1971 LA SINGULARIDAD DE LA COMARCA VILLENENSE EN LA PREHISTORIA VALENCIANA

LA SINGULARIDAD DE LA COMARCA VILLENENSE EN LA PREHISTORIA VALENCIANA
Por Enrique A. Llobregat - Director del Museo Arqueológico de Alicante.
Difícilmente habrá en la geografía peninsular una comarca conocida más a fondo en sus aspectos arqueológicos que la villenense. La continuada labor de José M.ª Soler y su equipo de colaboradores durante varios lustros, ha dado pie a una densidad de hallazgos especialmente notable, y especialmente ilustrativa. Notable por la riqueza y calidad de muchos de los materiales. Ilustrativa sobre todo porque pone de manifiesto de forma paladina, hasta qué punto los esquemas pedagógicos de que nos valemos al clasificar la antigüedad prehistórica, no resisten el choque de la confrontación con los hechos reales cuando son conocidos en amplitud y extensión. En efecto, el conocimiento siempre escaso que tenemos del pasado histórico, apoyado en escasos yacimientos, a veces separados por cientos de kilómetros, conduce a los investigadores en sus trabajos de síntesis, a realizar agrupaciones arriesgadas, a trazar grandes áreas culturales que engloban más lo que no sabemos que lo conocido, y a esquematizar en etapas una evolución histórica que tuvo que ser necesariamente compleja y matizada. Complejidad y matices que se pierden siempre al contemplar los hechos desde estas perspectivas lejanas, esquematizadoras y con una inquietud clasificatoria más que histórica. Este mal, sin embargo, es necesario, y sólo gracias a la obra de quienes han tomado sobre sus hombros esta tarea de síntesis, se puede seguir adelante en la investigación y llegar a un conocimiento más evolucionado por la crítica que los nuevos datos aportan.
Desde este punto de vista, Villena ha sido y es un centro clave, piedra de toque de las teorías aceptadas, que las ha hecho modificar repetidas veces por obra de sus novedosos hallazgos- De ahí que me haya inclinado a hablar de esta singularidad villenense que esencialmente es el fruto de un conocimiento extenso.
En líneas generales, poseemos datos sobre la vida humana en la comarca villenense desde al menos el paleolítico medio (en unas fechas que por comodidad cifraremos alrededor del cincuentavo milenio antes de nuestra era) hasta la época romana avanzada. La riqueza de yacimientos arqueológicos hace que este poblamiento podamos seguirlo con relativa comodidad, sin saltos, sin soluciones de continuidad, lo que representa ya —para un área geográfica reducida— una singularidad altamente notable.
Salvado el período más viejo, la cultura mus¬teriense de la Cueva del Cochino, que nos hace enlazar con la etapa en que el país estaba poblado por aquella rama de homínidos recesiva que recibió el nombre de hombre de Neanderthal, y cuya clasificación está clara, tenemos un momento, el que las nuevas tendencias llaman por los tipos de sus industrias leptolítico (de las piedras finamente trabajadas y adelgazadas), que cubre lo que en las síntesis habituales se denomina paleolítico superior y mesolítico o epipaleolítico, y que presenta en la comarca villenense una rica y extraordinaria complejidad. Recientes estudios de Soler y una tipología sugestivísima de los microlitos geométricos que aún no ha visto la luz, han puesto sobre el tapete los problemas que estas etapas plantean. Hoy la visión tradicional del Paleolítico levantino ha hecho crisis y nos encontramos en una etapa de revisión de los problemas, en la que los estudios que el profesor J. Fortea, de la Universidad de Salamanca, está llevando a cabo, traerán nueva luz sobre la cuestión. Los avances que lleva publicados inclinan a pensar que supone una personalidad peculiar para toda esta zona, liberándola de las ataduras que la ligaban a las secuencias clásicas del paleolítico y mesolítico franceses, que a lo que parece no tienen nada que ver acá.
Momento tan controvertido no es para comentar antes de que no se hayan clarificado los problemas, pero interesa ponerlo corno base y clave de una evolución posterior en que Villena muestra ampliamente esta peculiaridad que va a ser el leit-motiv de este estudio. Me refiero a la riqueza en tipos líticos que manifiestan las estaciones «mesolíticas» villenenses, cuales las cuevas de la Huesa Tacaña o la del Lagrimal, con su interesante estratigrafía. Esta riqueza en tipos líticos va a matizar las etapas subsiguientes de forma inconfundible, y así nos encontraremos en la base del utillaje de los yacimientos de superficie de Casa de Lara y del Arenal de la Virgen, una riquísima tradición de sílex talla¬do que es uno de los factores principales de su singularidad.
