1990 FLORES BLANCAS

 FLORES BLANCAS
La paz, que impregna mis delicados sentidos,
surge espontánea en cada momento a mi alrededor.
La contemplación de los sensuales contrastes de la arboleda,
que produce en mí una sutil motivación,
me lleva a asumir mis sensaciones de modo apacible
y a vibrar en un común deseo integrador,
que genera una imperiosa necesidad de moverme,
de andar y de captar las bellas imágenes.
Camino lentamente junto a las blancas paredes,
que se contornean, bien hacia la izquierda bien hacia la derecha.
La plaza se encuentra al final de la calle
y es bastante irregular, pero todas sus paredes son blancas.
Continúo andando y veo ascender el humo livianamente,
resalta el contraste entre el azul y el gris;
desde la ventana del bar observo el atardecer,
tras los marcos cuadrados de los cristales de la ventana.
Las ramas de los árboles del jardín del exterior
se interponen entre mi mirada y el paisaje.
Cuando de nuevo amanece con pujante claridad,
una frágil y divertida mariposa revolotea junto a mí,
parece un carro alado con todo su séquito;
tan bella que ya ni se mueve, está quieta. ¡Eterna!
Se diría que su vuelo trasciende los cánones estéticos.
¡Mírala, mírala! ¡Allá va la mariposa,
allá va la blanca, la marrón y rosa!
Su vida transcurre de acá para allá,
siempre en el aire, y pasa como un débil suspiro.
Su destino es efímero, delicado y pasajero,
y su espíritu errante, vagabundo y viajero,
la lleva en un viaje, pétalo a pétalo, fragante y floral.
Me gusta entretenerme observando lo que me rodea:
en la atmósfera lejana el viento arrastra las nubes grises;
percibo muy distintas sensaciones en un sólo momento,
y, así, al atardecer valiéndome de las cosas materializo poesía.
Me observo en contraste con el exterior,
lo que produce en mí una sensación dicotómica y complementaria:
no hallo, a la vez que totalmente inserto en el medio,
seguro en la apreciación de mí mismo,
quizás acercándome a la percepción más compleja y diferenciada.
El tiempo, concepto indefinido, condiciona al ser.
Tres luces blancas, que me recuerdan las cosas y su destino,
centellean a lo lejos, desde el olvido.
La noche observa un estricto y meticuloso silencio,
donde sólo se escucha el canto del cuco
de manera regular, monótona y equidistante.
Una bombilla eléctrica ilumina mi habitación,
afuera el valle se sume en la oscuridad
y siente una gran felicidad por las deducciones anteriores.
Entonces pienso en ella, en ella, siempre en ella,
y mi corazón se aleja de mí tras de una estrella.
Bartolomé Milán Ferrándiz 
Capileira 1985
Extraído de la Revista Villena de 1990

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