FORMAS DE EXPRESIÓN

Sobre nuestras formas de expresión. Por Alfredo Rojas
Es evidente y notoria la diversidad de lenguas que existe en esta realidad geográfica que llamamos España; y utilizo el circunloquio porque no sé si otros términos más directos, como «nuestro país», o «nuestra nación», llevarán dudas al lector. Lenguas que se subdividen en dialectos y que se fragmentan en numerosas variantes que es posible apreciar a poco que se ahonde en ello.
Y a las diferencias que aparecen incluso dentro de cada unidad dialectal, se une el determinado bagaje léxico característico de ciertas poblaciones. La nuestra es un claro ejemplo de ello, pues las formas de expresión que empleamos constituyen una singular riqueza, debida, seguramente, a las diversas influencias recibidas a lo largo de la historia de la ciudad. En efecto, si bien el dialecto murciano, o «panocha», es la base fundamental de nuestras peculiaridades lingüísticas, es cierto también que los aragonesismos y el valenciano, principalmente, han dejado asimismo en ellas su huella evidente.
José María Soler García, en su inapreciable obra «Bibliografía de Villena y su partido judicial» (Alicante, 1958), relaciona los nombres y seudónimos de todos aquellos villenenses que, en periódicos y revistas locales, e incluso con el propósito de su representación escénica, hicieron «literatura dialectal», término que Soler utiliza. Los primeros testimonios que recoge la «Bibliografía» datan de 1883; y los autores, hasta 1957, son alrededor de cuarenta, cifra que no puede ser exacta porque los anónimos y seudónimos dificultan el establecimiento de una nómina concreta.