Porque, y con esto comienzan los problemas, la comarca villenense nos va a presentar una facies muy peculiar en las primeras etapas prehistóricas a partir del Neolítico. Si nos apoyamos en las síntesis clásicas acerca del Neolítico del este peninsular, y no hay motivo alguno para dudar de su validez, nos encontramos con que las manifestaciones más genuinas del período son un hábitat en cuevas y un utillaje doméstico en el que irrumpe pujantemente la invención de la cerámica, invención llegada de fuera, como lo testimonia su forma y decoración, paralelizables con un amplio conjunto de cerámicas que llega desde nuestras costas hasta las del Levante mediterráneo, con claros ejemplares libaneses y sirios. Allá hay que buscar el origen de esta moda, de este avance de la cultura material y las fechaciones obtenidas por el método del carbono radioactivo son contestes en afirmarlo. Toda la periferia oriental peninsular se jalona de estos yacimientos, y ya desde los tiempos de Bosch Gimpera, el -patriarca de tales estudios en nuestro país, se habla de una «cultura de las cuevas» para esta etapa.
Una cultura de las cuevas que comporta, como los estudios y análisis posteriores han venido a ratificar, la existencia de un cultivo tan difundido que permite el almacenamiento de excedentes de producción, y en tal sentido hablan los ricos depósitos de diferentes especies cereales aparecidos en la Coya de l'Or de Beniarrés: la existencia de una primitiva domesticación de animales, y una larga evolución tecnológica, que dura más de un milenio, según podemos ver en la misma Coya de l'Or y que conduce desde unos tipos cerámicos con decoración impresa y cardial (obtenida por la impronta de peines, matrices o bordes de conchas de Cardium edule sobre el barro tierno de las vasijas) hasta unos tipos de cerámica lisa que marcan el fin de la etapa en la misma cueva y que han podido fecharse bien por hallazgos andaluces corno los de la cueva de Nerja, recientemente datada por el método del carbón radioactivo. Tomando esta cueva, o su semejante, la de La Sarsa de Bocairente como modelo, podemos hacernos una idea arquetípica de lo que era esta cultura neolítica del este peninsular, sobre todo en las zonas más orientales. Hacia el interior nos encontrábamos con algunos yacimientos que hay que atribuir al mismo período, por lo menos en cuanto al status de civilización, aunque sus manifestaciones de cultura material fueran diferentes: ausencia de la cerámica de decoración impresa y rica tipología lítica, de carácter residual, remanente de las etapas anteriores. A esto algunos autores le denominaban un Neolítico de montaña, empobrecido. La clasificación era válida. Hoy más que nunca, después de los hallazgos de cerámicas impresas en la isla de Riou, cerca de Marsella, tenemos la certeza de que la difusión de las corrientes neolitizadoras era costera --si no marítima— y que comportaba, junto con una rica variedad cerámica, un empobrecimiento che las tradiciones de talla del sílex. Esta peculiaridad ya fue advertida en fecha tan temprana como el 1954 por Fletchr, quien señalaba una doble faceta en el neolítico inicial: el costero sensu lato, con cerámicas decoradas y pobre material lítico, y el del interior, en la montaña. con cerámica incisa y rica tradición lítica manifestada por los microlitos. En su clásica síntesis, tan valiosa para la clarificación de los problemas de la prehistoria valenciana, Tarradell no se decidía por ninguna de las dos hipótesis: o bien neolítico marginal para los yacimientos de montaña, o bien perduración arcaizante.
Planteadas así las cosas, hete aquí que Villena irrumpe con unos yacimientos de llanura en los que nos encontrarnos con cerámica impresa asociada a sílex tallado con riqueza y variedad de formas. Por dos puntos se rompía la línea del esquema tradicional: yacimiento de llanura y asociación entre cerámicas impresas y sílex de talla rica y complicada. ¿Qué ocurre aquí?
En primer lugar analicemos los hechos estrictos: la comarca villenense proporciona dos yacimientos: La Casa de Lara y el Arenal de la Virgen, en los que una prospección sistemático y cuidadosamente repetida ha proporcionado varios miles de piezas de sílex y fragmentos cerámicos. Ciñéndonos a la Casa de Lara, eme en el que ha tenido una difusión mayor entre los medios científicos, tenernos una tipología de material lítico que comporta abundante industria de núcleos y de hojas, con diferentes tallas y retoques, una rica industria microlítica y de dorsos rebajados, y una buena representación de la talla bifacial en el conjunto de las puntas de flecha. Una industria lítica que clasificada tipológicamente abarca una perduración que va desde el mesolítico hasta el calcolítico (no menos de cinco milenios). Junto a estas piezas de piedra, los fragmentos cerámicos con una gama que abarca las cerámicas impresas, incisas, peinadas, y lisas, cuya tipología puede llevarse desde un Neolítico antiguo hasta posiblemente la edad del Bronce, como propugnan algunos vasos de perfil aquillado que se ha podido reconstruir.
