LA TIENDA DE MATEO Y JOSEFA
Barrio San Francisco, Villena. Años 70 y 80.
Cuando acompañar a mamá a la tienda era toda una aventura.
No había que cruzar Villena. Solo bajar la calle. En el Barrio San Francisco, la tienda de Mateo y Josefa no era una tienda. Era su propia casa con la puerta siempre abierta.
No tenían horario. Tenían el horario puesto en la puerta, sí, pero todos sabíamos que si a las nueve de la noche se te había olvidado el aceite o la leche para el crío, llamabas y te abrían. Y sin mala cara. Con la misma bata y la misma sonrisa.
Mateo detrás del mostrador. Serio, de pocas palabras, pesando con esa báscula que hacía tilín. Y Josefa. La Bola. Así la llamábamos todos con cariño. De ojos claros y pelo corto, rápida, siempre atenta, con esa risa que se oía desde la calle.
—Bola, ¡ponme un litro de aceite y que me apunte el pan!
Y la Bola sacaba la libreta. La famosa libreta.
Aquella libreta de tapas azules donde no había números de cuenta, había nombres. Familias. Meses. "Paco el del tercero - 1.200 pesetas". "La mujer del fontanero - fiado hasta el día 10". Allí se apuntaba de fiado. Sin vergüenza. Sin intereses. Se iba pagando como se podía, cuando cobraba el marido, cuando llegaba la extra. Nadie se quedaba sin comer por no llevar dinero encima.
Aquello era más que compra y venta. Era el punto de encuentro.
Mientras mamá esperaba la vez, se contaba todo. Los chascarrillos del barrio. Quién se había casado, quién había discutido, si habían subido el butano. Y por la puerta entraba Don Fulgencio, el practicante, que igual te daba una receta para la tos que te contaba lo que le pasaba al niño del tercero y te dejaba más tranquila que el médico.
Nosotros, los críos, no escuchábamos. Nosotros estábamos a otra cosa.
Con la barbilla apoyada en el mostrador de madera, mirando los botes de cristal. Los caramelos de menta, las piruletas, las gomas de nata. El premio.
—Mamá, ¿me compras uno?
—Anda, luego, que estamos arreglando cuentas con Josefa.
Y esperábamos. Porque sabíamos que al final siempre caía algo. Aunque fuera un caramelo de dos pesetas envuelto en papel transparente. Salíamos de allí como si nos hubieran dado un premio gordo, agarrando la mano de mamá y el caramelo con la otra.
Y en verano llegaba lo mejor de La Bola. Organizaba los viajes a la playa.
Un autobús lleno. No un autobús turístico. Un autobús de vecinos. Con neveras, sombrillas, críos gritando, bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio y la radio a tope. Domingos enteros en San Juan o Benidorm. Todos los del barrio, con sus hijos, compartiendo cubo y pala. Convivencia de verdad. De la que ya no hay.
Pero los que crecimos en el San Francisco no se nos ha olvidado el olor a lejía y a pan recién traído, el sonido de la libreta al pasar la hoja y la voz de Josefa desde dentro: "¡Pasa, pasa, que estoy aquí!".
Porque una tienda de barrio no era donde ibas a comprar.
Era donde te fiaban sin conocerte del todo, donde te guardaban el sitio y donde aprendías que un negocio podía ser generoso.
¿Te acuerdas de ir con tu madre a la de Mateo y Josefa? ¿A ti también te apuntaban en la libreta?
Cuéntanoslo.
Villena 18 de octubre de 2026
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