VILLENA HACE CIEN AÑOS: 1926
Hace cien años Villena ya no buscaba su sitio en el mapa. Lo ocupaba. Era capital por historia, centro por geografía y referencia por trabajo y por gente.
Era 1926 y quien llegaba a Villena llegaba a la capital de una comarca entera, al cruce de caminos entre Valencia, Murcia y La Mancha, al lugar donde paraban los trenes y se cerraban los tratos. La Guía Levante ya la señalaba como nudo, como encrucijada de cerros áridos y huerta fecunda, con caminos que partían de aquí hacia Biar, Benejama, Caudete y la Venta de la Encina. No era periferia. Era corazón.
La ciudad se levantaba clara, limpia y riente, como la vio Azorín y como seguía siendo en 1926, bajo la sombra tutelar del Castillo de la Atalaya. Ese perfil que no ha cambiado —la Atalaya dominando, las dos joyas góticas del siglo XV, Santiago y Santa María, erguidas como guardianes de piedra, y el escudo presidiendo la Casa Consistorial— era entonces el mismo que hoy nos emociona. La calle Mayor acababa de ensancharse al derribar el último lienzo de muralla que quedaba en pie, como si Villena quisiera respirar más hondo y abrirse al siglo que venía.
Vivían aquí unas quince mil almas y casi todas vivían del campo, pero no de un campo pobre. Villena era rica. Rica en vid y en vino —su principal producción—, rica en cereales, olivos y hortalizas que crecían gracias a las aguas alumbradas que, gozosas, regaban la huerta. Era una economía agraria, sí, pero próspera.
Y junto al campo, ya se oía el otro latido. El del calzado. Familias villenenses que sabían trabajar el cuero desde antiguo —algunas desde hacía generaciones— habían convertido sus pequeños talleres en fábricas a principios de siglo, cuando la viña flaqueó. En 1926 ese latido ya era fuerte. Más de mil cuatrocientos obreros vivían del zapato, sobre todo del zapato de niño y de lujo que nos hizo famosos, y fábricas como la de Caturla traían maquinaria americana para competir de tú a tú con Elda y Elche. Todavía bajo el lema de entonces: calidad y honradez industrial. El campo nos daba de comer; el calzado nos decía hacia dónde íbamos.
En enero de 1926, el pueblo entero colocó en la fachada del Ayuntamiento una placa que aún hoy se lee: El pueblo de Villena a sus heroicos soldados que sacrificaron su vida en aras de la patria en Tierra Africana. Era un pueblo que honraba a los suyos al volver de la Guerra del Rif. Y en diciembre, la naturaleza quiso escribir también su página. El 26 de diciembre cayó la gran nevada, la Nevá Grossa. El diario La Libertad de Madrid contaba el día 30 que en las calles de Villena la nieve alcanzaba sesenta centímetros, incomunicando Villena con Sax, Elda, Ibi y toda la montaña. Los pozos de nieve de la Sierra de la Villa, que hasta hacía poco habían sido neveros, rebosaron.
Pero si 1926 brilla con luz propia es por la cultura y por las fiestas. Ese septiembre ocurrió algo que hoy nos parece cotidiano pero que entonces fundó nuestra memoria escrita: se publicó el primer número de la histórica revista-programa Villena en Fiestas, en la Imprenta Doménech. Por primera vez, las fiestas patronales en honor a la Virgen de las Virtudes tenían su propio libro, su propio relato. Y para anunciarlas, se confió en un artista de la tierra, el villenense Calixto Díaz Navarro, autor del cartel de aquel año.
Y vaya si merecían ser contadas. A las cinco de la tarde del día 5, la Entrada cambió para siempre. Hasta entonces las comparsas habían desfilado sin carrozas, salvo una solitaria de los Marineros traída de Onteniente en 1921. En 1926, casi todas aparecieron con carrozas artísticas y originales que, según las crónicas, llamaron poderosamente la atención del numeroso y apiñado público que presenciaba su paso en la Puerta de Almansa. Balcones y tejados llenos. El boato, la alegoría y la vistosidad que hoy es norma, nació allí.
Y ese mismo mes de abril, sentado en una mesa del bar de Perico el Cafetero, en la plaza de las Malvas, Pedro Galipienzo y Joaquín Oliva Ruescas fundaban la Comparsa de Labradores, los Maseros, que este 2026 cumple cien años.
Así era Villena hace cien años. No un pueblo dormido. Una ciudad agrícola que ya era industrial, que publicaba su revista, que encargaba su cartel a un artista local, que innovaba sus fiestas más queridas, que honraba a sus muertos y que se sobreponía a una nevada de sesenta centímetros. Una ciudad capital, agrícola, zapatera y festera, clara, limpia y riente, que ya entonces sabía quién era.
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