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6 nov 2026

2026 EL RINCÓN DE VILLENA DONDE VIVE SOROLLA

El rincón de Villena donde vive Sorolla
Por Fabiola Martínez Espinosa

Hay un sitio en Villena donde la luz se queda a vivir.

No es el Castillo, aunque también. No es la plaza. Es un muro. Uno de esos muros de hormigón feos, de diez metros, de los que nadie se acuerda, el que salva el desnivel entre la calle Pintor Joaquín Sorolla y la calle Pablo Casals. El muro que sujetaba la tierra y ahora sujeta una historia.

Pasé por allí una mañana de estas de Villena en las que el sol no calienta, pega. Y me lo encontré mirándome.

En una cara, el retrato de Joaquín Sorolla y su firma, esa firma nerviosa de quien tiene prisa por seguir mirando. En la otra, El Pescador. Ese hombre que vuelve del mar con la luz a cuestas. Lo pintó Vicent Kaniz en noviembre de 2022. La Concejalía de Centro Histórico le dijo: tenemos este muro triste, ¿qué hacemos? Y él hizo lo que hacen los artistas cuando les dejan: convertir una contención en un abrazo. Fue su manera de adelantarse al Año Sorolla 2023, cuando se cumplían cien años de la muerte del valenciano.

Y aquí viene lo hermoso y lo raro.

Sorolla jamás pintó Villena. Nunca puso su caballete frente a la Atalaya. Pero si lo hubiera hecho, creo que habría entendido este pueblo a la primera.

Porque Villena, en el fondo, es muy Sorolla sin saberlo.

Sorolla no pintaba el mar. Pintaba la luz del mar. Y Villena, que no tiene mar, tiene algo que se le parece mucho: tiene esa luz imposible del altiplano, donde la meseta y el Mediterráneo se dan la mano sin tocarse. Es la luz del Vinalopó. No es blanda. No es amable. Es una luz blanca, seca, alta, que rebota contra todo. Que deja a la vista las arrugas y el polvo y la verdad.

Si Sorolla hubiera venido, habría subido a la Atalaya y habría visto temblar la cal viva. Habría entrado en una comparsa en plenas fiestas de Moros y Cristianos y se habría quedado hipnotizado con lo mismo que le hipnotizaba en Valencia: el bordado de oro, el turbante mal puesto de un niño, las manos de una madre ajustándolo. Habría visto a las vendimiadoras del Vinalopó y habría reconocido en ellas lo que tanto pintó: el trabajo, el sol en la nuca, el instante que parece eterno.

Villena es pintable a lo Sorolla porque Villena está hecha de instantes. Como sus cuadros.

Por eso quiero pediros algo.

Si sois de Villena, si vivís aquí, si pasáis por el Centro Histórico con la bolsa del pan o camino del trabajo, desviaos cinco minutos. No pongáis el GPS. Buscad el muro entre Pintor Joaquín Sorolla y Pablo Casals, ahí donde la calle se rompe en dos alturas.

Id a verlo. De verdad.

Poneos delante. No hace falta que entendáis de pintura. Solo mirad cómo la luz de Villena — esa luz nuestra, tan dura y tan bonita — cae ahora sobre un pescador que nunca pescó aquí, y sobre un pintor que nunca nos pintó, pero que de alguna manera siempre estuvo aquí, esperando.

A veces la cultura no está en los museos. Está conteniendo un desnivel entre dos calles.

