CAMBIAR EL AGUA DE LAS FLORES
Por Fabiola Martínez Espinosa
Octubre en Villena huele distinto. No es el frío todavía. Es ese olor que antiguamente se olía en las calles. A crisantemo recién cortado, a nardo, a romero que alguien ha arrancado del campo para completar el ramo. Un olor verde, terroso y dulce a la vez, que se te queda en las manos.
De niña, yo no iba sola al cementerio. Acompañábamos a mi madre. Las tres generaciones, a veces cuatro, subiendo con los jarrones envueltos en papel de periódico para que no se rompieran. Era su ritual. El nuestro.
Las flores se compraban en el mercado. O se cogían del campo. No había encargos perfectos ni centros con lazo. Mi madre decía que las mejores eran las que aguantaban el sereno: el crisantemo amarillo, fuerte como un sol pequeño, que huele a otoño puro. Los gladiolos blancos que se abrían despacio, como si tuvieran timidez. Y si habíamos estado en el campo, un manojo de romero, unas ramitas de olivo, alguna rosa robada de un huerto que ponía la nota de color. Todo olía. El coche entero olía a campo y a tierra mojada cuando volvíamos de ponerlas.
Me enseñó a cambiar el agua. No a poner las flores. A cambiar el agua.
Sacar el jarrón de la repisa del nicho, tirar el agua de días pasados, que ya estaba turbia y sin olor. Enjuagar el cristal por dentro con los dedos. Cortar un poco el tallo en diagonal. Y echar el agua limpia, fría, que al principio hace burbujas y luego deja el tallo quieto y vivo. "Si no le cambias el agua, la flor se muere por dentro aunque por fuera parezca que aguanta", me decía. Y tenía razón.
Ahora subo y lo noto. La mayoría son flores de plástico. Perfectas, siempre iguales, con un verde demasiado brillante. No se pudren, claro. Pero tampoco huelen. No necesitan que les cambies el agua. Y entiendo por qué las ponemos. Porque pesan menos, porque duran, más económicas, porque la vida va deprisa. Pero cada vez que veo un nicho lleno solo de plástico, siento que nos hemos perdido algo. El gesto. El de cuidar.
Porque poner flores no es para los muertos. Es para nosotros. Para enseñarnos a volver. A no dejar que el recuerdo se estanque.
Por eso me gusta leer los epitafios. En medio de tanto mármol serio, de repente alguien se atrevió a decir la verdad. A escribir algo que sigue vivo aquí mismo, en nuestro cementerio.
El otro día me paré en dos que no se me van de la cabeza. Uno, en una lápida muy sencilla del pasillo de la izquierda, de una mujer mayor, decía:
"Fue buena madre, fue buena vecina. No sabía estar sin hacer algo por los demás."
Y otro, más abajo, en letra ya un poco borrada por el tiempo, de un hombre del campo:
"Aquí descansa quien amó esta tierra. Que la tierra le sea leve."
No tienen firma famosa. No salen en los libros. Pero son de Villena. Son nuestros. Y dicen más que cualquier poema.
Fuera de aquí, siempre me acompaña uno, el de Miguel de Unamuno, que parece una oración para cambiar el agua: "Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar."
Ninguno habla de flores. Todos hablan de seguir viviendo de otra forma.
Así que este año, si subes, haz la prueba. Aunque lleves un ramo comprado, lleva también una botella de agua limpia. Vacía la vieja. Limpia el jarrón por dentro. Corta un poco el tallo, aunque sea un centímetro. Y mira cómo sube el agua nueva. Cómo la flor, sea la que sea, da un pequeño sorbo y se estira.
Ese gesto, que parece que no importa, es el Día de Difuntos entero.
No es la muerte. Es el cuidado que se repite. Es cambiar el agua para que, durante unos días más, algo siga oliendo a vivo.
Villena 25 de octubre de 2026


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