La mixtura es explosiva. Son muchos los milenios que se amalgaman en la masa de material que nos presentan estos yacimientos, a los que ha venido a añadirse en época más reciente, y para fechas arqueológicas más modernas, el de La Macolla Vuelvo a repetir que si nos fijamos en la tipología de los materiales, la clasificación ha de llevarse desde el Mesolítico hasta la edad del Bronce. Suponer una perduración de la habitación en el mismo lugar durante tanto tiempo, rompiendo por completo las leyes ecológicas que se ha deducido de los yacimientos comunes: vida cavernícola para el mesolítico y neolítico, vida en poblado de llanura para el calcolítico, vida en poblado de montaña para la edad del Bronce, es realmente muy duro. Pero la evidencia de los materiales no puede negarse. Vamos a intentar cohonestar esta evidencia con los -últimos datos de la investigación a fin de explicarnos un fenómeno, que si fuera único podría ser achacado a casualidad, pero que al repetirse por tres veces en un ámbito geográfico reducido, exige mayor análisis.
La coexistencia de microlitos geométricos y cerámica de decoración impresa en el mismo yacimiento ya puede aceptarse perfectamente. Nuevas excavaciones —aún inéditas, lo que me impide dar más precisiones— del Servicio de Investigación Prehistórica de Valencia y del profesor M. Walker, de la Universidad de Edimburgo, han mostrado niveles con cerámicas impresas asociadas a material lítico de rica talla: dorsos rebajados y microlitos geométricos Por tanto, la presencia conjunta de ambos en Casa de Lara y en el Arenal de la Virgen, puede tranquilamente ser aceptada en principio. No sería nada de extrañar, pues ya he hecho hincapié en la riqueza de la tradición lítica anterior en toda la zona. Suponer un poblado de llanura calcolítico en los dos yacimientos no es, en absoluto descabellado, toda vez que su emplazamiento es el que más cuadra a tales yacimientos, según podemos ver en los paralelos más cercanos: el poblado de la higuera Redona de Elche, y el de Torremanzanas.
Con tales datos, no es difícil dar validez a estos yacimientos y aceptarlos tal cual son, Pero siempre puede caber la duda: ¿por qué se ha de romper aquí precisamente el esquema clásico de las distintas etapas arqueológicas? Tenemos también una explicación plausible para ello, quizá menos espectacular, pero que no resta un ápice a la riqueza arqueológica villenense. Las recientes investigaciones geológicas nos muestran la comarca como una zona de cuencas endorreicas. La existencia hasta etapas bien recientes de lagunas en el término, que se han perpetuado en la toponimia, es sobradamente conocida para regresar sobre ella. Los yacimientos estudiados aparecen en arenales, lo que llevó a Soler a postular en su día la vigencia de la loi des sables para la comarca. Estos yacimientos que, recordémoslo, nunca han sido excavados, sino tan solo intensamente prospectados, se encuentran en cuencas de estas características, en zonas de arenal que se han producido por acarreo, como señalaban en el reciente congreso de Historia del País Valenciano, Robles y Usera. ¿Podríamos postular que los materiales hallados no se encuentran in situ, sino que proceden en toda o su mayor parte de un acarreo geológico a lo largo de milenios? La hipótesis es arriesgada, requeriría estudiar al microscopio pieza a pieza todas las halladas para ver en su superficie si existen huellas de transporte ácueo o eólico, y es tarea impensable. Esta solución, sin embargo, satisfaría el problema que en la evolución normal de las culturas antiguas presentan estos casos singulares de Villena. Quede así la cuestión: o bien aceptando la autoctonía y enraizamiento en su lugar de hallazgo de estas largas perduraciones de vida antigua, que puede apoyarse por una vieja tradición Mica, o bien suponiendo que el estado actual de los yacimientos es fruto de aportes sucesivos que han ido mezclándose en lo más hondo de las cuencas, hasta producir esta extraordinaria e inesperada amalgama. Sólo la excavación y estudios profundos y delicados, pueden ponernos en vías de aclarar el enigma.
Y es que paralelamente a estos yacimientos excepcionales o aberrantes, valga la frase, nos encontramos con otros que llenan perfectamente los requisitos de una clasificación tradicional. Al lado de los posibles poblados calcolíticos que acaban de ser citados, tenemos una cueva de enterramiento múltiple con todas las características clásicas de estos yacimientos: la Cueva de las Lechuzas, que dada su proximidad a la Casa de Lara, podría considerarse como su necrópolis durante esta etapa cultural.