Id. 
Villena, 6 de noviembre de 2026

4 nov 2026

2026 JUAN GARCÍA MARTÍNEZ "CIGARRO", HACIENDO REÍR A VILLENA DESDE LAS TABLAS

Juan García Martínez “Cigarro”, haciendo reír a Villena desde las tablas.
Por Fabiola Martínez Espinosa 
Hay gente que lleva el teatro en la sangre y gente que, como Juan García Martínez, se lo inoculó a los catorce años en un aula del colegio Salesianos y ya no pudo quitárselo. Era el Centro Juvenil, su monitor se llamaba Paco Picazo y pertenecía al grupo Perigallo. Medio en broma, medio en serio, les propuso montar un taller de expresión corporal. De aquel juego salió Cenital, una de esas compañías que marcaron el resurgir teatral villenense de los ochenta, con nombres como Juan Rubio, Juan Rodríguez “Yeclano”, Carmen, Luisa, Chimo, Paco Picazo y él. Allí empezó como actor, como todos, aprendiendo a caerse, a quedarse en blanco en mitad de una función de “Jojo” y salvarla con una voltereta, y poco a poco fue ocupándose de la puesta en escena, firmando montajes como “El Rabo” de Ruibal o “Abismo” de Belbel.
Pero si por algo le conoce todo Villena es por ser el alma de Caricato Teatro. En 1994, cuando en la ciudad florecían grupos por todas partes, dieciséis amigos decidieron lanzarse a la aventura y montar uno más. Estaban Carmen Ortega, María Luisa Torres, Pepi Oliva, Paco López, Pepe Micó, Chimo Ferrándiz, Juan Yeclano y Juan García Cigarro. Le pusieron Caricato porque caricato significa el bufón de la ópera y querían exactamente eso: un teatro fresco, golfo, ágil, donde cupiera todo.
Y todo acabó cabiendo. Treinta años después, Caricato ha estrenado 27 obras de gran formato y más de un centenar de piezas breves para sus míticos cafés-teatro, ha hecho convivir sobre el escenario a 43 músicos y 18 bailarines, y ha convertido la expresión corporal en su seña de identidad. Desde “Permiso, voy a improvisar un poco” en 1995 hasta “Felicidad no está en los mapas” en 2023, pasando por “Danza-escucha”, “Nuestra señora de las nubes”, “La historia de un hombrecillo de papel”, que él mismo adaptó de José Cañas, o los dos “Apaga y vámonos”, creados a partir de Tricicle y Vol Ras y que todavía recuerda con emoción por aquel doblete en la Casa de la Cultura y el Teatro Chapí con las entradas agotadas y el público en pie. Obras suyas, además, como “Maneras de vivir” o “Abrázame”, o adaptaciones como “Hablemos de sexo sin pelos en la lengua”.
Cigarro, que de niño reconoce que fue tímido, bueno y nada rebelde y que de mayor se ríe incluso de sí mismo para vencer esa timidez, ha hecho de Caricato un grupo abierto. Por sus talleres han pasado cientos de jóvenes villenenses, muchos de los cuales se han quedado. Y ha llevado el teatro donde hacía falta: a AFIVIC, a APAC, a Cruz Roja, a la Sociedad Protectora de Animales en el Festipatas, a Rompiendo Fronteras, a la Junta de la Virgen, a la Sociedad Musical Ruperto Chapí, doce años con los vecinos del Rabal en las Fiestas del Medievo y, sobre todo, a AMIF, con quien comparten local desde hace décadas y de cuya labor dice haber aprendido casi todo. Uno de sus recuerdos más felices es precisamente el taller que hizo con la Asociación Comarcal de Afectados por el Cáncer.
Ese trabajo le ha valido el Molinillo de Café de ATAVI, el premio a toda una vida dedicada al teatro, y varios Azucareros como mejor director votado por el público. Ha sido también premio del público con “El Gran Divo” y jurado imprescindible en el Concurso Nacional de Monólogos del Rabal, donde cada año tiene la difícil tarea de elegir entre lo mejor del humor nacional.
Uno de los momentos más dulces de esa trayectoria llegó lejos de Villena. Fue el 6 de abril de 2019, en el certamen de teatro de Santomera, en Murcia. Caricato se presentó con “Torito Bravo”, de Aitor Mazo y Patxo Tellería, una obra de apenas dos actores en escena: Andrés Martínez y su hijo Iván García. Era una apuesta arriesgada, íntima y de mucho pulso interpretativo, y el jurado no tuvo dudas. Regresaron con cinco premios: Mejor Espectáculo, Mejor Dirección, Mejores Actores, Mejor Vestuario y Premio Especial del Público. El pleno. Para Juan, con el valor añadido de compartir escenario y premio con Iván, al que ha visto crecer entre bambalinas y que ya atesora tantas tablas como su padre.
Pero Juan no se ha quedado solo en dirigir. Quiso dejar constancia de lo que ha visto. Después de más de tres años recopilando programas, fotos y testimonios junto a la periodista Inmaculada Alcaraz, publicó en 2024 “70 años de teatro amateur en Villena 1970-2020”, editado por la Universidad de Alicante con apoyo de la Sede Universitaria, el Ayuntamiento y Caixa Popular, y cuya recaudación destinó íntegramente a AMIF. Un libro que es mucho más que una cronología: es la memoria de casi veinte compañías, de ATAVI, del teatro en las aulas y de todos aquellos villenenses que han acabado viviendo de las artes escénicas.
Y como si no tuviera suficiente veneno en el cuerpo, cada quince días se encierra en los estudios de COPE Villena MQR para dirigir y presentar “El Veneno del Teatro y la Música” junto a Sandra Cañadas, donde habla de artes escénicas, entrevista, cuenta anécdotas y pincha mucha música.
Si le preguntan qué es lo más difícil de ser director, no habla de luces ni de presupuestos. Dice que es conseguir que el actor haga lo que él imagina para ese personaje, sacar lo mejor de cada uno. Si le preguntan qué hay que convencer primero para ser buen actor, si al público o a uno mismo, lo tiene claro: a uno mismo, porque si tú no crees, el público no se entrega. Y si le preguntan por sus maestros, cita a Rodero, a Galiana, a José María Pou.
Padre orgulloso de Iván, que con pocos años ya se subía a las tablas y al que deja que elija su camino, Juan sigue sin tener rituales, salvo uno: antes de que se abra el telón, reúne a técnicos, actores y cámaras y les pide que lo disfruten al máximo.
Ese disfrute es el que Villena le ha devuelto con creces cada noche. Por eso, desde Villena Cuéntame solo podemos decir una cosa: gracias, Cigarro. Por 15 años, por 30, por 50 años dejándote el alma en las tablas. 
Villena, 4 noviembre de 2026 

31 oct 2026

2026 DESCANSE EN PAZ

Descanse en Paz.
Por Fabiola Martínez Espinosa
Tres letras que todos hemos visto alguna vez talladas en una piedra fría, escritas con tinta temblorosa en una esquela de Villena Cuéntame, o susurradas en voz baja en el tanatorio. D.E.P. Parece poco, pero encierra dos mil años de historia.
No nació en español. Nació en latín, en la penumbra de las catacumbas de Roma. Allí, los primeros cristianos, allá por los siglos II y III, grababan sobre la losa de sus muertos un deseo que era también una plegaria: Requiescat In Pace. Que descanse en paz. Con el tiempo el rezo se hizo fórmula, la fórmula se hizo siglas, y las siglas viajaron con el cristianismo por todo el mundo. Hoy en Inglaterra es R.I.P., Rest In Peace. Aquí, en nuestra tierra, es D.E.P. O su hermana más larga y cercana, Q.E.P.D., Que En Paz Descanse.
En Villena esas letras tienen dirección. Viven en nuestro Cementerio Viejo, el que se levantó en 1880 cuando el pueblo ya no cabía en el anterior camposanto. Si lo paseas despacio, entre cipreses y silencios, las encuentras. Están en el mármol gastado del Panteón de Martín Requena Valiente, de 1886, en la elegancia suspendida del Panteón Baldaquino de 1919, en las manos juntas de aquella Mujer en Rogativa de 1916 que lleva más de un siglo rezando por alguien. Nuestros canteros, maestros de la piedra, no solo escribían un nombre y una fecha; tallaban un deseo con rejería modernista, con ángeles neogóticos, con piedra que aún hoy aguanta el sol y la escarcha de la sierra.
Porque en Villena la muerte nunca ha sido olvido. Cada año, en los últimos días de octubre, se nota. El cementerio, habitualmente callado, se llena de pasos, de cubos con agua, de flores frescas, de familias enteras que limpian un nicho y hablan en voz baja. Cientos de vecinos suben por San Sebastián para honrar a los suyos, como se ha hecho siempre. Y al día siguiente, el 2 de noviembre, suena la campana de la pequeña capilla para la Misa de los Difuntos, esa que no ha faltado nunca.
Por eso el D.E.P. no es una abreviatura fría. Es lo que decimos cuando no sabemos qué más decir. Es el último regalo que le hacemos a quien se va, desde las catacumbas de Roma hasta la ladera de nuestro cementerio. Es la manera villenera de decir: te recordamos, vete tranquilo.
D.E.P.

28 oct 2026

VILLENA HACE CIEN AÑOS: 1926/2026

VILLENA HACE CIEN AÑOS: 1926
Por Fabiola Martínez Espinosa

Hace cien años Villena ya no buscaba su sitio en el mapa. Lo ocupaba. Era capital por historia, centro por geografía y referencia por trabajo y por gente.

