Villena. Seguridad y trascendencia del museo del botijo.
La cerámica es el arte de fabricar objetos y de adornarlos, utilizando el agua, la tierra, el aire y el fuego, es decir, los cuatro elementos que los presocráticos designaban como «materia del mundo» o elemento primordial y final de todos los seres.
Durante el tiempo en que el hombre dejó de ser cazador y se hizo sedentario, es decir en el Neolítico, nació la necesidad de guardar los alimentos y el agua; con ello, consecuentemente, nació la cerámica y la bella conquista de su arte.
Numerosos son los objetos hechos por los alfares de todos los tiempos. Todos conocemos las cerámicas de Sévres, Toledo, o de Manises y Paterna; muchos son los que estimulados por singular inquietud cultural, coleccionan jarras, aguamaniles, platos y otras especialidades ceramísticas; pero pocos fijan su atención, concretamente, en una de ellas, en la que quizá más servicios haya hecho al hombre, incluso al cazador del neolítico, quien en sus correrías acaso ya guardaba «su» agua en una vasija de barro en la cual dicho líquido no se pudiera verter: UN BOTIJO.
Casi se puede asegurar que la cerámica del botijo es peculiaridad de España; de tal modo, que la existencia de estas piezas en otros países presupone el paso por ellos de la cultura y costumbres españolas. Y así, además de su existencia en Italia, Países Bajos, y probablemente Filipinas, nosotros sin salir de Villena podemos contemplar botijos de otras nacionalidades: Méjico, Colombia, Perú, Paraguay, Portugal, Francia, Alemania, Turquía (sefarditas) y Marruecos. Actualmente el Estado ruso Fabrica botijos, y de ellos existe un ejemplar en el Museo villenense; pero tal hecho es debido a una de las múltiples facetas de la sociedad de consumo, de la cual, gran conocedora, la empresa estatal soviética se sirve para venderlos en Hispanoamérica.
Según nuestros conocimientos, el botijo más antiguo conocido en España es el de Elvira (Granada), el cual se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid; pero no es necesario ir a conocer estas antiguas piezas fuera de Vi-llena, puesto que en nuestro Museo Arqueológico se puede admirar un curioso botijo del siglo IV a. de J. descubierto por don José M.ª Soler en el yacimiento ibérico del «Puntal de Salinas», y del que existe una copia en el Museo del Botijo de Villena.
También este Museo nos presenta un modelo que por su singularidad, digamos racial, nos traslada desde la época actual a los botijos de la Edad Moderna. Se trata de un ejemplar de cobre adquirido en Estambul y procedente de los judíos sefarditas actuales, mantenedores de las costumbres de sus antepasados que tras su expulsión de España por los Reyes Católicos, emigraron a otros países.
En Villena queda mencionada la alfarería del siglo XVI, cuando los alcaldes ordinarios D. Pedro Rodríguez Navarro y D. Damián Díaz, reunidos con los regidores en Ayuntamiento de 27 de diciembre de 1577, dan una serie de órdenes sobre el pago de impuestos de los productos que se han de vender todos los jueves en la Plaza Pública (el Mercado Viejo), «siendo francos de mitad de alcabala y no paguen almojarife todo género de TIERRA y VIDRIO»; y «la víspera de Ntra. Sra. de Septiembre y el día después, sean francos de alcabala, los que se vendieren cien pasos alrededor de la Ermita».
Nos imaginamos a aquellos villenenses, llegados en romería a la Casa de la Virgen, comprando «sombreros de fieltro y seda, zapatos, chapines, cintas, frutos secos, vino, confituras, cosas de tienda y demás virguerías». Y pasado el bucólico día, los vemos, a través del tiempo, volver con sus compras, más baratas que el resto del año, y entre ellas al botijo, el cual lleno de agua de la Fuente del Chopo, les ha refrescado, y que probablemente lo había fabricado Jaime Burruezo, de quien sabemos que en el Ayuntamiento de 21 de julio de 1605 leyóse una petición en que pide su salario de ALFARERO.
Procedente del siglo XVIII, podemos contemplar en el Museo del Botijo un digno ejemplar. Se trata de un modelo de Manises, cuya importancia está en la técnica y arte de su decoración elaborada, sobre vidriado blanco, con «reflejos metálicos» dorados, los cuales fueron introducidos allí según Violant y Simorra, por los siglos XIV y XV tras venir a España de Egipto y Persia.
