Hay ventanas…
José Carlos Maluenda Rico
«Hay ventanas para mirar afuera y las hay para mirar hacia adentro.» Esta silabearla frase puede ser una metáfora con la intención de hacernos pensar, sobre todo si las murmura un sacerdote desde su inmaculado púlpito; aunque quizás pronunciadas por un monje budista nuestro raciocinio quedará más convencido de su doble sentido atendiendo sólo el hecho de la antigüedad de una y otra religión.
Pero si quiere averiguar el verdadero significado del encomillado párrafo, tan sólo tiene que seguir leyendo y descubriendo en esta corta y bonita historia que comienza así:
Un niño de diez años, por nombre José, estaba harto de dibujar casas, colorear árboles y soles y construir con las piezas de su juego mecano barcos, animales, etc. Quería dejar de hacer cosas de niños y hacer cosas interesantes como las observadas a los mayores.
En su barrio, cerca de su casa, había un carpintero que día tras día con su trabajo y sus herramientas construía muebles y enseres que los conciudadanos le encargaban. El carpintero, hombre maduro de agradable trato era amigo suyo y le encantaba que de vez en cuando fuera a visitarlo; charlaban y se entretenían; José preguntando como un jilguero por qué a esa silla le faltaba un respaldo, por qué esa mesa estaba prensada con gatos, por qué esa tabla era tan grande... y el carpintero contestando para complacerlo de tanta curiosidad. A José le gustaba mucho tocar y oler el serrín y el ruido y los golpes de su amigo mientras trabajaba. Y beber de un botijo que se oreaba colgado de un gancho en la pared más fresca de la carpintería.
El día siguiente a su pensamiento de querer dejar de hacer cosas de niños, fue a la carpintería y le dijo al carpintero: quiero hacer una casa de madera de mi tamaño para poder llevarla a la buhardilla de mi casa y jugar en ella. Enséñame tú a hacerla y no me costará nada, así aprenderé un poco qué es ser carpintero.
De acuerdo, le contestó su amigo a tanta confianza depositada en él, a partir de mañana te espero después del colegio para que poco a poco vayas aprendiendo cómo se clava un clavo o cómo se sierra una madera. Salió a casa pletórico de ilusión, convencido de su buena suerte y de que en el mundo no existía nada que no estuviera bien.
Su madre y su padre no sabrían nada. José quería guardar la sorpresa hasta que la casa estuviera acabada y la evidencia de su capacidad impidiera que no le dejaran quedarse con ella como un estorbo más.
Al día siguiente, cuando llegó a la carpintería, acabado el colegio, su amigo ya tenía preparadas en un rincón, las maderas que había desechado para su trabajo ese día, pero que servirían para que José so fuera familiarizando con algunas herramientas y con la precisión necesaria con que la madera tiene que ser tratada para que se pueda alcanzar el fin para el que se prepara. Estuvo una semana aprendiendo lo necesario para empezar a construir su particular casa.
Progresivamente y día tras día construyeron primero el armazón, colocaron las paredes y cuando iban a cerrar con el tejado, fue cuando se le ocurrió a José decirle a su amigo que no se le olvidaran las ventanas y su amigo carpintero le dijo hay ventanas para mirar a fuera y las hay para mirar hacia dentro ¿Cómo las quieres?, y él dijo que una de cada manera para verlo todo. Como José quedó pensativo, su amigo carpintero le contestó que el secreto está en las bisagras; unas se colocan hacia fuera, para que abran hacia dentro, y otras dentro para que abran hacia fuera.
A Simón.
Extraído de la Revista Villena de 1998

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