Era 1926 y quien llegaba a Villena llegaba a la capital de una comarca entera, al cruce de caminos entre Valencia, Murcia y La Mancha, al lugar donde paraban los trenes y se cerraban los tratos. La Guía Levante ya la señalaba como nudo, como encrucijada de cerros áridos y huerta fecunda, con caminos que partían de aquí hacia Biar, Benejama, Caudete y la Venta de la Encina. No era periferia. Era corazón.

La ciudad se levantaba clara, limpia y riente, como la vio Azorín y como seguía siendo en 1926, bajo la sombra tutelar del Castillo de la Atalaya. Ese perfil que no ha cambiado —la Atalaya dominando, las dos joyas góticas del siglo XV, Santiago y Santa María, erguidas como guardianes de piedra, y el escudo presidiendo la Casa Consistorial— era entonces el mismo que hoy nos emociona. La calle Mayor acababa de ensancharse al derribar el último lienzo de muralla que quedaba en pie, como si Villena quisiera respirar más hondo y abrirse al siglo que venía.
Vivían aquí unas quince mil almas y casi todas vivían del campo, pero no de un campo pobre. Villena era rica. Rica en vid y en vino —su principal producción—, rica en cereales, olivos y hortalizas que crecían gracias a las aguas alumbradas que, gozosas, regaban la huerta. Era una economía agraria, sí, pero próspera.

Y junto al campo, ya se oía el otro latido. El del calzado. Familias villenenses que sabían trabajar el cuero desde antiguo —algunas desde hacía generaciones— habían convertido sus pequeños talleres en fábricas a principios de siglo, cuando la viña flaqueó. En 1926 ese latido ya era fuerte. Más de mil cuatrocientos obreros vivían del zapato, sobre todo del zapato de niño y de lujo que nos hizo famosos, y fábricas como la de Caturla traían maquinaria americana para competir de tú a tú con Elda y Elche. Todavía bajo el lema de entonces: calidad y honradez industrial. El campo nos daba de comer; el calzado nos decía hacia dónde íbamos.

En enero de 1926, el pueblo entero colocó en la fachada del Ayuntamiento una placa que aún hoy se lee: El pueblo de Villena a sus heroicos soldados que sacrificaron su vida en aras de la patria en Tierra Africana. Era un pueblo que honraba a los suyos al volver de la Guerra del Rif. Y en diciembre, la naturaleza quiso escribir también su página. El 26 de diciembre cayó la gran nevada, la Nevá Grossa. El diario La Libertad de Madrid contaba el día 30 que en las calles de Villena la nieve alcanzaba sesenta centímetros, incomunicando Villena con Sax, Elda, Ibi y toda la montaña. Los pozos de nieve de la Sierra de la Villa, que hasta hacía poco habían sido neveros, rebosaron.

Pero si 1926 brilla con luz propia es por la cultura y por las fiestas. Ese septiembre ocurrió algo que hoy nos parece cotidiano pero que entonces fundó nuestra memoria escrita: se publicó el primer número de la histórica revista-programa Villena en Fiestas, en la Imprenta Doménech. Por primera vez, las fiestas patronales en honor a la Virgen de las Virtudes tenían su propio libro, su propio relato. Y para anunciarlas, se confió en un artista de la tierra, el villenense Calixto Díaz Navarro, autor del cartel de aquel año.

Y vaya si merecían ser contadas. A las cinco de la tarde del día 5, la Entrada cambió para siempre. Hasta entonces las comparsas habían desfilado sin carrozas, salvo una solitaria de los Marineros traída de Onteniente en 1921. En 1926, casi todas aparecieron con carrozas artísticas y originales que, según las crónicas, llamaron poderosamente la atención del numeroso y apiñado público que presenciaba su paso en la Puerta de Almansa. Balcones y tejados llenos. El boato, la alegoría y la vistosidad que hoy es norma, nació allí.

Y ese mismo mes de abril, sentado en una mesa del bar de Perico el Cafetero, en la plaza de las Malvas, Pedro Galipienzo y Joaquín Oliva Ruescas fundaban la Comparsa de Labradores, los Maseros, que este 2026 cumple cien años.

Así era Villena hace cien años. No un pueblo dormido. Una ciudad agrícola que ya era industrial, que publicaba su revista, que encargaba su cartel a un artista local, que innovaba sus fiestas más queridas, que honraba a sus muertos y que se sobreponía a una nevada de sesenta centímetros. Una ciudad capital, agrícola, zapatera y festera, clara, limpia y riente, que ya entonces sabía quién era. 

25 oct 2026

2026 CAMBIAR EL AGUA DE LAS FLORES

CAMBIAR EL AGUA DE LAS FLORES
Por Fabiola Martínez Espinosa

Octubre en Villena huele distinto. No es el frío todavía. Es ese olor que antiguamente se olía en las calles. A crisantemo recién cortado, a nardo, a romero que alguien ha arrancado del campo para completar el ramo. Un olor verde, terroso y dulce a la vez, que se te queda en las manos.

De niña, yo no iba sola al cementerio. Acompañábamos a mi madre. Las tres generaciones, a veces cuatro, subiendo con los jarrones envueltos en papel de periódico para que no se rompieran. Era su ritual. El nuestro.

Las flores se compraban en el mercado. O se cogían del campo. No había encargos perfectos ni centros con lazo. Mi madre decía que las mejores eran las que aguantaban el sereno: el crisantemo amarillo, fuerte como un sol pequeño, que huele a otoño puro. Los gladiolos blancos que se abrían despacio, como si tuvieran timidez. Y si habíamos estado en el campo, un manojo de romero, unas ramitas de olivo, alguna rosa robada de un huerto que ponía la nota de color. Todo olía. El coche entero olía a campo y a tierra mojada cuando volvíamos de ponerlas.

Me enseñó a cambiar el agua. No a poner las flores. A cambiar el agua.

Sacar el jarrón de la repisa del nicho, tirar el agua de días pasados, que ya estaba turbia y sin olor. Enjuagar el cristal por dentro con los dedos. Cortar un poco el tallo en diagonal. Y echar el agua limpia, fría, que al principio hace burbujas y luego deja el tallo quieto y vivo. "Si no le cambias el agua, la flor se muere por dentro aunque por fuera parezca que aguanta", me decía. Y tenía razón.

Ahora subo y lo noto. La mayoría son flores de plástico. Perfectas, siempre iguales, con un verde demasiado brillante. No se pudren, claro. Pero tampoco huelen. No necesitan que les cambies el agua. Y entiendo por qué las ponemos. Porque pesan menos, porque duran, más económicas, porque la vida va deprisa. Pero cada vez que veo un nicho lleno solo de plástico, siento que nos hemos perdido algo. El gesto. El de cuidar.

