SAN CRISPÍN VUELVE A LAS CRUCES
El santo zapatero y la santa que vivió en su ermita
Dicen que los pueblos no se miden por las piedras que conservan, sino por los oficios que recuerdan.
Villena tuvo murallas, tuvo marqueses, tuvo reyes. Pero lo que tuvo, sobre todo, fue manos. Manos que cortaban, que aparaban, que cosían. Manos con el olor a cuero metido en las uñas. Y esas manos necesitaban un santo que las entendiera. No un santo de capa y báculo, sino un santo de lezna y martillo. Un santo zapatero.
San Crispín.
Su historia viene de lejos, del siglo III. Dos hermanos nobles, Crispín y Crispiniano, que se fueron a la Galia y se pusieron a remendar zapatos para poder predicar. Los romanos, que no entendían de remiendos, los detuvieron y los decapitaron. Los zapateros de toda Europa los hicieron patrones. En Villena, cuando dejamos la azada para abrazar la máquina de coser, lo hicimos nuestro sin pedir permiso a nadie.
No estaba en el centro. Estaba arriba. Donde Villena siempre ha puesto lo que más quiere: en la sierra. En el Paraje de Las Cruces, a 550 metros, al final de la Calle Calvario, allí donde termina el Vía Crucis y empieza el cielo. Allí existió una ermita que tuvo tres nombres, como las personas que han vivido mucho: de Las Cruces, del Santo Sepulcro y de San Crispín.
Era de fachada pentagonal mirando a mediodía, con espadaña. Planta en forma de T, con dos cúpulas de media naranja cubiertas de teja y rematadas con linternas y veletas. No aparece en la Relación de 1575, pero en 1780 ya está, con nombre de Santo Sepulcro.
A esa ermita se le adosó el Convento de las Siervas de Jesús, las monjas del Calvario, de la rama claretiana. Allí se guardaban los pasos de Semana Santa que bajaban a San Antón. Los mayores decían que algunos eran de Salzillo, y no es descabellado: Villena perteneció a Cartagena hasta 1954.
En una capilla lateral, pequeña, estaba él. San Crispín.
El 25 de octubre de 1955 Villena hizo algo nuevo. Celebró por primera vez con carácter provincial la festividad de San Crispín, patrón del Sindicato de la Piel. Vino el Secretario Provincial, Luis González de Castro, y se inauguró oficialmente la capilla-ermita junto a la de Las Cruces. Era la puesta de largo de la Villena industrial.
Veinte años después, en 1974, se hizo la última fiesta arriba. La ermita ya estaba en ruinas por el desvío de la nacional. Aquel almuerzo de despedida, lo recuerdan todos, fue a base de sardinas en aceite. Sin más. Así se despidió una ermita de 200 años.
La imagen se salvó. La llevaron al Santuario de Las Virtudes, donde sigue en el altar de las ofrendas. Durante años, todo - bocadillos, refrescos, gachamigas - se pagaba vendiendo pañuelos conmemorativos de San Crispín.
En 1985 unos pocos se negaron a que se perdiera. Crearon la Comisión de Amigos de San Crispín. Con la ACICAV al frente, recuperaron la romería, la misa y la procesión por Las Virtudes.
Ahora: Las Cruces vive
La nueva directiva de la Asociación de Vecinos Las Cruces - San Crispín ha decidido que San Crispín no se recuerda, se celebra.
Este domingo 25 de octubre:
7:45 h, pasacalles desde la Plaza de San Crispín.
8:30 h, concurso de gachamigas y ajo en el merendero. Ellos ponen ingredientes y leña. Tú traes sartén, paleta, trébede, mortero y maza.
10:00 h, almuerzo popular villenero.
Como en agosto, cuando hacen chocolate con churros, campeonato de truque, festival de títeres y café teatro.
Epílogo: La santa que nació en la misma casa
En esa misma ermita y en ese mismo convento pobre nació otra historia, casi olvidada.
El 15 de octubre de 1915, día de Santa Teresa, una joven de 22 años llamó a la puerta del convento más pobre que había: el de las Hijas del Calvario de Villena. Quedaban siete religiosas. Era de clausura y estaba en ruinas. Se llamaba María Josefa Alhama Valera, venía de El Siscar, Murcia, hija de jornaleros, la mayor de nueve hermanos.
Ella escribió: “Salí de la casa paterna con la gran ilusión de ser santa, de parecerme un poco a Santa Teresa, a quien no le asustaba nada... dejando a mi madre en el lecho del dolor sin esperanza de verla más”.
Allí le pusieron Esperanza. Esperanza de Jesús Agonizante. Luego Esperanza de Santiago. En Nochebuena de 1930 se fue a Madrid y fundó las Esclavas del Amor Misericordioso. Construyó el Santuario de Collevalenza en Italia. Hoy es Beata. La Madre Esperanza.
Del Calvario de Villena no queda nada. Pero en Collevalenza se guardan dos cosas que se salvaron de las ruinas de Villena: la gran cruz de hierro del campanario de Las Cruces y una maqueta del convento que ella misma hizo con frutos secos y pesetas.
Así que cuando subas este domingo a Las Cruces, cuando veas el humo de las gachamigas y oigas el pasacalles en la Plaza de San Crispín, piensa que estás en el mismo sitio donde un santo zapatero y una santa jornalera se hicieron villeneros.
Dicen que los pueblos no se miden por las piedras que conservan. A veces se miden por el humo que sube de una sartén un domingo de octubre. Allí siguen los dos.


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