1988 EL AJEDREZ O LA HEGEMONÍA DE NUESTRO «YO»

EL AJEDREZ O LA HEGEMONÍA DE NUESTRO «YO»
Cualquier pequeño o simple aficionado al ajedrez es conocedor de la importancia que tiene el rey en el tablero. Él es el «leimotiv» de la partida, de la lucha que allí se está librando. Es una figura bastante estática ya que sus movimientos están muy limitados, pero en cambio ejerce una influencia enorme sobre el resto de las piezas, pues continuamente está ordenando el movimiento de éstas a la posición que mejor le defiendan. La actividad del rey es pues, fundamentalmente, de índole intelectual. Él piensa y manda sobre las demás. En primer lugar está la dama, colaboradora sin igual en la estrategia política y táctica de la lucha. A continuación está la fuerza pesada de las torres, la fuerza bruta de los caballos, la fuerza incisiva de los alfiles, la fuerza disipada de los peones. Todos, forman un conjunto armónico, un bloque que no sólo hará inexpugnable a su rey sino que intentará abatir al rey contrario. La lucha, pues, tiene un doble sentido: proteger el rey propio y a la vez destruir al contrario. Y aquí radica, a mi entender, el atractivo que ejerce este juego sobre muchas personas.
Toda actividad humana, ya sea literaria, artística, lúdica, etc., habla de nosotros mismos. Por tanto, el tablero de ajedrez se convierte en un terreno propicio donde nuestro «YO» utilizando todas las armas síquicas que tiene a su alcance va a tratar de imponerse al otro «YO» de nuestro contrincante. Así, nuestra inteligencia va a ser fundamental, y será la dama la pieza que mejor descifre e interprete adecuadamente nuestros pensamientos. Nuestra voluntad, nuestro empeño en la lucha se asientan sobre las dos torres que fuertemente soportan los ataques enemigos. Con los caballos desarrollamos nuestra fuerza bruta; nuestro temperamento se explaya en los saltos impetuosos y a veces inesperados que nos proporciona tal pieza. Es el alfil más astuto, más incisivo; penetra con aguijón de muerte cuando no se le vigila bien; nuestra audacia y valentía nos lleva a arremeter vehementemente para derribar cualquier muro de contención. Y en los peones tenemos la muestra de todas aquellas pequeñas cualidades que juntas colaboran para ser una fuerza común; son nuestra tarjeta de presentación y más tarde nuestros enlaces con el resto de las piezas, dando una sensación de unidad al conjunto.
La lucha es noble, y el luchar nos fortalece, pues hay enemigos fuertes que nos obligan a superarnos, a prepararnos para una próxima batalla donde podamos doblegarle. Es el instinto de supervivencia que arraigó en nosotros y nos hace pelear contra quien nos domina y nos vence. Afán nobilísimo de superación que apoyado en nuestra inteligencia, voluntad y capacidad personales, hace que sigamos nuestro diario caminar con gallardía y honor.
FULGENCIO FERRIZ HERNÁNDEZ
Club Ajedrez Villena

Extraído de la Revista Villena de 1988

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