Porque poner flores no es para los muertos. Es para nosotros. Para enseñarnos a volver. A no dejar que el recuerdo se estanque.

Por eso me gusta leer los epitafios. En medio de tanto mármol serio, de repente alguien se atrevió a decir la verdad. A escribir algo que sigue vivo aquí mismo, en nuestro cementerio.

El otro día me paré en dos que no se me van de la cabeza. Uno, en una lápida muy sencilla del pasillo de la izquierda, de una mujer mayor, decía:

"Fue buena madre, fue buena vecina. No sabía estar sin hacer algo por los demás."

Y otro, más abajo, en letra ya un poco borrada por el tiempo, de un hombre del campo:

"Aquí descansa quien amó esta tierra. Que la tierra le sea leve."

No tienen firma famosa. No salen en los libros. Pero son de Villena. Son nuestros. Y dicen más que cualquier poema.

Fuera de aquí, siempre me acompaña uno, el de Miguel de Unamuno, que parece una oración para cambiar el agua: "Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar."

Ninguno habla de flores. Todos hablan de seguir viviendo de otra forma.

Así que este año, si subes, haz la prueba. Aunque lleves un ramo comprado, lleva también una botella de agua limpia. Vacía la vieja. Limpia el jarrón por dentro. Corta un poco el tallo, aunque sea un centímetro. Y mira cómo sube el agua nueva. Cómo la flor, sea la que sea, da un pequeño sorbo y se estira.

Ese gesto, que parece que no importa, es el Día de Difuntos entero.

No es la muerte. Es el cuidado que se repite. Es cambiar el agua para que, durante unos días más, algo siga oliendo a vivo.
Villena 25 de octubre de 2026 

24 oct 2026

2026 NOS HAN REGALADO UNA HORA Y NO SABEMOS DÓNDE PONERLA

NOS HAN REGALADO UNA HORA 
Y NO SABEMOS DÓNDE PONERLA 

Tic tac siempre mueve. Tic tac hoy algo pasó.

Esta madrugada, a las tres, volverán a ser las dos. Nos van a regalar una hora. Así, sin envolver, sin manual de instrucciones. Sesenta minutos extra en mitad de un domingo de octubre en Villena.

Y lo primero que pienso es: ¿qué se hace con una hora regalada?

Porque nos han enseñado a ahorrar tiempo, a gestionar el tiempo, a matar el tiempo, pero nadie nos ha enseñado a recibirlo. Es como si te dieran una habitación extra en tu casa y no supieras qué mueble poner.

El cambio de hora es el último ritual colectivo que nos queda. Un pacto absurdo y hermoso. Toda Europa, a la vez, decide mentirse. Atrasamos las manecillas como quien atrasa una cita que no quiere tener. Decimos: invierno, ya puedes entrar, pero entra una hora más tarde.

Dicen que es por el ahorro energético. Yo creo que es por nostalgia. Necesitamos dos veces al año recordar que el tiempo no es nuestro, que nos lo prestan y nos lo quitan cuando quieren.

Horas que se confunden. Manecillas que cambian. Se esfumó la vida, escribía yo ayer. Y es verdad. Se esfuma, pero no porque la hora se vaya, sino porque no nos paramos a mirarla.

Hoy en Villena amanecerá antes. La luz de las ocho parecerá de las nueve. Los bares abrirán con la persiana a medio subir, los runners del paraje saldrán con frontal, y mi horno seguirá marcando las tres cuando todos digan que son las dos. El horno, que es más terco que nosotros, se niega a cambiar.

Y sin embargo, esa hora extra existe. Es real. Puedes usarla para dormir, que es lo que hará el 90% de nosotros. Puedes usarla para quedarte una hora más en la mesa, para leer eso que llevas posponiendo, para llamar a quien hace tiempo que no llamas, o para no hacer absolutamente nada, que es la forma más elegante de gastar el tiempo.

Yo la voy a usar para esto: para escribir que el tiempo no pasa, pasamos nosotros. El tic tac sigue ahí, impasible. Somos nosotros los que nos confundimos, los que nos esfumamos y volvemos.

Esta noche, cuando sean las dos dos veces, no corrijas el reloj enseguida. Quédate un minuto en esa hora duplicada, en esa hora fantasma que no existe en ningún calendario. Es tuya. Te la han regalado.

Haz lo que quieras con ella. Pero haz algo.

Fabiola Martinez Espinosa
Villena 24 de octubre de 2026 

23 oct 2026

2026 SAN CRISPÍN VUELVE A LAS CRUCES

SAN CRISPÍN VUELVE A LAS CRUCES
El santo zapatero y la santa que vivió en su ermita
Por Fabiola Martínez Espinosa

Dicen que los pueblos no se miden por las piedras que conservan, sino por los oficios que recuerdan.

Villena tuvo murallas, tuvo marqueses, tuvo reyes. Pero lo que tuvo, sobre todo, fue manos. Manos que cortaban, que aparaban, que cosían. Manos con el olor a cuero metido en las uñas. Y esas manos necesitaban un santo que las entendiera. No un santo de capa y báculo, sino un santo de lezna y martillo. Un santo zapatero.

San Crispín.

Su historia viene de lejos, del siglo III. Dos hermanos nobles, Crispín y Crispiniano, que se fueron a la Galia y se pusieron a remendar zapatos para poder predicar. Los romanos, que no entendían de remiendos, los detuvieron y los decapitaron. Los zapateros de toda Europa los hicieron patrones. En Villena, cuando dejamos la azada para abrazar la máquina de coser, lo hicimos nuestro sin pedir permiso a nadie.

Y le hicimos una casa.

No estaba en el centro. Estaba arriba. Donde Villena siempre ha puesto lo que más quiere: en la sierra. En el Paraje de Las Cruces, a 550 metros, al final de la Calle Calvario, allí donde termina el Vía Crucis y empieza el cielo. Allí existió una ermita que tuvo tres nombres, como las personas que han vivido mucho: de Las Cruces, del Santo Sepulcro y de San Crispín.

Era de fachada pentagonal mirando a mediodía, con espadaña. Planta en forma de T, con dos cúpulas de media naranja cubiertas de teja y rematadas con linternas y veletas. No aparece en la Relación de 1575, pero en 1780 ya está, con nombre de Santo Sepulcro.

A esa ermita se le adosó el Convento de las Siervas de Jesús, las monjas del Calvario, de la rama claretiana. Allí se guardaban los pasos de Semana Santa que bajaban a San Antón. Los mayores decían que algunos eran de Salzillo, y no es descabellado: Villena perteneció a Cartagena hasta 1954.

