¡EL PIOJO IBA LLENO...
PERO TODAVÍA CABÍA UNO MÁS!
En Villena, en los 60, 70 y 80, El Piojo era mucho más que el autobús urbano. Era el autobús de las fábricas.
A las 7 menos cuarto de la mañana, a la una del mediodía y a las ocho de la tarde, Villena entera se ponía en marcha a la misma hora. Salías a la parada y ya sabías lo que venía: El Piojo que hacía la ruta de punta a punta, del Poblao a la Constancia hasta La Morenica, venía lleno hasta la bandera.
Lo veías asomar por la Puerta Almansa, con las ventanillas abiertas de par en par, y pensabas: "Este no para, va a tope".
Pero sí paraba. Pegaba el frenazo, abría la puerta con ese resoplido que todos conocíamos y el conductor, que nos conocía por el nombre y por la fábrica, soltaba la frase de siempre:
¿Un hueco dónde? Si dentro ya íbamos todos con lo puesto para el turno. La bolsa del almuerzo en una mano, la bolsa de la faena en la otra, alguna aparadora con su bolso, algún albañil con una caja de herramientas y alguna abuela con el carro de la compra. Y el olor, ese olor inconfundible a cuero, a cola y a fábrica que se quedaba impregnado en El Piojo.
Y empezaba el baile.
— ¡Un pasito más pa' atrás!
— ¡Que no puedo, que llevo la caja!
— ¡Agárrate al tubo, chico, que viene curva!
Te recolocabas como podías. Te hacías a un lado, levantabas la faena, sujetabas el carro de al lado. Y siempre había alguien mirando con esa cara de "verás tú para subir ahora".
Pero la verdadera aventura era bajarse.
Cuando te tocaba fábrica, tenías que armarte de valor desde el fondo y gritar:
Y a cruzar aquel pasillo humano.
— Perdón, perdón...
— Dejarle pasar, que llega tarde.
Más de una vez te tenías que bajar a la acera para dejar salir a otros tres, y volver a subirte corriendo antes de que cerrara la puerta. Si perdías ese Piojo, llegabas tarde y el encargado te miraba torcido.
No eran viajes cómodos. Hacía calor, había empujones, y en verano aquello era un horno con ruedas. Pero era nuestro Piojo. Ahí nos contábamos si había horas extra, si la cadena iba cargada, si habían entrado pedidos nuevos. Alguien te guardaba sitio si te veía correr por la Corredera, otro te sujetaba la tareas del refinado, y siempre había quien decía: "¡Paco, espera, que falta una!"
Hoy los autobuses son otros, las fábricas son menos y ya no entramos todos a la misma hora. Pero quien vivió aquello no olvida el ruido del motor, el tintineo de las monedas al pagar y esa frase que parecía desafiar la física:
¡APRETARSE, QUE TODAVÍA CABE UNO MÁS!

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