CUANDO LAS RAÍCES VUELVEN A CASA
Hay cosas que regresan sin haber estado nunca.
Un recuerdo.
Un nombre.
Una mirada.
Y quizá también una escultura.
A veces paso por el Paseo Chapí y miro el Oso y el Madroño de Ányel Martínez.
No lo miro como quien contempla una obra recién colocada.
Lo miro como quien acaba de descubrir que algunas historias necesitan mucho tiempo para volver a encontrarse.
Porque ese oso tiene detrás otro nombre.
Antonio Navarro Santafé.
Un hombre de Villena que llevó sus manos, su oficio y su imaginación hasta Madrid y dejó allí una figura que acabaría convirtiéndose en símbolo de una ciudad.
Y ahora, muchos años después, otro villenense vuelve a tocar aquella historia.
Pero no para repetirla.
Para conversar con ella.
Eso es lo que más me interesa de Raíces del Alma.
Que Ányel no ha intentado devolvernos el pasado.
Ha hecho algo mucho más difícil: mirarlo desde el presente.
Ha cogido el acero, su materia, su manera de entender la escultura y su propia historia y ha construido otra mirada sobre aquello que un día hizo Navarro Santafé.
Quizá por eso este oso no sea solamente un oso.
Ni ese árbol sea solamente un árbol.
Hay algo de nosotros ahí.
Porque una ciudad también tiene raíces.
Las tiene en sus artistas.
En quienes se fueron.
En quienes regresaron.
En quienes siguieron creando y dejando su huella en el camino.
En los nombres que conocemos y en tantos otros que todavía esperan que alguien los vuelva a pronunciar.
Por eso me gusta pensar que esas 4.444 hojas no están ahí solamente para impresionar.
Están para recordarnos algo.
Que una obra grande también se construye con pequeñas cosas.
Una hoja.
Otra.
Otra más.
Miles de gestos hasta conseguir un árbol.
Como una ciudad.
Como una vida.
Como la memoria.
Y debajo de todo, las raíces.
Las que no vemos.
Las que trabajan en silencio.
Las que sostienen aquello que permanece cuando todo lo demás cambia.
Quizá eso sea lo que Ányel ha hecho sin proponérselo: poner delante de nosotros una pregunta sobre lo que hacemos con nuestro propio legado.
Porque no basta con decir que Navarro Santafé nació en Villena.
No basta con recordar su nombre.
Hay que conseguir que siga dialogando con nosotros.
Que su obra no se quede encerrada en el pasado.
Que alguien pueda tomarla, mirarla desde otro tiempo y decir:
ahora me toca a mí continuar la conversación.
Y quizá ahí esté la verdadera belleza de esta historia.
Un escultor de Villena creó un símbolo que acabó convirtiéndose en parte de Madrid.
Otro escultor de Villena lo ha vuelto a mirar desde su ciudad.
Entre ambos hay años.
Hay acero.
Hay distancia.
Hay una manera diferente de entender el arte.
Pero también hay algo que no ha cambiado:
la raíz.
Porque las raíces no siempre sirven para quedarse.
A veces sirven para poder crecer lejos.
Y otras veces, para saber regresar.
Quizá por eso este oso me parece menos una escultura que un regreso.
El regreso de un nombre.
El regreso de una memoria.
El regreso de una parte de Villena que, después de viajar muy lejos, vuelve a echar raíces aquí.
Y mientras el acero cambia con el tiempo, mientras las hojas permanecen juntas sobre el árbol y las generaciones pasan delante de él, quizá nosotros también aprendamos a mirar de otra manera.
No solo para ver lo que tenemos.
Sino para reconocer lo que somos capaces de crear.
Porque una ciudad que conoce a sus artistas conoce también una parte de sí misma.
Y Villena tiene muchas raíces.
Esta es una de ellas.