En una capilla lateral, pequeña, estaba él. San Crispín.

El 25 de octubre de 1955 Villena hizo algo nuevo. Celebró por primera vez con carácter provincial la festividad de San Crispín, patrón del Sindicato de la Piel. Vino el Secretario Provincial, Luis González de Castro, y se inauguró oficialmente la capilla-ermita junto a la de Las Cruces. Era la puesta de largo de la Villena industrial.

Veinte años después, en 1974, se hizo la última fiesta arriba. La ermita ya estaba en ruinas por el desvío de la nacional. Aquel almuerzo de despedida, lo recuerdan todos, fue a base de sardinas en aceite. Sin más. Así se despidió una ermita de 200 años.

La imagen se salvó. La llevaron al Santuario de Las Virtudes, donde sigue en el altar de las ofrendas. Durante años, todo - bocadillos, refrescos, gachamigas - se pagaba vendiendo pañuelos conmemorativos de San Crispín.

En 1985 unos pocos se negaron a que se perdiera. Crearon la Comisión de Amigos de San Crispín. Con la ACICAV al frente, recuperaron la romería, la misa y la procesión por Las Virtudes.

Ahora: Las Cruces vive

La nueva directiva de la Asociación de Vecinos Las Cruces - San Crispín ha decidido que San Crispín no se recuerda, se celebra.

Este domingo 25 de octubre:
7:45 h, pasacalles desde la Plaza de San Crispín.
8:30 h, concurso de gachamigas y ajo en el merendero. Ellos ponen ingredientes y leña. Tú traes sartén, paleta, trébede, mortero y maza.
10:00 h, almuerzo popular villenero.

Como en agosto, cuando hacen chocolate con churros, campeonato de truque, festival de títeres y café teatro.

Epílogo: La santa que nació en la misma casa

En esa misma ermita y en ese mismo convento pobre nació otra historia, casi olvidada.

El 15 de octubre de 1915, día de Santa Teresa, una joven de 22 años llamó a la puerta del convento más pobre que había: el de las Hijas del Calvario de Villena. Quedaban siete religiosas. Era de clausura y estaba en ruinas. Se llamaba María Josefa Alhama Valera, venía de El Siscar, Murcia, hija de jornaleros, la mayor de nueve hermanos.

Ella escribió: “Salí de la casa paterna con la gran ilusión de ser santa, de parecerme un poco a Santa Teresa, a quien no le asustaba nada... dejando a mi madre en el lecho del dolor sin esperanza de verla más”.

Allí le pusieron Esperanza. Esperanza de Jesús Agonizante. Luego Esperanza de Santiago. En Nochebuena de 1930 se fue a Madrid y fundó las Esclavas del Amor Misericordioso. Construyó el Santuario de Collevalenza en Italia. Hoy es Beata. La Madre Esperanza.

Del Calvario de Villena no queda nada. Pero en Collevalenza se guardan dos cosas que se salvaron de las ruinas de Villena: la gran cruz de hierro del campanario de Las Cruces y una maqueta del convento que ella misma hizo con frutos secos y pesetas.

Así que cuando subas este domingo a Las Cruces, cuando veas el humo de las gachamigas y oigas el pasacalles en la Plaza de San Crispín, piensa que estás en el mismo sitio donde un santo zapatero y una santa jornalera se hicieron villeneros.

Dicen que los pueblos no se miden por las piedras que conservan. A veces se miden por el humo que sube de una sartén un domingo de octubre. Allí siguen los dos.

Villena 23 de octubre de 2026 

21 oct 2026

2026 ¡EL PIOJO IBA LLENO... PERO TODAVÍA CABÍA UNO MÁS!

¡EL PIOJO IBA LLENO... 
PERO TODAVÍA CABÍA UNO MÁS!
Por Fabiola Martínez Espinosa

En Villena, en los 60, 70 y 80, El Piojo era mucho más que el autobús urbano. Era el autobús de las fábricas.

A las 7 menos cuarto de la mañana, a la una del mediodía y a las ocho de la tarde, Villena entera se ponía en marcha a la misma hora. Salías a la parada y ya sabías lo que venía: El Piojo que hacía la ruta de punta a punta, del Poblao a la Constancia hasta La Morenica, venía lleno hasta la bandera.

Lo veías asomar por la Puerta Almansa, con las ventanillas abiertas de par en par, y pensabas: "Este no para, va a tope".

Pero sí paraba. Pegaba el frenazo, abría la puerta con ese resoplido que todos conocíamos y el conductor, que nos conocía por el nombre y por la fábrica, soltaba la frase de siempre:

¡Venga, apretarse un poco pa' atrás que sí cabe uno más!

¿Un hueco dónde? Si dentro ya íbamos todos con lo puesto para el turno. La bolsa del almuerzo en una mano, la bolsa de la faena en la otra, alguna aparadora con su bolso, algún albañil con una caja de herramientas y alguna abuela con el carro de la compra. Y el olor, ese olor inconfundible a cuero, a cola y a fábrica que se quedaba impregnado en El Piojo.

Y empezaba el baile.

— ¡Un pasito más pa' atrás!
— ¡Que no puedo, que llevo la caja!
— ¡Agárrate al tubo, chico, que viene curva!

Te recolocabas como podías. Te hacías a un lado, levantabas la faena, sujetabas el carro de al lado. Y siempre había alguien mirando con esa cara de "verás tú para subir ahora".

Pero la verdadera aventura era bajarse.

Cuando te tocaba fábrica, tenías que armarte de valor desde el fondo y gritar:

¡Que bajen en la Constancia! ¡En la siguiente me bajo yo!

Y a cruzar aquel pasillo humano.

— Perdón, perdón...
— Dejarle pasar, que llega tarde.

Más de una vez te tenías que bajar a la acera para dejar salir a otros tres, y volver a subirte corriendo antes de que cerrara la puerta. Si perdías ese Piojo, llegabas tarde y el encargado te miraba torcido.

No eran viajes cómodos. Hacía calor, había empujones, y en verano aquello era un horno con ruedas. Pero era nuestro Piojo. Ahí nos contábamos si había horas extra, si la cadena iba cargada, si habían entrado pedidos nuevos. Alguien te guardaba sitio si te veía correr por la Corredera, otro te sujetaba la tareas del refinado, y siempre había quien decía: "¡Paco, espera, que falta una!"

