Que vuelva la Torre del Orejón. Fabiola Martínez Espinosa
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Que vuelva la torre.
No por la piedra sola,
ni por la silueta antigua recortada contra el cielo,
sino por todo aquello que guardó entre sus sombras:
los pasos de un pueblo,
las voces de generaciones enteras,
la memoria sencilla de la vida cotidiana.
Por ella cruzaron los vecinos de Villena
cuando los días eran largos de trabajo
y las tardes regresaban despacio a casa.
Por ella pasaron los niños persiguiendo sueños,
los jóvenes cargados de esperanza,
los mayores llevando en los ojos
la experiencia de los años.
La torre no era únicamente un lugar.
Era un encuentro.
Un umbral compartido.
Una presencia familiar que acompañaba el ir y venir de la vida,
como acompaña el campanario a la plaza
o la sombra de un árbol a quien descansa bajo sus ramas.
Cuántas conversaciones habrán quedado prendidas en sus piedras.
Cuántos saludos, despedidas y reencuentros.
Cuántas historias anónimas, pequeñas y hermosas,
tejieron su verdadera grandeza.
Por eso hoy la nombramos.
Porque los pueblos también tienen alma,
y el alma se construye con recuerdos,
con símbolos que nos unen,
Que vuelva la torre.
Que vuelva para abrazar otra vez la mirada de los vecinos.
Que vuelva a ocupar su sitio en la memoria visible de Villena.
Que vuelva no como una reliquia del pasado,
sino como un puente entre quienes fueron
y quienes aún están por llegar.
Porque hay ausencias que el tiempo no consigue borrar.
Y porque algunas piedras,
cuando pertenecen al corazón de un pueblo,
dejan de ser piedra para convertirse en memoria.
Que vuelva la torre.
Y que, al verla de nuevo alzarse en su lugar,
reconozcamos en ella algo más que una construcción antigua:
la dignidad de nuestra historia,
la belleza de nuestras raíces
y el latido de un pueblo que no quiere olvidar.
Fabiola Martínez Espinosa

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