Pero no acaban aquí las singularidades. En el período inmediatamente subsiguiente, en la Edad del Bronce, reaparecen los problemas, esta vez agravados por la existencia del hallazgo más fabuloso de los últimos decenios en la arqueología peninsular, y no hace falta más señal para saber a qué me refiero.
Lamentablemente para poder afinar más en las investigaciones y atribuciones, sería preciso que el Cabezo Redondo estuviera publicado por extenso, ya que es este yacimiento el que nos proporciona la clave de la edad del Bronce villenense. El conocer con precisión cuáles son los conjuntos cerámicos hallados en cada una de sus cámaras, y la estratigrafía, si la hay, sería de capital importancia. Por tanto y por el momento, sólo se puede dar impresiones generales, y no un juicio definitivo. Si nos ceñimos a los tres yacimientos publicados de esta edad del Bronce de la comarca: Las Peñicas, Terlinques y Cabezo Redondo, podemos pensar en dos etapas de una amplia edad del Bronce, basándonos en los paralelos exteriores. La presencia de algún enterramiento en urna dentro de las casas del Redondo, condujo a Soler y a Tarradell a clasificar el yacimiento como argárico, esto es, a englobarlo dentro de la gran provincia del Bronce peninsular, que va desde el sur de la actual Alicante hasta el este de Granada. No es éste el lugar de atacar o de mantener la atribución, baste decir que Soler, en publicaciones posteriores, ya ha señalado que no fue este enterramiento en urna el único tipo de los hallados, sino que también aparecen en covacha, como es clásico en los enterramientos del Bronce, un poco más septentrional. La presencia de cerámicas con decoración excisa, el paralelo de las formas publicadas con algunas del bronce tardío excavados por Schühle, la presencia del tesorillo y sus paralelos, la misma urbanística del yacimiento obligan a postular para su estado actual una fecha avanzada dentro de la edad del Bronce. Esto no quiere decir que sus orígenes no puedan ser bastante arcaicos: la mejor evidencia la proporcionan los análisis de carbono radiactivo, obtenidos de los cimientos de una de las casas que dan el siglo XVI-XVII antes de nuestra era. Pero creo que es preciso postular una fecha avanzada para el final del poblado. Frente a esta fecha avanzada, de la que daré más pruebas, tenemos los poblados de Las Peñicas y de Terlinques, con un material paralelizable entre sí y que representan una facies más vieja. Fechación que ha sido validada por el análisis de carbono radiactivo de Terlinques, que coloca el poblado en el siglo XIX antes de nuestra era, y que podemos hacer extensiva, dentro de ciertos márgenes, a las Peñicas, con cerámicas y material lítico semejante, y que al igual que Terlinques, tiene como resto de su primitivismo, la existencia de puntas de flecha de talla bifacial, típicas del calcolítico y que debieron perdurar algo a los comienzos de la etapa siguiente.
Dos órdenes de argumentos nos llevan a considerar el estado último del Cabezo Redondo como más reciente. Además de lo que se ha avanzado en líneas anteriores tenemos, de una parte la serie de cerámicas con decoración excisa y con decoración plástica, que representa motivos parecidos a los de las vasijas metálicas del tesoro. Estas cerámicas pueden comprenderse sólo si las ponemos en relación con el Hierro. Sabemos muy poco de esta etapa en la sub meseta sur, pero la evidencia de necrópolis de esta civilización en el sureste, sobre todo Almería, de fecha insegura, la existencia de campos de urnas cercanos a la zona como el de Casa del Monte, de fecha algo posterior a la que nos interesa, pero que está ahí, la presencia de una urna de tradición del Hierro I en la necrópolis de el Molar de Guardamar, también más tardía, y la «intrusión hallstática» del sepulcro del Peñón del Rey, como Soler mismo le ha llamado, todo ello nos lleva a pensar que una matización del bronce local por el I Hierro no es en absoluto descabellada. Digamos de paso que lo mismo sucede más al norte en la provincia de Castellón, y que el fenómeno llega hasta Sagunto, donde un poblado del bronce, coetáneo del Cabezo Redondo, como lo ha mostrado el carbono radioactivo, también presenta matizaciones del Hierro I.
La fechación es muy dura y controvertida. Pero en todo caso hay que colocarse dentro del primer tercio del I milenio antes de nuestra era.