Hoy los autobuses son otros, las fábricas son menos y ya no entramos todos a la misma hora. Pero quien vivió aquello no olvida el ruido del motor, el tintineo de las monedas al pagar y esa frase que parecía desafiar la física:

¡APRETARSE, QUE TODAVÍA CABE UNO MÁS!

¿Tú en qué parada lo cogías? ¿Ibas a aparado, a cortado, a almacén? ¿Te acuerdas de alguna vez que te quedaste en tierra por no caber?

19 oct 2026

2026 EMILIA MOLLÁ: LA SONRISA QUE FUNDÓ APAC

EMILIA MOLLÁ: LA SONRISA QUE FUNDÓ APAC
Homenaje a nuestra primera Presidenta en el Día Mundial contra el Cáncer de Mama.

Si hay algo que todos los que conocieron a Emilia Mollá recuerdan, no es la enfermedad. Es la sonrisa.

Una mujer fuerte. Luchadora. Siempre con humor. Siempre sonriente.

Así era ella. Y así decidió enfrentarse a lo más duro: no escondiéndose, sino creando un lugar para que nadie en Villena tuviera que pasar por el cáncer solo.

Emilia Mollá fue la primera Presidenta de APAC, la Asociación Comarcal de Afectados por el Cáncer de Villena y Comarca. Junto a un pequeño grupo de amigas, todas tocadas por la enfermedad de una u otra forma, fueron las pioneras. Las que, cuando no había nada, lo crearon todo.

La creación de APAC fue posible gracias a un grupo de personas afectadas o familiares que decidieron formalizar la asociación para que las personas que pasaran por esta enfermedad tuvieran un lugar donde reunirse, para mejorar su situación mientras estaban en tratamiento.

Ese lugar hoy lleva desde 1998 formando parte de la vida social de Villena y su comarca, ofreciendo desde hace más de 25 años un valioso apoyo psicológico, médico y social a personas afectadas y a sus familias. Pero en 1998 era solo una idea valiente en la cabeza de unas mujeres valientes.

El valor de reírse cuando duele
En aquellos años hablar de cáncer era hablar bajito. Emilia decidió hablar alto y, sobre todo, hablar con una sonrisa.

Quienes la trataron lo dicen: incluso en los peores días, tenía un chiste, un comentario con humor, una palabra que quitaba hierro. No era inconsciencia. Era coraje. Era su forma de decirle a la vida: "aquí sigo yo".

Esa fuerza es la que puso al servicio de los demás. Fue la primera en dar la cara, en poner su teléfono, su casa y su tiempo. No quería que ninguna mujer recién diagnosticada se sintiera perdida como quizá se sintió ella al principio. Quería que Villena tuviera lo que ella no tuvo: compañía.

Y lo consiguió.

Gracias a esa sonrisa luchadora nació APAC. Gracias a ella, hoy cada 19 de octubre, Día Mundial contra el Cáncer de Mama, la Plaza Santiago se llena de lazos rosas, de lectura de manifiesto y de mesas informativas donde voluntarias sensibilizan a toda la comunidad villenense.

Todo ese movimiento rosa que hoy vemos normal, lo empezó una mujer que sonreía luchando.
Nuestro homenaje
Han pasado muchas Juntas por APAC. Mujeres admirables como Candelaria Franco, Flori Romero, Cande García... Todas han hecho crecer lo que Emilia y sus amigas sembraron. Pero el espíritu es el mismo: dar mejor calidad de vida a todas las personas afectadas de cáncer.

Ese era su objetivo. Y vaya si lo cumplió.
Fabiola Martínez Espinosa. 
Villena 19 de octubre de 2026 

18 oct 2026

2026 LA TIENDA DE MATEO Y JOSEFA

LA TIENDA DE MATEO Y JOSEFA
Barrio San Francisco, Villena. Años 70 y 80.
Por Fabiola Martínez Espinosa para Villena Cuéntame

Cuando acompañar a mamá a la tienda era toda una aventura.

No había que cruzar Villena. Solo bajar la calle. En el Barrio San Francisco, la tienda de Mateo y Josefa no era una tienda. Era su propia casa con la puerta siempre abierta.

No tenían horario. Tenían el horario puesto en la puerta, sí, pero todos sabíamos que si a las nueve de la noche se te había olvidado el aceite o la leche para el crío, llamabas y te abrían. Y sin mala cara. Con la misma bata y la misma sonrisa.

Mateo detrás del mostrador. Serio, de pocas palabras, pesando con esa báscula que hacía tilín. Y Josefa. La Bola. Así la llamábamos todos con cariño. De ojos claros y pelo corto, rápida, siempre atenta, con esa risa que se oía desde la calle.

—Bola, ¡ponme un litro de aceite y que me apunte el pan!

Y la Bola sacaba la libreta. La famosa libreta.

Aquella libreta de tapas azules donde no había números de cuenta, había nombres. Familias. Meses. "Paco el del tercero - 1.200 pesetas". "La mujer del fontanero - fiado hasta el día 10". Allí se apuntaba de fiado. Sin vergüenza. Sin intereses. Se iba pagando como se podía, cuando cobraba el marido, cuando llegaba la extra. Nadie se quedaba sin comer por no llevar dinero encima.

Aquello era más que compra y venta. Era el punto de encuentro.

Mientras mamá esperaba la vez, se contaba todo. Los chascarrillos del barrio. Quién se había casado, quién había discutido, si habían subido el butano. Y por la puerta entraba Don Fulgencio, el practicante, que igual te daba una receta para la tos que te contaba lo que le pasaba al niño del tercero y te dejaba más tranquila que el médico.

Nosotros, los críos, no escuchábamos. Nosotros estábamos a otra cosa.

Con la barbilla apoyada en el mostrador de madera, mirando los botes de cristal. Los caramelos de menta, las piruletas, las gomas de nata. El premio.

—Mamá, ¿me compras uno?

—Anda, luego, que estamos arreglando cuentas con Josefa.

Y esperábamos. Porque sabíamos que al final siempre caía algo. Aunque fuera un caramelo de dos pesetas envuelto en papel transparente. Salíamos de allí como si nos hubieran dado un premio gordo, agarrando la mano de mamá y el caramelo con la otra.

Y en verano llegaba lo mejor de La Bola. Organizaba los viajes a la playa.

Un autobús lleno. No un autobús turístico. Un autobús de vecinos. Con neveras, sombrillas, críos gritando, bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio y la radio a tope. Domingos enteros en San Juan o Benidorm. Todos los del barrio, con sus hijos, compartiendo cubo y pala. Convivencia de verdad. De la que ya no hay.