Dentro de la cerámica, el botijo es el «hermano pobre». Su vida es efímera. Como todo objeto utilitario, muere cuando cesa el fin para el cual se fabricó. Si el botijo no da agua fresca, están contados sus días.
Llegada la segunda mitad del siglo XX, aparece el arrollador consumismo; el hombre compra una y otra vez; es necesario llevarse un recuerdo de tal o cual lugar. Es entonces cuando la máquina sustituye al caballo, la flor artificial a la natural... y el frigorífico al botijo; más desaparecido su fin primordial, a pesar de ello no acaba su fabricación, acaso en ésta se sustituye el horno de leña por el eléctrico y éste se subordina al consumismo. La alfarería vuelve a su auge e incluso el artista de la cerámica halla un mayor campo donde plasmar sus inquietudes, ya sea en el color, en la forma o bien en el dibujo.
En el Museo del Botijo, su director y propietario D. Pablo Castelo está inclinado a mantener, como así lo hace, el mayor porcentaje de verdadera artesanía popular. De la época actual posee piezas de gran valor artístico, y por supuesto también económico. Una de las que con mayor agrado se pueden admirar, además de las anteriormente citadas en estas líneas, es la obra del artista conquense Pedro Mercedes, la cual está hecha con el no fácil de encontrar barro negro; y en el cual ha trazado motivos de una cacería compuesta por un hombre, dos perros y la elegante línea de un ciervo. Esta forma de trabajar y decorar la cerámica le ha dado fama a este singular artista, que al no repetirse hace que esta pieza sea única y por ello muy estimada.
Admiremos también en este Museo las piezas de Sanguino, de Toledo; Luis del Castillo, de Cuenca; Vior, de Alcorcón; Navarrete, de Logroño; Duarte, de Ibiza; Mora, de Mucha-miel; y Barrutti, de Alicante.
Contiene este Museo magníficas piezas de Monserrat hechas por una religiosa de Monjas de Clausura de San Benito; y piezas valiosas de Sargadelos (Lugo) y de hasta cerca de 100 localidades distribuidas por la geografía española De la comarca villenense, contemplamos las piezas de Fernando Amoros, de Biar, cuyo grupo posee especial valor por su variedad de formas y las cuales actualmente continúan fabricándose de parecida línea por el también biarense señor Maestre, quien ha dedicado una valiosa pieza al director del Museo.
El visitante puede apreciar el arte existente en este Museo, donde es preferida la pieza modelada a mano que la torneada a pie, y ésta, a su vez, a la de motor, o bien, el vidriado «al pincel» que al de baño. Mas su atención quedará absorta ante la gran variedad de colores, ya sean de altas o bajas temperaturas de cocción. De formas, ya sean animalísticas: gallos, toros, cerdos, perros, caballos, ciervos, perdices, gatos, reptiles o caracoles; ya de productos hortofrutícolas: granadas, limones, naranjas, caquis, tomates, pimientos, melones, sandías, o calabazas, de las cuales se observa una con la figura de la «Ruperta», de rústica manufactura, hecha con las arcillas del río Moca; ya un conjunto de relojes, o de construcciones: torres, barracas; o bien de figuras y caras; músicos, soldados, curas, niños, arlequines, sirenas, sin faltar la del dios Baco, ni las de don Quijote y Sancho Panza, procedentes de La Roda. Encuéntranse también formas geométricas, abstractas y de objetos varios: toneles, paellas, flores, cestas, y el llamado Botijo de San Hipólito, de pura artesanía popular y sencilla, mas no por ello menos ingeniosa; pues está realizado en homenaje a la paternidad de dicho santo que fue el progenitor de las Santas Justa y Rufina, Patronas de los alfares, y que un rústico aragonés, en su no menos rústico torno, quiso perpetuar en barro. Este botijo tiene un precedente dentro del campo de la cerámica precolombina y que el ceramista de Villafeliche desconoce; se trata de una vasija del Perú conocida con el nombre de «hombre itifálico» (de ithus: derecho) y que se conserva actualmente en el Museo Nacional de Historia Natural de París.
Como escasos ejemplares, fuera de la alfarería, contiene el Museo, dos modelos de madera y aluminio, hechos por el artesano-torne. ro villenense, Ramón Hernández Faura, ya jubilado y residente en la calle Calvario de nuestra ciudad.
