1951 EL ESPAÑOLISMO LÍRICO DE RUPERTO CHAPÍ

EL ESPAÑOLISMO LÍRICO DE RUPERTO CHAPÍ
1851 - MARZO - 1951 por… A. Fernández - Cid
Primer premio de artículos periodísticos en el certamen convocado por la Comisión Organizadora de los actos del Centenario. Publicado en el diario «Arriba» de Madrid.
La ecuación perfecta de instinto y estudio, inspiración y base técnica sólo en raras ocasiones se produce. Los puros resultados de un espíritu incipiente de artista son, a lo sumo, balbuceos ingeniosos. Los simples logros de un compositor dueño del oficio, al margen del vuelo creador, frías, inhóspitas muestras de un academicismo impersonal. El músico ha de nacer, y debe trabajar, hasta la obtención de una forma que refleje ideas y sentimientos, con arreglo a conveniencias estéticas.
La natural disposición, a veces oculta largo tiempo, ha de conseguir oportunidad propicia para desvelarse. Chapí la tuvo inmediata. Fué niño prodigio. Deslumbró a parientes, amigos y paisanos con su talento excepcional. Estudió en Villena, con precocidad de que todos sentían orgullo; trabajó en Madrid como alumno aventajado; perfeccionó, pensionado en Roma, su formación; supo del ajetreo musical de un París ya entonces abierto a los más encontrados vientos artísticos. Después conoció las penalidades, los afanes y angustias, las crisis, problemas y esperanzas; los fracasos y triunfos de la vida profesional. Sólo entonces Ruperto Chapí, nimbado por el genio desde que nació, pudo llamarse músico, con doble título de creador y ejecutante.
Chapí es el compositor de zarzuela «tipo». Para ello tenía inspiración fresca, vena lírica, sentido escénico, capacidad de asimilación y soltura de trazo. Además, sensato criterio, que acredita cuando elige un camino adecuado, no sólo a sus condiciones, sino también a los gustos del momento. Porque las posibilidades quedarán demostradas en todos lo.. géneros. Cuatro cuartetos, con peculiares ritmos y aromas, una sinfonía en verdad híbrida, alguna «suite» más original—los «Gnomos de la Alhambra», la «Fantasía morisca»—oratorios y motetes, la polaca de concierto, dejan claro testimonio de que el músico «puede y no quiere»; de que, al menos, prefiere dedicar sus afanes al campo lírico, que siembra, en fructífera derrama, con siete óperas y más de doscientas zarzuelas.
Habría de llegar un momento en que las circunstancias cambiasen. En aquel entonces, éxito y pecuniarias compensaciones se hallan en el teatro. Ruperto Chapí lo cultiva. Quizá hoy le viésemos en la vanguardia de nuestros compositores sinfónicos, y hasta en lucha por el cinematográfico mercado, como suministrador magnífico de partituras con destino al celuloide. Quizá su fuerte personalidad vivificase el ambiente, harto enrarecido, y sal vase la crisis actual de nuestra zarzuela. Es igual. En todo caso, Chapí sería un gran músico, tan admirado como lo fué en su tiempo.
Federico Chueca, intuitivo maravilloso, habría tenido que componer pasacalles, valses, «foxes», «buguis» —que «las ciencias adelantan...» - , y su mundo saineteril puede que admitiese ampliaciones: la comedia musical, la revista, incluso algún que otro espectaculillo folklórico. Como las demandas serían muchas, y su fuerte no estribó en la instrumentación, ¡quién sabe!, a lo peor se convertía en un extraordinario metodista, con profesionales a sueldo para los arreglos. Chapí, no. Le imaginamos autor de poemas sinfónicos y conciertos, de sonatas y «suites», de óperas y zarzuelas—siempre que el Real y el Lírico Nacional abriesen sus puertas—, y de música para radio y cine. Todo, eso sí, con rango indiscutible.
Sólo ridículos puritanos del concierto dejan de solazarse con las obras de Chapí. Músicos de campanillas confiesan, en cambio, su devoción. Aficionados con etiqueta de filarmonismo notorio vibran de entusiasmo. Que sobran las oportunidades. Unas veces por la emoción limpia de la melodía: el tan maltratado nocturno de «El rey que rabió»; otras por el garbo de un giro espontáneo: dúo de «El puñao de rosas»; el hábil empleo de conjuntos, un poco «allá italiana»: «La tempestad»; la picardía de glosa y transcripción: «Música clásica»; la riqueza de escritura, el rango del fondo instrumental: «La bruja»; el castizo arranque: «Las bravías», «La revoltosa», en que un lirismo muy de Madrid por el ímpetu, muy levantino por luminoso, encienden multitudinarias explosiones.
Ruperto Chapí, además, ¡sabe hablarnos con un lenguaje tan españolísimo y, por ello misma tan universal! Cuando, todavía no hace un año, la Orquesta Nacional regaló en el parisino teatro de los Campos Elíseos el preludio de «La revoltosa»; cuando atacó ras frases pimpantes, mientras discurría el musical mensaje, temblaba en el aire, caliente, prometedor, el «¡Ay, Felipe de mi vida!», y jubilosos, restallantes de donaire, se imponían los piropos que cierra la confesión: «¡Eres tú, porque te quiero!...»; cuando, en fin, los tres acordes rotundos daban paso a una interminable sucesión de gritos y ovaciones frenéticas, nadie en la sala mantenía su serenidad. Los franceses reclamaban, admirados: «¿Qu'est -ce que c'est ca, «Gevoltosá»?; los españoles, alejados de su patria, lloraban sin disimulo; nosotros, intérpretes y seguidores, gozábamos, nerviosos, del espectáculo.
¿Música sinfónica, música de zarzuela? Buena música. Y nuestra. Música de ayer, de hoy, de siempre. Como Ruperto Chapí. Mas, al siglo de su nacimiento, el género lírico se halla en crisis, sin apenas apoyos, con muy escasos alicientes. ¡Ah, si surgiese un nuevo 1897, con "La Gan Vía", "La viejecita" y "La revoltosa" en los carteles! Pero si el presente no es propicio y el futuro se ofrece incierto, ¿cómo prescindir del pasado? ¡Y qué mal se conoce aquel repertorio por nuestra generación! En 1909, poco antes de fallecer, estrenó Chapí en el Real su "Margarita la Tornera". El éxito fue inmenso. ¿Cuántos aficionados actuales la han oído? ¿Y «Curro Vargas»? ¿Y «El milagro de la Virgen»? Operas, zarzuelas, sainetes, esperan la revisión cuidada. ¿Qué mejor protección al género lírico? ¿Y cuándo en momento más oportuno? Ahora que se cumplen los cien años de su nacimiento, el «Chiquet de Villena», y, con él, Gaztambide, Arrieta, Barbieri, Fernández Caballero, Bretón, Usandizaga, Vives, músicos todos de un glorioso ayer lírico, podrían revivir, a través de sus más logradas partituras. Pero, claro, en campaña de amplias ambiciones, con apoyos en consonancia. A nada conducen nuevos intentos en precario. Serían precisos coros y orquestas nutridos, buenos elementos de conjunto, figuras de clase, cuidado escénico, y ensayos, muchos ensayos. Sólo entonces se habría realizado una prueba concluyente sobre la vigencia o caducidad del género lírico en los gustos del público contemporáneo.
Y de esta forma cristalizarían en algo efectivo los recuerdos y homenajes en memoria de Ruperto Chapí, músico fundamental en la historia de la composición patria.
Extraído de la Revista Villena de 1951

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