Luego llegaron los supermercados grandes, con luz blanca y carros que hacían ruido. Y poco a poco las tiendas de casa se fueron apagando.

Pero los que crecimos en el San Francisco no se nos ha olvidado el olor a lejía y a pan recién traído, el sonido de la libreta al pasar la hoja y la voz de Josefa desde dentro: "¡Pasa, pasa, que estoy aquí!".

Porque una tienda de barrio no era donde ibas a comprar.

Era donde te fiaban sin conocerte del todo, donde te guardaban el sitio y donde aprendías que un negocio podía ser generoso.

¿Te acuerdas de ir con tu madre a la de Mateo y Josefa? ¿A ti también te apuntaban en la libreta?

Cuéntanoslo.

Villena 18 de octubre de 2026

16 oct 2026

2026 CUANDO OCTUBRE NOS HELABA LAS MANOS

Cuando octubre nos helaba las manos
Por Fabiola Martínez Espinosa

Ya no hace el frío de entonces. No es este frío a medias que tenemos ahora a mediados de octubre, que te deja salir casi en manga corta a ver las luces. Era otro frío. Un frío limpio y seco que bajaba de la sierra al caer la tarde, que te mordía las orejas, que te obligaba a meter las manos hasta el fondo de la cazadora vaquera. El que hacía que el aliento se nos hiciera nube cada vez que gritábamos en lo alto del saltamontes.

Hemos cambiado nosotros y ha cambiado la feria, pero sobre todo ha cambiado lo que significaba.

Entonces ir a la feria no era ir a una atracción. Era cumplir un sueño que habíamos tejido durante un año entero. Doce meses esperando. Doce meses de hucha de barro, de paga contada, de tachar días en el calendario del colegio, de promesas de "si te portas bien".

No teníamos mucho, pero teníamos la espera. Y la espera lo hacía todo inmenso.

Recuerdo el olor, que ya no huele igual, colándose por las calles de Villena. Olor a churros, a gasoil de los generadores, a azúcar quemado. Recuerdo la liturgia: la ronda lenta y obligatoria por los puestos antes de pedir nada. Las paredes imposibles de juguetes colgados, las Nancy con flequillo perfecto, los camiones que hacían ruido, todo aquello que mirábamos con los ojos muy abiertos mientras nuestro padre nos decía bajito, "mira, pero no toques".

Y el algodón. Dios mío, el algodón. Aquella nube rosa más grande que nuestra cabeza que un hombre hacía aparecer de la nada dando vueltas a un palo. Nos lo comíamos con las manos heladas y se nos quedaba pegado a la boca, a la nariz, al alma. Nos duraba tres minutos y nos hacía felices todo el año.

Hoy vamos a la feria abrigados a medias. Antes volvíamos a casa con los mofletes rojos, cortados por el frío, con un coche de plástico barato apretado en el bolsillo del anorak como si fuera un lingote de oro. Con los dedos todavía pegajosos y el corazón caliente. Subiendo a casa de la mano de nuestros padres, con Villena oliendo ya a leña encendida y las luces quedándose atrás, parpadeando, despidiéndose hasta el año que viene.

Ya no hace aquel frío. Pero cada mediados de octubre, cuando el aire trae el primer aviso del invierno, aunque sea flojo, yo vuelvo a ser aquella cría. La de las manos heladas y el sueño cumplido.
Villena 16/10/2026

12 oct 2026

2026 ÁNGELES MARTÍNEZ ESPINOSA: VEINTICINCO AÑOS DE COMPROMISO EN APADIS

ÁNGELES MARTÍNEZ ESPINOSA: 
VEINTICINCO AÑOS DE COMPROMISO EN APADIS
Por Fabiola Martínez Espinosa

Hay trabajos que se quedan en el lugar donde se realizan y otros que terminan formando parte de la historia de una entidad.

La trayectoria de Ángeles Martínez Espinosa pertenece a esa segunda categoría. Veinticinco años en APADIS, en Villena, dan para mucho más que un recorrido profesional: dan para conocer de cerca a las personas, aprender de cada etapa y ser testigo de cómo una organización crece y transforma su manera de atender a quienes más lo necesitan.

Durante este cuarto de siglo, Ángeles ha trabajado en distintos ámbitos de la asociación, entre ellos el colegio y Atención Temprana. También dedicó algunos años al voluntariado en la residencia, una experiencia que amplió su recorrido dentro de una entidad que forma parte de la vida de muchas familias de Villena y comarca.

Cada uno de estos espacios tiene sus propias necesidades, sus dificultades y sus pequeños avances. Trabajar en ellos exige preparación, pero también paciencia, sensibilidad y respeto. Porque detrás de cada atención hay una persona con su propia historia, sus capacidades y su manera de avanzar. Y comprenderlo es parte esencial de cualquier labor que aspire a mejorar la vida de los demás.

Quienes conocen a Ángeles destacan su responsabilidad, su discreción y su entrega. Cualidades que rara vez necesitan grandes gestos para demostrar su valor. Se reconocen en el trabajo cotidiano, en el cumplimiento de las obligaciones y en la forma de tratar a las personas con las que se comparte una jornada.

Veinticinco años permiten contemplar también la evolución de APADIS, una entidad que ha ido consolidando sus centros y servicios y que trabaja por la inclusión social de las personas con discapacidad intelectual. Una evolución que no se explica únicamente a través de instalaciones, programas o recursos, sino también gracias a los profesionales que han contribuido a sostenerla día tras día.

La inclusión es una palabra que aparece con frecuencia en nuestros discursos. Sin embargo, su verdadero significado se encuentra en la vida cotidiana: en las oportunidades que se ofrecen, en las barreras que se consiguen superar y en el derecho de cada persona a participar plenamente en la sociedad. Para que eso sea posible, hacen falta recursos, compromiso y profesionales conscientes de la responsabilidad que tienen entre manos.

La trayectoria de Ángeles forma parte de ese trabajo colectivo, tantas veces silencioso y no siempre suficientemente reconocido. Su aniversario profesional es una ocasión para detenerse y valorar la importancia de quienes, desde su puesto, contribuyen a que una entidad cumpla su misión.

Veinticinco años no caben en una cifra. Están hechos de experiencia, de cambios, de aprendizajes y de muchas jornadas que, sumadas, construyen una vida profesional. Hoy, el recorrido de Ángeles Martínez Espinosa merece el reconocimiento de APADIS y de una ciudad que sabe cuánto importan las personas que trabajan por una sociedad más humana e inclusiva.

