1986 CARTA ESPECIAL DEL MARQUÉS

CARTA ESPECIAL DEL MARQUÉS
Hola, ¿me escuchas? ¡EL BESUS INTERRUPTUS!
Hay quien no quiere caer del burro, de su burrito, ¬claro: pocos burros quedan, ni mulos andan ya por ahí sueltos—, y reconocer que el COITO INTERRUPTO, la retirada a tiempo, la heroica MARCHA ATRÁS, no significa padecer una desgracia de ultratumba, ni una frustración destructora de células nerviosas del cerebelo, ni una mutilación de nuestro machismo ibérico histórico ancestral renovado, ni una mancha quijotesca de vergüenza para las sábanas blancas o muslos rosados de leona irreparable inlavable, ni un tiro al aire al pichón o al plato por falta de perdices en escabeche. ¡VAMOS! Es simplemente un asunto de fuerza MENOR voluntario intrauterino extrapenino sin llegar a yugo tortuoso de la hembra al macho. ¡ESO FALTABA!, digo yo.
Pero un beso interrumpido por fuerza MAYOR puede resultar fatal para un tío que anda por ahí suelto por la no-che con la escopeta cargada y recortada —con un solo cartucho naturalmente—... y para que aprendas, para que te sirva de algo, para tu deleite al poder reírte de tu amigo al MENDA LERENDA BESUQUENDA CARACOLENDA, ¡adelante! con el cuento congruente de esperpento alicantino borrafino recién autonombrado MARQUES DEL VINALOPÓ:
Era de noche. Y tarde. Muy cansado, fatigado, aburrido, nervioso: bien jodido. Ningunas ganas de volver al PUEBLO DE LOS AJOS. Harto de coche: JARTO DE TOO. Más muerto que vivo. Total: un TIRAO.
Sabía que mis amigos, la simpatiquísima pareja de Jesús y María, se habían alojado en distinto lugar, en un nuevo piso en las afueras de Alicante. Tiempo sin verlos, pensé, a ver si me consuelan un poco antes de hundirme del todo en el fango de mi propia existencia terrenal.

Busco, pregunto, encuentro la casa, cinco plantas, llego exhausto, toco el timbre, abren y.… aparece la cara radiante, alegre y el cuerpo sibilino de María cubierto por una batita roja, batita que reconozco inmediatamente a pesar de todo mi aturdimiento. Siguen un besito y un abrazo, mis explicaciones tartamudeadas, frases incomprensibles. De la manita se me guía al comedor. El amigo Jesús delante del televisor a color «como siempre durmiendo», pero María le llama, le toca el hombro, y Jesús con los ojos cerrados se levanta sonámbulo, tambalea, «se va a la cama», y.… nos quedamos solos María y yo. «Me voy enseguida, solamente he venido a saludar, a saber dónde vivís».
«Pero Pablo, estás muy cansado, quédate, duermes en el sofá, estás agotado, yo te preparo todo, te veo muy mal, ¿qué te pasa?, siéntate, cuéntame» y.… me encuentro sentado sobre el sofá. Y así, desde abajo hacia arriba, me fijo en María Morena, en su figura juncal con unos senos que se plantan ellos solos, en su cara angelical, veo sus manos finas, delicadas, su boca color de cereza madura tan bien perfilada, sus ojos negros, chispeantes, expresivos, ahora un poco tristes, y.… la bata sedosa roja ceñida ¡qué va! ¿ceñida? No hay cinturón, ni nada por debajo, ella no lleva nada más que la batita colgante, excitante, y se perfila todo: sus caderas, las rodillas, y el pelo negro cae muy suelto sobre sus hombros hermosos, su cuello fino, elegante. Y al silencio de la tele ya apagada por ella gruño: «no, me voy, me conozco, no puede ser; sí, me encuentro muy mal, estoy muy solo, pero me voy, si no...» (eso de ligar con la amiga, la compañera de un amigo, de mi mejor amigo, eso no; algún piropo gracioso en su presencia, alguna caricia, un abrazo, eso cabe, ¿por qué no?, eso le halaga a él, pero...) y tu amigo el Marqués sigue balbuceando, refunfuñando, y María se acerca más, le acaricia el pelo como una madre, y él casi llora como su hijito, y claro, así de inclinada ella, se abre la bata por sí sola y las manos de él tienen que hacer algo, tienen necesidad de acariciar a alguien, a algo de alguien, a algo suave muy femenino, y recorren, reandan, remansan los contornos, la superficie delicada del cuerpo de María, y la boca, las mejillas, orejas y los ojos del niño se encuentran allí donde empezó a crecer, donde nació, y se ahogan sus palabras de «me voy, no puede ser, ya lo ves» y haciendo un esfuerzo muy, muy grande se levanta, se planta...
Del resto de la noche me acuerdo sólo de muy poco, y aún hoy no me explico —pues soy por lo menos una cabeza más alto que la dulce María—, aún no sé cómo pudo ser que plantados los dos entre armario y mesa, abrazaditos, uniditos en un beso largo, en uno de esos besos sin comienzo ni fin, cómo podía mirar yo para arriba; pues cuando abrí los ojos a causa de una terrible sacudida rarísima, que no procedía de mí ni de María que aún estábamos boca a boca de madre a hijo, vi como el rincón de arriba, donde se juntan el techo y las dos paredes, se movía de un lado a otro en un metro por lo menos, y María —me lo contó después— oyó el triquitreo de la vajilla, vio moverse vasos y copas en el armario. Bueno: el final del beso eterno fue completa inmovilidad. Después —desunidos de pronto los dos cuerpos delincuentes— hablamos muy de prisa: de Jesús, de si le debíamos despertar y correr los tres a la calle, de si esto había sido la primera o la segunda sacudida de la tierra, si entre las dos suelen pasar siete segundos o siete minutos, de que la segunda resulta diez veces más fuerte...
Por la mañana, al despertar sobre el sofá, bien tapadito por María, me encontré completamente solo. Los dos ya se habían marchado al trabajo. Así es la vida.
MORALEJA A TOCATEJA:
Si piensas ligar con la mujer de tu prójimo, infórmate antes. Entérate bien si se avecina una tormenta, un terremoto, la caída de una estrella. Y.… ve a verla dos horas antes del cataclismo y procura que esté sola. ¿Me explico?
PABLO LAU
Extraído de la Revista Villena de 1986

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