6 nov 2026

2026 EL RINCÓN DE VILLENA DONDE VIVE SOROLLA

El rincón de Villena donde vive Sorolla
Por Fabiola Martínez Espinosa

Hay un sitio en Villena donde la luz se queda a vivir.

No es el Castillo, aunque también. No es la plaza. Es un muro. Uno de esos muros de hormigón feos, de diez metros, de los que nadie se acuerda, el que salva el desnivel entre la calle Pintor Joaquín Sorolla y la calle Pablo Casals. El muro que sujetaba la tierra y ahora sujeta una historia.

Pasé por allí una mañana de estas de Villena en las que el sol no calienta, pega. Y me lo encontré mirándome.

En una cara, el retrato de Joaquín Sorolla y su firma, esa firma nerviosa de quien tiene prisa por seguir mirando. En la otra, El Pescador. Ese hombre que vuelve del mar con la luz a cuestas. Lo pintó Vicent Kaniz en noviembre de 2022. La Concejalía de Centro Histórico le dijo: tenemos este muro triste, ¿qué hacemos? Y él hizo lo que hacen los artistas cuando les dejan: convertir una contención en un abrazo. Fue su manera de adelantarse al Año Sorolla 2023, cuando se cumplían cien años de la muerte del valenciano.

Y aquí viene lo hermoso y lo raro.

Sorolla jamás pintó Villena. Nunca puso su caballete frente a la Atalaya. Pero si lo hubiera hecho, creo que habría entendido este pueblo a la primera.

Porque Villena, en el fondo, es muy Sorolla sin saberlo.

Sorolla no pintaba el mar. Pintaba la luz del mar. Y Villena, que no tiene mar, tiene algo que se le parece mucho: tiene esa luz imposible del altiplano, donde la meseta y el Mediterráneo se dan la mano sin tocarse. Es la luz del Vinalopó. No es blanda. No es amable. Es una luz blanca, seca, alta, que rebota contra todo. Que deja a la vista las arrugas y el polvo y la verdad.

Si Sorolla hubiera venido, habría subido a la Atalaya y habría visto temblar la cal viva. Habría entrado en una comparsa en plenas fiestas de Moros y Cristianos y se habría quedado hipnotizado con lo mismo que le hipnotizaba en Valencia: el bordado de oro, el turbante mal puesto de un niño, las manos de una madre ajustándolo. Habría visto a las vendimiadoras del Vinalopó y habría reconocido en ellas lo que tanto pintó: el trabajo, el sol en la nuca, el instante que parece eterno.

Villena es pintable a lo Sorolla porque Villena está hecha de instantes. Como sus cuadros.

Por eso quiero pediros algo.

Si sois de Villena, si vivís aquí, si pasáis por el Centro Histórico con la bolsa del pan o camino del trabajo, desviaos cinco minutos. No pongáis el GPS. Buscad el muro entre Pintor Joaquín Sorolla y Pablo Casals, ahí donde la calle se rompe en dos alturas.

Id a verlo. De verdad.

Poneos delante. No hace falta que entendáis de pintura. Solo mirad cómo la luz de Villena — esa luz nuestra, tan dura y tan bonita — cae ahora sobre un pescador que nunca pescó aquí, y sobre un pintor que nunca nos pintó, pero que de alguna manera siempre estuvo aquí, esperando.

A veces la cultura no está en los museos. Está conteniendo un desnivel entre dos calles.

Id. 
Villena, 6 de noviembre de 2026

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