Porque hay trayectorias que no necesitan levantar la voz para dejar constancia de su valor. Basta con mirar el camino recorrido.
Villena, 12/10/2026 

9 oct 2026

2020 LAS PASCUAS DE MI INFANCIA

La llegada de la primavera muestra la variedad de árboles aromáticos: pino, almendros, manzano… Los campos llenos de amapolas aguardaban pacientes el vuelo incesante de los pájaros.
En mi infancia los días de Pascua eran una explosión de alegría, domingo de estreno, de sentimientos encontrados: de fe y de fiesta. Como siempre, la celebración de la Pascua  era la llegada de procesiones, de penitencia y de echar cierre a la vida cotidiana.
En Villena se disfrutaban tres días de fiesta contando el domingo de Ramos, repartidos tradicionalmente. El primero, siempre, daba comienzo con la salida al campo situado en Bulilla. Mis hermanas y yo, con los vestidos recién estrenados, disfrutábamos el momento. Todos juntos, mis primos y nosotras, iniciábamos la caminata cantando canciones populares para entretenernos. Acompañadas de una cesta, que guardaba la merienda en su interior y la típica mona con su huevo duro y agua para la sed del camino.

Lo pasábamos tan bien, era tan divertido. Acudían personas de todo el pueblo en familia y cuadrillas de adolescentes con sus primeros amores. Se agolpan los recuerdos de canales de regadío llenos de agua fresca y transparente. Buscamos caracoles esbozando  alegría en nuestras sonrisas. Jugamos a la pelota, a pillar o al escondite… eran corredurías de la infancia ¿Y esto será así para siempre? Preguntaba sin cesar. Aquellos días reflejaban unas costumbres de gentes sencillas.
El segundo día tocaba ir al Grec. Era tarde de comprar helados del carromato de la heladería Francés. ¡Qué ricos los famosos coyotes helados de dos sabores! ¡Estaba tan ilusionada con que llegara ese día! La misma fiesta campal, gentío por todos los lados. Sentados en grandes manteles dispuestos para la sabrosa merienda o simplemente disfrutando del paisaje. Los años en los que  sol rompía con más fuerza se intentaba buscar las sombras de los arboles más frondosos. A la vuelta, traíamos la cesta adornada de hojas y flores de olores silvestres. Conseguíamos traer los cuerpos cansados y cargados de emociones.
Y el tercer día, “llamado el de las Cruces”, subíamos a la montaña. En medio de matorrales se buscaba un sitio donde poder saltar a la comba y en alguna roca grande se descansaba para tomar aliento o sacar a volar la vieja cometa ¡Que recuerdos, tan buenos! Cuando en el horizonte se dibujaba la luz tenue del atardecer, aunque con esfuerzo, se recogían las risas, las canciones, los juegos… se volvían con la ilusión puesta en el año siguiente.
Mientras el corazón me saltaba en la garganta y las venas me palpitaban como si la sangre fuera un panal lleno de abejas bailarinas, no podía creer que tanta alegría y nostalgia fuera capaz de tocarme hasta el último poro de mi cuerpo y de mi alma.
Por: Fabiola Martínez Espinosa (2020)

2026 LA PELOTA SIEMPRE VUELVE

Lidia Simón Riera
LA PELOTA SIEMPRE VUELVE
Por Fabiola Martínez Espinosa

Hay pelotas que golpean una pared y regresan. Otras parecen llevarse algo por delante: la confianza, la paciencia, la certeza de que el esfuerzo basta. Pero en el frontón, como en la vida, siempre queda la posibilidad de esperar el siguiente golpe.

Lidia Simón Riera, nacida en Villena, conoce bien esa distancia entre lo que una deportista demuestra en la pista y lo que otros deciden fuera de ella.

En 2022 tenía títulos que hablaban por sí solos. Era campeona del mundo, había conquistado el campeonato de Europa y seguía compitiendo al máximo nivel. Sin embargo, no entró en la convocatoria española para el Mundial de Francia.

La explicación relacionada con el peso, cuestionada por la propia jugadora y su club, abrió una herida que trascendía el resultado de un partido. Lidia decidió apartarse de la selección mientras no cambiaran las circunstancias que había denunciado.

A veces, la derrota no está en el marcador. Está en tener que defender el lugar que una se ha ganado.

Pero hay personas que no saben rendirse del todo. O que, aun cuando se alejan, conservan intacta esa parte de sí mismas que las hace regresar.

Lidia continuó su camino. Entrenamiento, técnica, preparación física y trabajo mental. Horas que no suelen aparecer en las fotografías de los podios, pero que sostienen cada victoria. Porque el deporte tiene una parte luminosa, la que recibe los aplausos, y otra silenciosa, hecha de disciplina y de días en los que nadie garantiza que el esfuerzo vaya a tener recompensa.

En junio de 2025 volvió a proclamarse campeona de España de paleta goma. Lo hizo en Getafe, frente a una rival exigente, Maider Ardanaz. Aquel triunfo tuvo un valor especial: Lidia consiguió su primer triplete en los tres campeonatos nacionales de esa temporada.

Meses después llegó otra noticia: regresaría a la selección española para competir en México. Esta vez, su convocatoria incluía tanto el frontenis como la paleta goma.

Volver no siempre significa regresar al mismo lugar. A veces significa hacerlo de otra manera, con más experiencia, con preguntas nuevas y con una conciencia distinta de lo que cuesta llegar.

En México, el equipo español obtuvo el oro en paleta goma femenina y la plata en frontenis femenino. El frontón volvía a colocar a Lidia entre las deportistas que representaban a nuestro país.

Y Villena tenía motivos para mirar hacia aquella pista.

Porque una ciudad también se reconoce en las personas que llevan su nombre lejos de casa. No solo en quienes regresan con una medalla, sino en quienes han aprendido a sostener su vocación cuando el camino deja de ser sencillo.

Hay algo profundamente humano en el gesto de una jugadora que se coloca frente a la pared, calcula la trayectoria y golpea. No puede controlar todos los rebotes. No decide dónde caerá cada pelota. Solo puede prepararse, mirar de frente y responder.

Quizá por eso el frontón se parece tanto a la vida: porque no siempre elegimos lo que vuelve hacia nosotros, pero sí podemos decidir cómo recibirlo.

Lidia Simón ha vuelto a la pista internacional. Y su historia nos recuerda que detrás de cada campeonato hay algo que no cabe en una copa: la voluntad de seguir siendo una misma cuando las circunstancias ponen a prueba todo lo demás.

La pelota golpea la pared.
Y vuelve.
Lidia también. 
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