Cómo ha cambiado la muerte
La muerte no ha cambiado, lo que ha cambiado es todo lo que pusimos a su alrededor para poder sostenerla.
Antes la muerte vivía con nosotros, en la misma casa. Cuando alguien moría en Villena se abría la puerta de la calle de par en par y se cerraban los balcones. Se paraba la vida. El cuerpo se quedaba en casa, en la sala buena, y la casa entera se convertía en un lugar sagrado. Los vecinos traían sillas de sus propias casas, traían café hecho a fuego lento, una manta, y se quedaban toda la noche. Se rezaba, se lloraba sin esconderse y se hablaba del difunto hasta que amanecía, porque velar era eso, quedarse despierto por otro. Después llegaba el negro. Un negro riguroso, cerrado, que duraba meses y años. Las mujeres vestían de negro entero, los hombres llevaban un brazalete, las niñas incluso llevaban un lazo negro en el pelo. Y nadie se extrañaba. Con solo cruzar a alguien por la calle Ancha o en la Corredera sabías que esa familia estaba herida y el pueblo entero respetaba ese dolor. No se ponía música, no se iba a fiestas, no se celebraba. El duelo tenía un traje, tenía un idioma y sobre todo tenía tiempo. Era duro, a veces asfixiante, a veces injusto para quien tenía que llevarlo toda la vida, pero nadie sufría a escondidas.
Ahora hemos hecho todo lo contrario. Hemos sacado a la muerte de casa por higiene, por pudor, por no molestar. Se muere casi siempre fuera de casa, se vela en un tanatorio que es igual en Villena que en cualquier parte, un sitio limpio, con luz blanca, con una máquina de café y con un reloj que parece decirnos que tenemos que darnos prisa. Entramos, damos el pésame en una fila que avanza rápido, decimos lo siento mucho y a las veinticuatro horas ya está todo terminado. Al día siguiente hay que volver al trabajo, contestar mensajes, hacer la compra. Hemos cambiado el negro de años por un crespón de un día y una foto en el móvil con la frase vuela alto. Todo es rápido, limpio, higiénico, correcto. Tan correcto que casi parece que no ha pasado nada. Y esa es la herida nueva, que hemos logrado que la muerte no interrumpa, pero a cambio hemos dejado al dolor sin sitio donde ponerse. Ya no hay una ropa que le diga al mundo estoy de duelo, déjame respirar. Hay que seguir funcionando, hay que ser fuerte, hay que pasar página enseguida. Y así el duelo, que antes era de todos, se ha vuelto una cosa íntima, silenciosa y muy solitaria.
Y sin embargo, y esto es lo que me hace pensar, la muerte no es ni una cosa ni la otra. No era aquel luto interminable que a veces se convertía en una cárcel para las mujeres jóvenes, ni es este trámite veloz que pretende despacharla en un día como si fuera un asunto administrativo. La muerte no entiende de lujos ni de prisas. La muerte es otra cosa mucho más honda. Es la constatación brutal de que alguien a quien queríamos ya no va a estar para contarnos lo del día, para sentarse en su silla, para esperarnos en la puerta. Y eso no se resuelve ni con tres años vestida de negro ni con veinticuatro horas en una sala climatizada. Eso necesita lo que siempre necesitó, compañía humana de verdad. Necesita que alguien se siente a tu lado sin mirar el reloj, que alguien te traiga una silla aunque sea simbólicamente, que se nos permita estar tristes sin tener que pedir perdón por estarlo. Quizá lo que hemos perdido por el camino no es la costumbre, es el permiso. El permiso para parar. El permiso para llorar. El permiso para recordar en voz alta. Villena siempre supo acompañar, en una comparsa, en un entierro, en un banco de la plaza. Quizá solo tengamos que recordar cómo se hacía eso, sin volver al negro riguroso pero sin conformarnos con esta normalidad tan rápida que parece que no nos ha pasado nada, cuando en realidad se nos ha roto algo por dentro que tardará mucho tiempo en volver a colocarse.
Villena 31 de octubre de 2026



No hay comentarios:
Publicar un comentario