De la niñez
Tenía nueve años y medio y un primer objetivo en la vida: aprender a escribir a máquina. El segundo era, claro está, poseer una de esas máquinas mecánicas de tipo portátil, para mi uso personal y exclusivo.
Estaba dándole vueltas al asunto desde hacía casi un año. Ir a una academia, me parecía entonces cuestión de pura necesidad. Pero mi madre, que aún arrastraba el lastre de su educación tradicional, opinaba que me resultaría de mucho más provecho asistir a clases de costura. Tuve que mantenerme firme en mi decisión, recurrir a mi padre, quien por el contrario, era más partidario de un aprendizaje útil para mi futuro profesional, y él lo veía claramente encauzado hacia las clases de mecanografía y taquigrafía.
Finalmente conseguí mi propósito: buscamos una academia y después de conocer los pormenores y detalles materiales -matrícula, mensualidad y otras nimiedades del estilo- un lunes de comienzos de junio, cuando los escolares se sustraen de los primeros calores del verano dando sus clases en jornada intensiva -de 9 a 1- me dispuse a recibir mi primera clase de mecanografía. Ya por aquel entonces existían modernidades del tipo, «audiovisual» a pero aquella academia ofrecía enseñanza del tipo tradicional o al tacto, a saber: machacar, machacar y machacar las teclas durante meses, hasta alcanzar una destreza y velocidad apreciables.
Aquella tarde, después de comer, me acomodé en el sofá del comedor, aquel sofá de skay marrón que se pegaba a la piel insistentemente y te producía gotas de sudor desde la base de la nuca hasta el final de la espalda
Yo nunca había estado lo suficientemente cerca de una máquina de escribir como para saber la disposición de las letras en el teclado. Todo lo más, había sido mis furtivas miradas a la máquina de la oficina de un tío paterno que por aquel entonces tenía una pequeña fábrica de calzado. Al pasar hacia el interior, quedaba la oficina en el lado izquierdo. En aquella minúscula habitación mal iluminada y húmeda, una secretaria treintañera tecleaba en una vieja máquina desvencijada. También había visto en las películas a mecanógrafos afanándose sobre máquinas rugientes. Pero no hago esta advertencia para disculparme_ Sólo se trata de poner en antecedentes al posible lector sobre las particularidades del caso. Así pues, sentada en aquel sofá «acogedor: estuve un par de horas repasando el abecedario español: «a, b, c, d, e, f, g, h». No quiere decir que yo no supiera el orden alfabético de las veintisiete letras, se trataba más bien de una medida de precaución y preparación que consideré necesaria para empezar con buen pie mi primera clase aquella tarde. Mentalmente repetía las letras, una tras otra, en perfecto orden, enlazando las series sin equivocarme, todas las veces que fueron necesarias.
Y salí a la calle. Llevaba una carpeta de cartón azul con gomas debajo del brazo, llena de folios para posibles apuntes y anotaciones, bolígrafo bic recién estrenado y unas enormes ganas de aprender. Ya me veía flotando sobre el teclado, veloz, segura, sin titubear ni una sola vez.
Al entrar en el aula, la profesora, una chica joven vecina del barrio, me sonrió y cogiéndome de la mano me acompañó hasta una de las mesas cercanas que estaba desocupada en aquel momento. Me hizo sentar y se colocó detrás de mí, pasando sus brazos sobre mis hombros y empezando a hablar sobre cómo se utilizaban los dedos; con qué dedo debía pulsar cada tecla, para que desde el principio aprendiera correctamente, sin caer en el camino fácil, a saber: machacar los dedos índices como era la costumbre de los profanos. Yo la oía sin escuchar, no dando crédito a lo que estaba sucediendo ante mí. Las letras, las veintisiete letras del abecedario español, parecían haberse vuelto locas en aquel teclado gris, pues estaban revueltas, colocadas sin orden ni concierto. Nada que ver con su disciplinada posición que tanto había repetido mentalmente durante la tarde. Quise protestar, decirle a la chica amable que me cambiase a una máquina correcta porque aquella era defectuosa. Pero no me salía la voz. Se quebraban los sonidos antes de ser pronunciados, fruto de la sorpresa y del temor. Finalmente, cogí el hilo de la conversación. Con sus dedos puestos sobre las teclas, recorrió la primera fila izquierda superior del teclado —QWERT, QWERT, QWERT, QWERT— y luego las dos inferiores —ASDFG, ASDFG, ASDFG, ASDFG, ZXCVB, ZXCVB, ZXCVB, ZXCVB— utilizando los dedos con una gracia y agilidad asombrosas. Ella parecía perfectamente habituada a aquel caos, sopa de letras y confusión lingüística. No pude replicar. Intenté asimilar lo más deprisa que pude el cambio de situación, volví la cara y le hice un gesto de asentimiento. Comprendía perfectamente la primera lección teórica y ella me invitó a que probase yo misma. Titubeante, presioné la letra A con mi debilucho meñique izquierdo, letra que apenas llegó a imprimirse en el blanco folio. Repetí el intento con escaso éxito. Nuevamente y ya se fijó más la borrosa letra. Ella me dijo que siguiese practicando hasta cansarme, solamente con esa letra y con ese dedo, en su opinión, el más vago y desacostumbrado a trabajar.
