Que no te entierren, niño,
que no te echen tierra todavía.
Que no te lleven
ni con zapatos de cristal
ni con pelo de plata,
que te vistan de blanco
como tus alas de ángel,
como te soñó tu madre.
Levedad de tu ser,
tan liviano que la muerte
tuvo que sentarse a mirarte
para aprender a ser leve.
Duerme sobre encajes,
con las manos cerraditas,
guardando todavía
el calor de este mundo.
Ríe, muerte, ríe,
que no te lo llevas.
No te llevas nada.
Solo te prestamos
un traje blanco,
unos botincitos nuevos,
para que cruces al otro lado
sin mancharte los pies.
Que no te entierren, niño.
Que te siembren en el aire.
Que te dejen
ser para siempre
lo que fuiste un instante:
ángel.
Por… Fabiola Martínez Espinosa

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