A este conjunto testimonial impreso, que, no obstante su importancia, constituye una débil muestra de todo un acervo lingüístico todavía vivo y pujante en nuestra ciudad, se une la valiosa obra «Estudio del habla de Villena y su comarca» (Alicante 1976), tesis doctoral del villenense Máximo Torreblanca Espinosa, que desde hace años desarrolla tareas de docente en EE.UU. Por otra parte, José María Soler está trabajando ya con vistas a la publicación de un vocabulario local, esperado por todos los villenenses con la expectación que justifica lo entrañable del tema y la indiscutible categoría del autor, que está recogiendo y clasificando datos sobre ello, pacientemente, a lo largo de toda su vida.
Conviene repetir una vez más que las particularidades lingüísticas de una población determinada nunca son exclusivas en la totalidad de sus vocablos. Muchos de éstos son comunes a una determinada zona; y suele suceder también que, en ocasiones, los paralelos o similitudes se encuentren, sorprendente mente, en poblaciones alejadas. Precisamente, uno de los objetivos que persiguen los lingüistas cuando se ocupan de este aspecto concreto, es el de situar claramente las peculiaridades, fijar sus límites geográficos, trazar el camino que, presumiblemente, han seguido los vocablos. Ello contribuye a desvelar las realidades idiomáticas históricas, las migraciones, el desarrollo de las estructuras sociales. La lengua es, así, otro documento valioso y esclarecedor de los que el historiador maneja en sus investigaciones.
Lamentablemente, las características dialectales de nuestra ciudad se baten en una retirada que, aunque lenta, es inexorable. Son muchas las razones que obran para que esto ocurra, aunque es decisiva entre ellas la influencia de los diversos medios de comunicación de que disfrutamos y en ocasiones padecemos. Y esta pérdida supone, lisa y llanamente, entre otras cosas, un empobrecimiento léxico; porque si bien los términos no castellanos que empleamos son, en ocasiones, una corrupción debida a la ignorancia, otras veces definen algo que el castellano necesita de una perífrasis para hacer inteligible, como es el caso del verbo escullar.
El estudio de Máximo Torreblanca lleva anejo un extenso vocabulario; y todavía lo va a ser más el que Soler está preparando, que incluso va a estar autorizado con citas de los autores que han empleado en sus escritos mu chas de las expresiones que Soler recoge. Así lo hizo también Justo García Soriano cuando en 1932 publicó su famoso «Vocabulario del dialecto murciano», cuyo examen nos asegura, por cierto, que, si bien es verdad que nuestras formas dialectales son las mismas que las del murciano, existen diferencias que establecen claramente nuestras singularidades. Y mi propósito hoy es llamar la atención no sobre los vocablos, sino acerca de otras expresiones típicas y hasta tópicas de nuestra ciudad como son las locuciones, las frases hechas, los modos adverbiales que constituyen en muchos casos verdaderas muestras de ingenio, descripciones felicísimas y fidelísimas de una situación o una idea a la vez que reflejos reveladores de una psicología determinada.
Yo he registrado y empleado muchas de estas frases, entidades léxicas autónomas de carácter generalizador, con la sorpresa de su certero valor expresivo. Por ejemplo, de alguien cuya capacidad visual estaba bastante mermada, me dijo un campesino villenense que «no veía ni tres curas en un montón de yeso». Claro está que cuando esta frase se le ocurrió a alguien, los curas llevaban todos la negra y severa sotana. De otro a quien se ha reconvenido de forma severa y contundente, se dice que «se ha llevado el zapatico a su medida». Ya se sabe que el que celebra con rumbo una señalada ocasión, «echa la burra por la ventana». Y todos hemos oído más de una vez la frase... «de postres, el cojo Selva», sin que nadie, hasta ahora, haya podido explicarme su significado o la razón de su empleo.
Algo irremediable, aunque a la vez esperado, suele apostillarse frecuentemente no con su lógica enunciación, sino con el tantas veces oído «ya está lo que era». De todos es sabido que los pequeños, y aun muchos mayores, suelen dar «más quehacer que un cochino suelto». De cosas o situaciones similares se suele decir que son «por un estilo», o «por un igual». Una angustiosa contingencia pondrá al que la sufra, figuradamente, «una bola en el galillo»; y una pesada y calurosa noche de verano llevará a decir, casi con seguridad, que «no corre un pelo de aire». Y resulta innecesario aclarar lo que significa «durar más que un jarro esportillao» o tener «arrancá de caballo y pará de burro».
Alguien inquieto, que se mueve sin cesar, recibirá el apelativo de «culo mal sosiego», trasunto del tan extendido en castellano «culo de mal asiento». En otro orden, algo que apenas se divisa despertará el comentario de que se ve «a malas penas», que sustituye al castellano «a duras penas», aunque con distinto matiz. El eufemismo «hacer el amor», tan ñoña e impropiamente utilizado hoy, ha sido siempre en Villena «hacer uso de matrimonio», no menos eufemístico. Lanzarse figurada e impulsivamente a algo, es «tirarse con alborgas y to». Hay muchos de los que se dice, irónicamente, que son buenos... «de pelar»; sin ironía, y con propiedad, se dirá de ellos que son «más bordes que la grama». Grama se llama en Villena a cierta hierba rebelde que suele rebrotar con una desesperante contumacia.
Se puede ser «más derecho que una vela», «más callao que un arciprés», «más tieso que un cojul», «más serio que un escobón» y «más malo que la carne de pescuezo». Se dirá de alguien que es «más alto que una pica»; pero puede que a su lado haya otro que «sea de alto como un perro echao». Y se puede ser, también, «más bruto que arrancao», «más tonto que alto», «más prieto que una piña», «más feo que pegarle a un padre» y «más basto que una cortina de cepas».
¿A qué seguir? Si fuera posible recoger todas las locuciones que suelen utilizarse, podía estar relacionándolas «hasta que san Juan acache el dedo». Porque el habla popular villenense está henchida de estos tópicos de valor sobreentendido, ingeniosos, gráficos, certeros. Aquí queda reflejada una muy pequeña parte de ellos; el espacio nos impide dar más. Tal vez un castizo villenero dirá, consolándose por no encontrar otros muchos, aquello de... «Algo es algo... ¡y chupaba caracoles vacíos!»
Extraído de la Revista Villena de 1988

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