Antes de marcharme a casa, quise realizar una última comprobación_ Mientras la profe corregía los ejercicios de los otros chicos, aprovechando que estaba ocupada y que no quedaba nadie en la clase, recorrí los cuatro pasillos, caminé entre las máquinas paradas y calladas, comprobando personalmente cómo eran los teclados. Todos de idéntica distribución: QWERT, QWERT, QWERT. Uno tras otro. Máquinas portátiles. Máquinas de oficina. Máquinas eléctricas. Todas iguales. Misterioso orden desconocido. Años más tarde supe, que aquella distribución conocida como QWERTY no era un capricho del fabricante de las máquinas de escribir_ Era un sistema científico que, estudiado por señores muy listos y duchos en la materia, permitía a los usuarios alcanzar mayor agilidad al escribir —en cualquier lengua—, pero supongo que principal y mayormente en la del país de origen de sus inventores.
Volví a casa feliz incluso, pese a la adversidad de las circunstancias. Casi corría por la calle, pletórica, con el aire azotándome la cara, donde se dibujaba, supongo, una sonrisa de satisfacción. En la mano, el folio lleno de aquella A minúscula e irregularmente marcada. Debajo del brazo, la carpeta azul con gomas. Apenas doblé la esquina de mi casa llamé a mi madre. Ella se asomó al balcón, donde cosía zapatos en su máquina y me saludó con la mano. Agité el folio mostrando mi recién adquirida habilidad. Casi no podía subir las escaleras de la satisfacción y el orgullo. Ya escribía a máquina. Mi sueño dorado de niña feliz.
Pero en los días siguientes se desinfló un poco mi ardor, debido a un imprevisto. Pasadas tres tardes de machacar la A y de paso el meñique, aquel pobre dedo enclenque estaba dolorido y yo diría que incluso un poco torcido. Llegué a ponerme una tirita, por si este remedio podía servir de algo, pero apenas comenzaba mi teclear repetido, el martirizado dedo se quejaba en silencio. Hablé incluso con mi madre acerca de dejar una semana las clases, hasta que pasara el dolor. Ella me dijo que aquello era como las agujetas de la gimnasia: síntoma de que producen el efecto deseado. Yo nunca había tenido agujetas en la barriga, porque no tenía barriga, por tanto no la pude entender. Felizmente aquello fue una simple anécdota que en nada empañó mi avance mecanográfico y que se subsanó en un par de semanas.
Conseguir la máquina mecánica portátil para mi uso personal y exclusivo fue, francamente, más complicado.
En casa no éramos precisamente lo que se dice una familia de clase media. Éramos más bien una familia trabajadora —mi padre, mi madre, mi hermana menor y yo— que subsistía y llegaba hasta fin de mes después de muchas cuentas y reajustes presupuestarios. Yo había manifestado, a los dos meses de empezar las clases, la necesidad de tener una máquina en casa para practicar, todo ello acompañado de unos folletos de máquinas portátiles con precios y demás características, Estaba muy cercana la fecha de mi décimo cumpleaños y me pareció oportuno dar a mis padres unas cuantas sugerencias para el regalo. Pero no pudo ser.
Llegaron las Navidades y con ellas los anuncios televisivos de una Olivetti portátil, azul, coqueta, esplendorosa, que una niña de cabellos rubios destapaba con ojos maravillados mientras parpadeaban las luces intermitentes de su árbol de Navidad. Pero ella seguramente era rica. O casi. Tampoco pudo ser.
Tuve que esperar hasta mi siguiente cumpleaños -ni más ni menos que quince largos meses- para conseguir mi máquina mecánica portátil de uso personal y exclusivo.
Era un 3 de septiembre por la tarde. Al día siguiente era mi cumpleaños. Mi padre volvía del trabajo cargado con una máquina que no era Olivetti sino una marca japonesa desconocida y supongo que más económica. Yo estaba comiendo mi bocadillo sentada en la mesa del comedor mientras veía la tele. Cuando puso el paquete sobre la mesa no necesité destaparlo para conocer su contenido. Mi máquina. Mecánica. Portátil. Para mi uso personal. Y exclusivo. Por fin.
Terminé la cena con una sola mano, mientras que la otra recorría el teclado con bastante agilidad, para comprobar que todo estaba en su sitio. Y así era.
Ahora han pasado casi veinte años desde aquellos felices días. Hoy tengo una máquina de escribir, grande, gris, una Olivetti Línea 98 de oficina, que me sirve exclusivamente para preparar mis eternas oposiciones a la Administración Local. Mi amor desinteresado y loco hacia las teclas se ha transformado en una relación agridulce que supongo no superaré hasta conseguir una plaza en propiedad. A veces pienso que si ese día llega, abriré la ventana y arrojaré la máquina por ella, feliz de haber conseguido el que hoy es mi objetivo prioritario. Pero pensándolo mejor, ¿cómo arrojar por la ventana un sueño de la niñez sin perder el recuerdo del ayer?
Extraído de la Revista Villena de 1998