De otra parte está el gran tesoro, que podemos poner en relación cronológica con el Cabezo Redondo, gracias a la presencia en el «tesorillo» de un fragmento de brazalete semejante. Sus formas, especialmente las de los cuencos las vemos imitadas en cerámica, en el mismo Redondo. Son la última evolución del vaso de perfil aquillado, cuando el casquete esférico inferior domina la forma, y el alto cuello antiguo ha quedado reducido a un reborde saliente. Gracias a las excavaciones de Schühle en Orce y Galera disponemos de la secuencia estratigráfica de El Argar, hasta su disolución y conversión en el mundo preibérico. Ahí tenemos por tanto el mejor paralelismo para nuestro Redondo. Y si miramos las estratigrafías del Cerro de la Virgen, nos encontramos con una evolución lentísima, que acaba en el siglo VIII antes de nuestra era, y que precisamente se caracteriza por ir subiendo paulatinamente la inflexión de la panza de los vasos hasta que en la última etapa adquieren la forma que nos es familiar por los cuencos aúreos del tesoro. El mismo Schühle, en un estudio dedicado al oro del norte de los Alpes y el sudoeste europeo, señala que la tipología de la vasija en que apareció el tesoro se emparenta con el bronce tardío del Cerro del Real, que tiene la misma fechación, que la forma de las botellas del tesoro se da en el bronce portugués —de fechación muy reciente, dentro del I milenio, según el radiocarbón—, y otros argumentos más, a los que hay que añadir los paralelos europeos recientemente puestos en rela¬ción con el tesoro por el profesor Almagro, que traen al tesoro a una fecha que casi nos atreveríamos a calificar de bajísima.
En todo caso, hay una serie de factores que señalar en relación con el tesoro que pueden ayudar a enmarcarlo culturalmente. El profesor Tarradell y el profesor Maluquer de Motes. ya han avanzado bastantes afirmaciones en este sentido: la conceptuación de «tesoro real» de un jefe de la edad del Bronce se impone. El sugestivo paralelo con Alcínoo, rey de los Feacios, que también come y se lava en vasos de oro... Sin embargo también están los autores conformes en manifestar que el tesoro no debe nada al mundo mediterráneo: es un tesoro continental, lo que viene a apoyar los paralelos que le encontramos, no sólo en la península. sino por Europa central. Un tesoro que hay que poner en relación con el Hierro I y con los contactos entre la Meseta y la periferia, de los que Villena es llave de una de las puertas, la que buscando Almansa se entra hacia las Castillas. Hay otra pieza más, de clasificación indubitada, que podemos relacionarle, y que no veo que le haya sido puesta en relación, al menos en lo que he leído sobre el tema: se trata del casco de plata repujada del I Hierro, de Caudete. No hay acuerdo sobre la procedencia segura, se cree que es Caudete las Fuentes (Valencia) o Sinarcas, pero la referencia es sin más Caudete, y yo me siento tentado de atribuirlo al vecino Caudete. Me lleva a ello la similitud de técnica decorativa y la similitud de clasificación cultural. Ambas piezas: el casco y los cuencos del tesoro están obtenidas sobre plancha de metal noble repujada, con motivos granulados que en el casco se complican con unos gallones y círculos mayores. Tendríamos así, en una pequeña zona geográfica una amplia concentración de orfebrería justificadora como en pocas ocasiones de la opinión que hace de Villena un centro de primera fuerza en este Bronce tardío matizado de Hierro I. De todos modos, y aún reconociendo la extraordinaria importancia manifestada por los hallazgos, hay que ser cautos a la hora de echar a volar las campanas y apoyarnos en datos de la máxima solidez. No tenemos la evidencia de que la materia prima empleada para el tesoro sea local. El estudio que presentó al último Congreso de Historia del País Valenciano el profesor F. Boscá, al referirse a los oros autóctonos de nuestra región hablaba de que como característica segura estaba que los oros valencianos no llevan estaño (que en cambio aparece en la mayor parte de las piezas del tesoro, según los análisis publicados). El, desde un punto de vista metalúrgico, se inclinaba a pensar que en el tesoro hay piezas de oro autóctono, otras de oro importado e incluso piezas completas traídas de fuera, lo que va en consonancia con la tipología de los hallazgos.
Como se ve, los problemas enormes que plantea la arqueología villenense están tan sólo esbozados, y queda mucho trabajo en perspectiva, muchas tareas a llevar a cabo. Pero por encima de todas ellas, por encima de las controversias sobre fechas y sobre clasificaciones, hay una realidad evidente y llamativa, esa especial singularidad de Villena en nuestro pasado arqueológico que ha constituido el tema de estas notas.
Extraído de la Revista Villena de 1971

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