Este Museo que se encuentra al principio de la calle Párroco Azorín, de Villena, es dirigido por su propietario don Pablo Castelo Villaoz, extrovertido y prudente, de innata simpatía, captador de amigos, sin artificio de ninguna clase y coleccionista por antonomasia. Tras varias y muy interesantes colecciones ha sedimentado su afición en ésta de que tratamos para llegar a reunir, en la actualidad, hasta más de quinientos botijos. Tenacidad e ilusión, son las virtudes que le han servido para conseguir el ya internacionalmente conocido Museo del Botijo que tanta nombradía da a Villena.
Los Ceramistas acuden para conocer viejos y únicos modelos. Por él desfilan numerosos profesionales de distintas facetas: bailarines, Antonio Gades; cantantes, Marisol; políticos, Areilza y Fraga; escultores Antonio Navarro Santafé; arqueólogos, José María Soler García; pintores y dibujantes, Pedro Marco, Pablo Lau, el japonés Masaya Mishimoto y Blas Hernández; periodistas, Eduardo Sotillos y Elisa Valero; profesores de Universidad, el geólogo J. Javier Cruz Sanjulián; del Patrimonio Cultural, Museos y Archivos, Luis Ortega; y además, catedráticos de Instituto, magistrados, médicos, abogados, historiadores y otras numerosas personas de España y del extranjero amantes de las Artes y de todo lo bello, que en el libro de firmas del Museo han expresado diversas emociones siendo algunas de ellas dignas de alabanza.
Mas el Museo del Botijo también ha salido de la calle Párroco Azorín para ser conocido en la provincia, en España, y en varios países de Europa.
Periodistas alicantinos se han acercado a Villena, lo han visitado y han escrito reportajes sobre él en los periódicos «Información» y «La Verdad».
La poetisa Adelaida Martí, en su libro «Retazos Poéticos», escribe un poema dedicado a Pablo Castelo glosando su noble afán.
El «NO-DO» filma un reportaje donde aparece el Castillo de la Atalaya, fachada del Asilo y el Monumento a Ruperto Chapí, para continuar con un amplio espacio dedicado al Museo del Botijo, terminando con una panorámica de Villena.
Televisión «Aitana» recoge el reportaje del Museo y lo muestra a todo Levante. Los Cines de todas las Salas de España lo muestran a todas las gentes. Televisión española da a conocer su reportaje sobre el Museo Arqueológico «José M.ª Soler», exteriores de la Ciudad y el Museo del Botijo.
En Alemania aparece un espacio televisivo dedicado a los trabajadores españoles que se extiende a otros cinco países: Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suiza y Francia. Este espacio se titula «Aquí, España» y son muchos los viIlenenses, entre otros Alfonso Martínez García, y Carmen Alpañés Valdés, los que narran con emoción haber podido contemplar así a su pueblo y permitirse lícitamente, vanagloriarse ante los demás de los aspectos culturales de su tierra natal, que ni siquiera ellos habían podido conocer, como así sucedía con el Museo del Botijo. Los villenenses diseminados por toda la nación, que sorprendidos veían dicho reportaje en una Sala de Cine o bien por la Televisión narran las mismas emociones.
Aquí en Villena, del 15 al 22 de mayo de 1976, entre los actos organizados en la Semana de San Isidro Labrador fue expuesta en la Cooperativa del Vino «Virgen de las Virtudes» gran parte de la colección de botijos que compone el actual Museo. Esto nos recuerda a un programa de televisión que vimos en la primera quincena de mayo de este año, en el cual aparecía en una interviú, el cantante Ismael, quien comentaba su colección, entre las escasísimas que existen, compuesta por trescientas piezas y que iba a ser expuesta en las Fiestas de San Isidro de Madrid.
Oficialmente y relacionado con el botijo sólo existe una localidad española, Argentona (Barcelona), ciudad que anualmente organiza concurso y exposición. Pablo Castelo, incansable viajero cuando de botijos se trata, acudió este año a Argentona y tuvo la satisfacción de ser preferentemente recibido, pues ya conocían su Museo dado que dos días antes lo habían visto proyectado en una Sala de aquella localidad.
Los villenenses todos, los de fuera y los de dentro, podemos enorgullecernos de poseer aquí, a la sombra de nuestro Castillo y Torres, un Museo casi único, de esta singular variedad de la cerámica: peculiaridad hispánica ante el mundo.
Villena, 1978
Extraído de la Revista Villena de 1978